Ana Bale Capítulo 27 La decisión
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Capítulo 27 La decisión

—¡Sebastian Frei! ¡Policía Criminal! ¡No se mueva!

Frei se giró con un movimiento felino, instintivo.

Lo que ocurrió durante los siguientes cuatro segundos fue demasiado rápido para que John pudiera seguirlo con precisión desde su posición inmóvil.

Imposibilitado para ponerse a cubierto, solo pudo ver un destello metálico en la mano de Frei y, casi de inmediato, el estruendo ensordecedor de disparos, seguido de un olor punzante a pólvora y ozono.

Luego silencio.

Mecier estaba de pie junto a la puerta; sostenía su arma, aún humeante, con ambas manos. La sangre que manaba del lado izquierdo de su cuello ya había comenzado a manchar la solapa de su chaqueta.

Sebastian Frei estaba en el suelo, cerca del ventanal. No se movía. Su mirada había quedado clavada en el techo, vacía de toda la determinación que un segundo antes lo dominaba.

John tardó unos segundos en comprender lo que acababa de ocurrir. El corazón le martillaba contra las costillas, pero su cuerpo seguía siendo una celda de plomo.

Mecier fue directo hacia él, caminando con paso firme a pesar de la herida en el cuello.

John permanecía sentado, inmóvil, con los ojos completamente abiertos y una expresión que no era de miedo, sino de impotencia, quizá de una ansiedad asfixiante, como si estuviera esforzándose con todas sus fuerzas por emitir un solo sonido.

—¿Puede hablar? —preguntó el inspector, mientras evaluaba sus pupilas.

Al cabo de unos segundos de lucha contra la rigidez muscular, John consiguió mover un poco los labios.

—Sí.

Su voz no sonaba como la suya. Sonaba lenta. Pesada. Un poco raspada. Pero audible.

—Bien —dijo Mecier.

Inmediatamente después, el inspector fue hasta el minibar de la oficina y tomó una botella de agua que le dio de beber a John, mientras le sostenía la nuca para evitar que se atragantara.

El líquido helado le recorrió la garganta, ayudándolo a recuperar un poco más la voz.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó finalmente Mecier, mientras se presionaba la herida del cuello con un pañuelo.

—Compuesto transdérmico. Supongo —dijo John con voz baja y aún esforzada.

Mecier lo miró. Luego, miró a Frei y, por último, la jeringa que reposaba en el suelo, cerca de la pierna izquierda de John.

Sacó el móvil y llamó sin apartar la vista de la escena.

—Necesito una unidad médica en Neuroaxis AG. Planta ejecutiva. Oficial herido y civil con posible intoxicación farmacológica.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Y a Criminalística. Hay un muerto.

Colgó.

Se sentó en el borde del escritorio, justo enfrente de John. Lo miró con esa atención suya que no era compasión, pero tampoco era frialdad; era la mirada de un cazador que sabe que la verdadera presa aún no ha caído en la trampa.

—¿Cuánto tiempo lleva así?

—Doce minutos. Tal vez quince.

—¿Qué hacía aquí?

—Tenía una reunión con la doctora Bale.

El inspector no dijo nada. El silencio entre ambos se volvió denso, interrumpido solo por el eco distante de las primeras sirenas que comenzaban a aproximarse por la avenida.

—¿Dónde está ella? —preguntó John, sintiendo cómo el efecto del tóxico comenzaba a ceder y el pecho volvía a responderle.

—No está en el edificio —respondió el inspector. Luego agregó, clavando los ojos en John:

—¿Qué le dijo Frei?

John lo miró.

Esa era la pregunta. La única que importaba en ese momento. Lo que Frei había dicho durante esos quince minutos era todo lo que quedaba: la única versión completa de la verdad sobre Rüegg, sobre Ana, sobre lo que realmente había ocurrido.

Con Frei muerto, aquella verdad le pertenecía únicamente a John.

Por primera vez desde que lo habían contratado, pensó en Apathos, no como el fármaco que era, sino en lo que representaba para las personas y, en especial, para Ana. Para el dolor que llevaba cargando en silencio desde hacía años. Entregar la versión íntegra de Frei significaba destruirla.

Mecier seguía mirándolo. Esperando. Escrutando cada microexpresión de su rostro.

—Que era el responsable de la muerte de Rüegg —dijo John, esforzándose por mantener la voz firme.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Que actuó solo. Eso es todo. No recuerdo nada más.

Mecier guardó silencio durante unos instantes. El pañuelo en su cuello ya estaba empapado de sangre, pero ni siquiera parecía notarlo.

—¿Eso es todo? —preguntó con lentitud.

—Eso es todo lo que recuerdo —respondió John.

El inspector no insistió, solo lo observó durante unos segundos que parecieron eternos, como si intentara descifrar las capas de un engaño que intuía, pero no podía probar.

John sostuvo su mirada.

Finalmente, Mecier apartó los ojos.

—Bien —dijo.

Pero no sonó convencido.

Se levantó del borde del escritorio y caminó hacia el cuerpo de Frei. Apoyó una rodilla en el suelo junto a él, comprobó el pulso para confirmar su deceso y luego se puso de pie.

Después fue hasta el ventanal. Observó las luces rojas y azules de los patrullas que comenzaban a iluminar la fachada del edificio desde abajo.

—Actuó solo —repitió en voz alta, sin girarse.

No era una pregunta. Era más bien una afirmación. Una especie de conversación que solo se da entre personas que saben más de lo que dicen.

John no respondió.

La frase de Frei volvió a su cabeza como un eco incómodo:

«No voy a responder eso.»

No había dicho que Ana estuviera implicada. Tampoco lo había negado. Y era precisamente esa ambigüedad lo que más lo confundía.

Mecier no había escuchado esa conversación.

Nadie más la había escuchado.

En el pasillo empezaban a escucharse pasos apresurados y el murmullo de muchas voces. El edificio comenzaba a recuperar su ritmo después de un suceso que lo había interrumpido de forma abrupta.

El control motor de John volvía despacio. Los dedos primero. Luego la muñeca. Luego el brazo.

Apoyó la mano, todavía temblorosa, en el escritorio de Ana.

En ese instante, pensó en ella.

¿Dónde estaba?

¿Sabía lo que había ocurrido allí?

¿El mensaje que había recibido realmente lo había enviado ella?

¿Había sido una invitación o una trampa?

Y, sobre todo, ¿hasta dónde estaba implicada en la muerte de Rüegg?

No tenía respuestas. Solo una forma de conseguirlas.

Sacó el móvil con la mano que volvía a obedecerle.

Abrió el contacto de Ana.

Escribió dos palabras.

«Necesitamos hablar.»