Capítulo 26 El hallazgo
La orden de allanamiento llevaba una hora firmada cuando Mecier dio la instrucción a sus hombres de proceder.
No quería esperar más. Era imperativo actuar. La información que había recabado hasta el momento era suficiente para convencerlo de que Frei era su hombre. O, al menos, una de las piezas más importantes del caso Matthias Rüegg.
Tenía que actuar antes que Frei.
—Vogel, quiero que acompañe al equipo que va a entrar en el apartamento de Frei. Mientras ellos aseguran el lugar, quiero que busque pequeños detalles. Dispositivos, documentos, cuadernos, notas, cualquier cosa. Además, quiero fotografías de todo.
—¿Usted no viene?
—No. Necesito estar aquí. Tengo una corazonada. Llámeme en cuanto entren.
Colgó.
Fue hasta la máquina dispensadora que había en el pasillo y se sirvió un café que después bebió de pie. De regreso a su escritorio, consultó las notas que había hecho sobre el caso hasta ese momento:
Rüegg y el intento de denunciar aparentes irregularidades en el proyecto Apathos.
El compuesto desconocido hallado en la sangre de Rüegg.
La formación en química farmacéutica de Frei.
La conexión con Ana desde el proyecto HN-07, once años atrás.
Y, sobre todo, su obsesión con ella.
Ahora muchas cosas tenían sentido. Sabía que algo estaba a punto de pasar. El problema era saber dónde. Veinte minutos después llegó la llamada que estaba esperando.
Apartamento de Sebastian Frei — Distrito 4 — 4:34 p.m.
—Inspector. —La voz de Vogel tenía un tono diferente al habitual. No era urgencia. Era algo más parecido al desconcierto—. Va a querer escuchar esto.
—Cuénteme.
—El apartamento es... meticuloso. Todo en su lugar. Nada fuera de orden. —Una pausa—. Excepto la cocina.
—¿Qué hay en la cocina?
—Un collage en la puerta del refrigerador. Fotografías y bocetos de Ana Bale —decenas—. También hay recortes de prensa e impresiones corporativas. En todas las imágenes aparece ella.
Vogel hizo una pausa mientras revisaba con mayor detenimiento.
—Hay más. Debajo de todo eso hay un mapa de la ciudad con tres puntos marcados: su apartamento, Neuroaxis y el Hotel Savoy.
Las rutas trazadas sugieren un patrón que creo que está relacionado con el nivel de exposición a las cámaras de seguridad, pero no estoy segura.
Control de Tráfico y Seguridad ya está verificando la cobertura de las cámaras en esas rutas.
Mecier no respondió de inmediato.
De alguna forma, lo esperaba. Para él, era la confirmación de algo que había intuido desde que leyó la nota de Vossler sobre la intensa adhesión de Sebastian Frei hacia Ana.
Pero la forma en que Vogel acababa de describirlo —decenas de fotografías, un mapa, rutas calculadas— le daba una dimensión diferente.
Eso confirmaba que Frei era mucho más de lo que parecía.
—¿Hay algo más? —preguntó.
—Sí. —Vogel tardó un segundo en responder—. En el dormitorio, sobre la mesita de noche, hay un cuaderno de apuntes. Tiene fórmulas, estructuras moleculares, anotaciones sobre concentraciones y tiempos de acción. Le voy a enviar una imagen.
Mecier no necesitaba verla. Para él, estaba claro de qué se trataba.
—Hay más.
—Dígame.
—El portátil de Frei tiene instalado un software de vigilancia que integra cámaras de seguridad y seguimiento de rutas. También hay más fotografías.
—¿A quién o qué vigilan esas cámaras?
—La entrada principal del Hotel Savoy y la oficina de Ana Bale.
Mecier se quedó quieto.
—¿Hay alguien de interés para el caso en ese hotel?
—De acuerdo con la lista de huéspedes que acabamos de conseguir, hay uno que lleva casi un mes alojado en una de las suites.
«El tiempo que llevaba en el caso», pensó el inspector.
—John Keller —continuó Vogel—, investigador independiente, contratado por VHK Capital, un fondo de inversión europeo y uno de los principales inversores de Neuroaxis AG.
El inspector se quedó en silencio, preguntándose quién era John Keller y qué lo hacía de interés para Sebastian Frei. En ese momento, su móvil vibró.
Eran las imágenes que había enviado Vogel.
Después de confirmar sus sospechas con respecto a la fórmula del cuaderno de Frei, el inspector empezó a moverse. Revisó la carga de su revólver y lo acomodó en su arnés de hombro. Luego se puso la chaqueta para ocultarlo y, por último, tomó las llaves del coche.
—Vogel, no toque nada con las manos. Póngase guantes.
—Ya los llevo puestos. —Hubo una última pausa—. Inspector, hay algo más que debería saber.
—Dígame.
—Estoy viendo fotografías de la señora Bale entrando al Hotel Savoy.
—¿Qué tan recientes son esas fotos?
—De la semana pasada, en horas de la madrugada.
Por un instante, ninguno de los dos agregó nada.
—Vogel. Necesito acceso a esas cámaras en tiempo real. ¿Puede hacerlo ahora mismo?
—Sí, señor.
—Voy camino a Neuroaxis. Infórmeme sobre cualquier novedad.
Colgó.
4:41 p.m.
Antes de llegar al coche, su teléfono sonó.
Era un número desconocido.
El inspector contestó sin dudar. Al otro lado había una voz neutra; no supo distinguir si era femenina o masculina.
—Inspector Mecier. Le recomiendo dirigirse inmediatamente a Neuroaxis. Su hombre está a punto de actuar.
—¿Con quién hablo?
—Eso no importa. Tiene más o menos veinte minutos para actuar, o será demasiado tarde.
Colgó.
En ruta — Neuroaxis AG — 4:43 p.m.
Durante el primer tramo del trayecto, avanzó con la sirena encendida para abrirse paso entre el tráfico.
Mientras conducía, pensaba en John Keller, preguntándose cómo no lo había visto antes.
Y, lo más importante, qué tipo de relación tenía con Ana Bale.
Porque estaba claro que aquella visita a la suite de su hotel en horas de la madrugada tenía otro matiz más allá de lo laboral.
Su móvil volvió a sonar cuando se encontraba a cuatro manzanas de Neuroaxis. Para entonces, ya había apagado la sirena.
Era Vogel.
—Inspector. Tengo las cámaras del edificio en tiempo real. —Su voz era tensa, contenida—. Frei está en la planta ejecutiva. En la oficina de Ana Bale.
—¿Está solo?
—No. John Keller está ahí también. Lleva dentro más de diez minutos. Pero, inspector... algo no va bien. Keller no se mueve. Está sentado frente al escritorio y no se ha movido en ningún momento.
Mecier apretó el volante.
—¿Qué está haciendo Frei ahora mismo?
—De pie. Hablando. Tiene algo en la mano.
—Voy entrando ahora.
Aparcó en doble fila. Salió sin cerrar la puerta. Desenfundó antes de entrar.
—¡Policía! —gritó—. Necesito acceso a la oficina de Ana Bale. ¡Ahora!
Llegó rápidamente a la planta administrativa. Lo acompañaba Brandt, el jefe de seguridad. Mientras corrían por la planta, le ordenó que hiciera evacuar al personal. Los pocos empleados que aún quedaban los miraban atónitos.
El inspector estaba totalmente enfocado en lo que tenía delante. Para él, el mundo entero se reducía a su objetivo.
Antes de llegar a la oficina de Ana, le ordenó a Brandt que se quedara atrás. Entonces fue directo hacia la puerta, que se abrió con el mismo siseo de siempre.
Lo que encontró al otro lado era exactamente lo que había temido.