Ana Bale Capítulo 24 El plazo
88%

Capítulo 24 El plazo

Los mensajes de Carter seguían sin respuesta. John los había leído todos y, en cada ocasión, había decidido que podían esperar.

De vuelta en el hotel, seguía dándole vueltas a lo sucedido con Ana. Ahora pensaba en los pequeños detalles que hasta entonces había pasado por alto.

¿Sabía que él estaba en Ámsterdam?

¿Por qué estaba sola en el aparcamiento, sin su equipo de seguridad?

¿Cómo había tenido la frialdad y el autocontrol necesarios para poner fin al momento más intenso entre ambos?

Ana Bale se había convertido en la primera persona que John no había sido capaz de descifrar, ni siquiera de perfilar correctamente, y aquello le generaba un sentimiento ambiguo.

¿Se sentía frustrado… incluso superado? Tal vez. Pero lo que realmente lo inquietaba era la necesidad creciente de permanecer cerca de ella. De repente, la palabra obsesión cruzó por su mente. Breve. Fugaz.

Negó con la cabeza. No quería siquiera admitir esa posibilidad.

Entonces decidió que atendería un asunto a la vez. Empezaría por Carter.

Tomó un trago y consultó el historial de mensajes de su móvil.

Tenía cuatro mensajes, tres de ellos enviados durante los últimos dos días. El tono había ido cambiando de forma deliberada. Carter no era impulsivo. Cada palabra era una decisión.

La secuencia era la siguiente:

El primero: «Informe recibido. Necesitamos hablar».

El segundo: «El informe que me envió está incompleto».

El tercero: «Llámeme. Urgente».

El cuarto, enviado dos horas atrás, era diferente de los anteriores. No por el tono, sino por lo que decía.

«Sé que está en Ámsterdam. Llámeme.»

John lo leyó una vez más.

Carter sabía que estaba en Ámsterdam. Lo que significaba que lo estaba siguiendo de alguna forma. O que alguien que trabajaba para él lo hacía.

¿Desde cuándo?, se preguntó John.

Terminó de aflojar el nudo de la corbata y caminó hasta el ventanal de su habitación.

Marcó el número de Carter.

Este respondió al primer tono, como si hubiera estado esperando con el teléfono en la mano.

—Señor Keller.

—Señor Carter.

—Veo que está en Ámsterdam.

No era una pregunta. Era una confirmación.

—Seguía una pista.

—¿Relacionada con el encargo?

Una pausa breve.

—Así es.

—Interesante. Porque el informe que me envió la semana pasada no mencionaba ninguna pista que justificara un viaje a los Países Bajos.

John no respondió de inmediato. Dejó que el silencio trabajara.

—El informe contenía lo relevante para VHK Capital en ese momento —dijo finalmente.

—¿En ese momento? —Carter repitió la frase con la calma específica de quien había identificado exactamente dónde estaba el problema. Eso sugiere que había información que consideró no relevante. O que consideró relevante para usted, pero no para mí.

Hubo silencio.

—¿Qué quiere, señor?

—Lo que siempre he querido. Un informe completo.

—Ya lo tiene.

—No lo tengo. —La voz de Carter bajó medio tono—. Déjeme ser directo, señor Keller. Llevo muchos años contratando consultores. Sé exactamente qué aspecto tiene un informe completo y qué aspecto tiene uno al que le han quitado páginas.

John apoyó una mano sobre el ventanal. Al otro lado, los canales de Ámsterdam se extendían oscuros y fríos, reflejando las luces de los edificios con esa precisión geométrica que la ciudad conservaba incluso de noche.

—¿Qué cree que falta? —preguntó.

—Ana Bale. —Carter lo dijo sin pausa—. Todo lo relacionado con ella más allá de su cargo en Neuroaxis. Sus antecedentes. La forma en que trabaja y, sobre todo, por qué solo ella tiene control sobre la fórmula de Apathos.

John no respondió. Aquella última afirmación, que para él era más una revelación que simple información, lo dejó sin palabras.

«Solo ella tiene control sobre la fórmula.»

—Le doy cuarenta y ocho horas —dijo Carter—. Quiero el informe completo. Todo lo que tiene. Y esta vez, sin omisiones.

—¿Es una amenaza?

Hubo una pausa breve. De esas que preceden a algo que ya estaba decidido antes de que comenzara la conversación.

—No. Pero si no cumple con mi encargo, se termina el contrato y me aseguraré de que ningún fondo de inversión en Europa vuelva a contratarlo. —Hizo una pausa—. No es una amenaza, señor Keller. Es una consecuencia.

John miró los canales.

—Cuarenta y ocho horas —repitió Carter.

Cortó la llamada.

John permaneció con el teléfono en la mano durante un momento. Luego lo dejó sobre la mesa.

12:17 a.m.

Se sentó frente al portátil.

Abrió el archivo donde guardaba sus notas del caso. Lo recorrió desde el principio, leyendo con la distancia de alguien que revisa el trabajo de otro. Las primeras entradas. Londres, el encargo, el vuelo a Zúrich... parecían de otra vida. De alguien con menos información y menos complicaciones.

Carter tenía razón en algo: el informe estaba incompleto.

Lo había estado desde el principio. Desde la primera noche en el hotel, cuando había encontrado el nombre de E.

Bale y había decidido no incluirlo. Desde aquel almuerzo, cuando Ana había dicho «yo era el sujeto» y él había archivado aquella conversación en el espacio de lo personal, en lugar de lo profesional.

¿Cuándo había cruzado esa línea exactamente?

No lo sabía. Y eso era lo que más le incomodaba de todo aquello. No el ultimátum de Carter. No las consecuencias profesionales. Ni siquiera la posibilidad de que Ana estuviera implicada en la muerte de Matthias Rüegg.

Era no saber con exactitud en qué momento había dejado de hacer su trabajo. En qué momento había dejado de ser él...

«Cuando decidiste que lo que encontraras sobre ella no iba a salir a la luz».

Eso era lo que había decidido. Sin nombrarlo. Sin admitirlo siquiera ante sí mismo. Pero era lo que había hecho.

Pensó en Frei. En la orden de allanamiento que Mecier había solicitado.

Si Frei era detenido y la investigación avanzaba, todo lo que John sabía sobre la conexión entre Ana y el proyecto original saldría a la luz de todas formas, con o sin su informe.

Carter lo sabría. El mercado lo sabría. Los directivos de Neuroaxis lo sabrían.

La pregunta no era si Ana iba a quedar expuesta. La pregunta era si él iba a ser quien la expusiera.

Zúrich — Hotel Savoy — 9:22 a.m. — Al día siguiente

Llegó en el primer vuelo de la mañana.

Antes de subir a su habitación, tomó el desayuno en el bufet. Pensó que el cambio de escenario le serviría para aclarar sus pensamientos. Recapituló lo sucedido durante las tres últimas semanas y, sobre todo, las cosas que sabía sobre Ana y que ya no podía clasificar como información de trabajo.

Subió a su habitación. Se duchó y cambió de ropa. Solo entonces volvió al portátil. Miró el archivo del caso durante varios minutos sin escribir nada. Luego añadió una hoja en blanco después de la última página.

Escribió el encabezado:

Informe complementario — uso confidencial — VHK Capital.

Se quedó mirando el cursor.

Lo que Carter pedía era legítimo. Era su trabajo. Era exactamente para lo que lo habían contratado. Y, sin embargo, cada vez que intentaba escribir la primera línea, la imagen de Ana se hacía presente.

—¡Maldición!

Cerró el archivo sin guardar ninguna modificación.

Sacó el móvil.

Buscó el contacto de Ana. Se quedó mirándolo durante unos segundos, pero no hizo nada. Después buscó el de Carter.

No marcó ninguno.

Dejó el teléfono sobre la mesa. Tenía treinta y seis horas para tomar una decisión que llevaba semanas aplazando.

La decisión no era sobre el informe.

El informe era solo la forma visible de algo más difícil de resolver: elegir desde qué lugar iba a actuar en lo que quedaba de aquel caso. Como el hombre que Carter había contratado. O como el hombre que había tomado un vuelo a Ámsterdam sin decírselo a nadie.

Seguían siendo ambos. La misma persona. Y ese, precisamente, era el problema.

El teléfono vibró sobre la mesa.

Era Ana.

Un mensaje. Una sola línea.

«Necesito verte. Hoy. Es importante.»

John lo leyó. Esperó unos minutos y respondió.