Ana Bale Capítulo 25 El último movimiento
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Capítulo 25 El último movimiento

El mensaje de Ana había sido breve.

Necesito verte. Hoy. Es importante.

John lo había leído varias veces antes de responder.

Cada vez que lo hacía, las dudas asaltaban su juicio que hasta entonces había sido metódico.

Se debatía entre presentarse a aquella cita como el investigador privado o como el hombre que había tomado un vuelo a Ámsterdam simplemente para estar cerca de ella.

Tomó la decisión antes de anunciarse en la recepción de Neuroaxis. Después de mucho tiempo, por fin tenía claro qué quería hacer.

A las cinco de la tarde, el lugar tenía otro ritmo que por las mañanas.

Menos actividad en los pasillos, menos personas en la recepción, esa quietud específica de los edificios corporativos cuando el día empieza a extinguirse.

La recepcionista verificó su identificación con la misma eficiencia de siempre.

Después le entregó una acreditación con acceso VIP.

Se dirigió al ascensor exclusivo para ejecutivos y pulsó la planta donde estaba la oficina de Ana. Al salir, fue directo hacia la puerta situada al fondo del largo pasillo. Caminó sin detenerse a observar a los pocos empleados que aún permanecían en la planta.

Se detuvo al final del pasillo. Sacó su acreditación y abrió la puerta. Esta vez aceleró el paso. De alguna forma que no sabía explicar, empezó a sentirse ansioso, quizá con el pulso un poco acelerado.

Antes de continuar, envió un mensaje de último momento. Breve. Dos frases. El tipo de mensaje que no necesitaba contexto:

«Por si acaso».

Cuando llegó frente a las puertas que daban acceso a las oficinas de Ana, estas se abrieron. Recordó que ese había sido el protocolo la primera vez que entró. Una vez dentro, se dirigió a la pequeña recepción donde debía estar la secretaria de Ana.

No estaba.

No importaba. Él recordaba hacia dónde debía ir. Caminó hasta las puertas de cristal esmerilado. La última frontera antes de entrar en la oficina de Ana.

Dio un paso.

La puerta se abrió automáticamente.

Antes de traspasar el umbral, sintió algo. No era dolor. Era algo más sutil: una sensación de hormigueo en las extremidades. De repente, sintió pesadez en la lengua. Sintió cómo su propio cuerpo se negaba a seguir las órdenes de su cerebro.

Con mucho esfuerzo, trató de llegar hasta una de las sillas frente al escritorio de Ana.

Echó un vistazo rápido. La oficina estaba vacía.

Las luces estaban encendidas, el portátil permanecía abierto sobre el escritorio y, al otro lado del ventanal, se veía el lago.

Todo estaba en su lugar. Todo parecía indicar que ella había salido un momento y que estaba a punto de volver.

Aún de pie, con la silla justo detrás de él, sintió que su cuerpo ya no le respondía. En contraste, su cerebro parecía más lúcido y presente que nunca.

Como último acto de control motriz, se dejó caer sobre la silla.

Podía ver. Podía escuchar. Podía pensar con una claridad que resultaba casi obscena, dado lo que estaba ocurriendo en el resto de su cuerpo.

Entonces lo entendió. El ascensor. Había algo en el ascensor. Ya lo había visto antes. Envenenamiento por administración transdérmica. Sin contacto prolongado con la piel.

En ese momento, escuchó el siseo de las puertas al abrirse a sus espaldas. Alguien había llegado.

¿Ana?, pensó.

Pero no fue así. Fue Sebastian Frei quien entró.

Llevaba un traje gris y el perfil discreto que hacía invisible a quien lo llevaba en un edificio como aquel. Avanzó con cuidado, casi con sigilo, mientras observaba a John, sentado allí y completamente inmóvil. Al verlo más de cerca, su expresión cambió levemente.

No era satisfacción lo que se veía en su rostro. Era algo más parecido al reconocimiento.

—Funciona exactamente como calculé —dijo. No se lo dijo a John, exactamente. Más bien se lo dijo a sí mismo.

Se acercó. Tomó la silla del otro lado del escritorio —la silla de Ana— y se sentó frente a él con la misma calma con la que habría iniciado una reunión ordinaria.

—Sigue consciente —observó—. Eso era importante para mí. Quería que escuchara mi versión. Mis razones.

John lo miró. Era lo único que podía hacer.

—Matthias Rüegg —dijo Frei, como si comenzara una explicación que llevaba tiempo preparando—. Quiero que entienda por qué. No el cómo. El cómo ya lo sabe, o lo intuye. El porqué es lo que importa.

Se recostó levemente en la silla y cruzó las manos sobre la mesa.

—Rüegg iba a destruir todo lo que ella había construido con años de trabajo. La única respuesta real que existe al tipo de dolor que ella ha cargado toda su vida.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Él no entendía eso. Solo veía datos, efectos secundarios, implicaciones regulatorias. No veía lo que había detrás. Lo que hubo que sacrificar para llegar hasta aquí.

John lo miraba fijamente. No había miedo en sus ojos.

—Lo hice porque era necesario —continuó—. Porque alguien tenía que hacerlo y yo era el único que entendía por qué.

John procesó aquello en silencio. Luego se preguntó:

¿Lo sabía ella? ¿Lo ordenó? ¿Lo permitió?

Frei lo miró como si hubiera escuchado la pregunta.

—No voy a responder eso. —Sostuvo su mirada—. No porque no sepa la respuesta. Sino porque no me corresponde responderla.

El silencio que siguió tenía una textura densa. La luz de la tarde entraba oblicua por el ventanal, proyectando la sombra del marco sobre el suelo de la oficina.

—¿Sabe lo que es querer a alguien sin necesitar nada de esa persona?

—preguntó Frei. No era una pregunta retórica—.

Estoy hablando del amor que no exige. El que no consume.

Estoy hablando de algo diferente. Algo más parecido a la admiración.

A la devoción. A saber que vive por y para alguien, y que ese hecho justifica el resto.

Se levantó. Caminó hacia el ventanal. Miró el lago durante un momento.

Prosiguió:

—La Fase Cero del proyecto cambió algo en mí que ya no tiene vuelta atrás.

Lo sé. Lo he sabido desde el primer año.

—Hizo otra pausa—. Hay personas que se lo aplican para dejar de sentir.

Ella misma lo hace. —Se giró hacia John—.

Yo nunca lo haré. Porque lo que siento por ella es lo único que tengo.

Renunciar a eso sería renunciar a la única razón por la que sigo funcionando.

Lo dijo sin dramatismo. Con la misma calma con que había dicho todo lo demás. Y eso era lo más perturbador: no la confesión, sino la serenidad con la que se expresaba.

—Usted la perturba —dijo Frei, volviendo a la silla—. He visto lo que ocurre cuando está cerca de usted. De alguna forma, ha hecho lo que ningún otro hombre ha conseguido en nueve años.

Hubo un silencio pesado.

—Y eso es algo que no puedo permitir.

John lo miró desafiante.

—No es personal —dijo Frei, y lo decía en serio—. Usted es inteligente. En otras circunstancias, habría sido interesante conocerlo. —Se levantó de nuevo—. Pero está demasiado cerca. Sabe demasiado. Y lo peor es que ella se lo ha permitido.

Sacó del bolsillo interior de la chaqueta un objeto pequeño: una jeringa precargada, sin etiqueta.

—Esto no va a doler —dijo sin crueldad en la voz.

Se acercó.

John concentró todo lo que le quedaba de control sobre la mano derecha, pero sus dedos respondieron con una lentitud desesperante.

Un milímetro. Dos. Tres…

Frei estaba a un metro.