Capítulo 23 El expediente Frei
Mecier llegó con el café en la mano y la certeza, ya completamente consolidada, de que el caso había dejado de ser un caso de homicidio convencional en algún momento de las últimas setenta y dos horas.
No era una intuición. Era aritmética.
Rüegg, muerto. Una muerte limpia, planificada, ejecutada con precisión. Vossler, muerto también. Y, aunque la autopsia no había revelado nada concluyente, estaba convencido de que no se trataba de un hecho aislado. No era el azar. Ambos decesos compartían algo en común.
Método.
Abrió la libreta por la última página utilizada. La columna con los datos de Sebastian Frei seguía esperando ser completada. Vogel le había prometido el historial completo para esa mañana.
Veinte minutos después llegó la llamada que estaba esperando.
Sala de análisis — 8:30 a.m.
Vogel tenía tres pantallas abiertas cuando Mecier entró. Era su forma habitual de trabajar: información en paralelo, cruces simultáneos, el tipo de atención múltiple que Mecier admiraba sin poder replicar.
En la pantalla central aparecía la fotografía de un hombre de tez morena, cabello negro y mirada afilada. El inspector lo reconoció de inmediato. Era el empleado que le había sostenido la mirada junto a la puerta giratoria durante su primera visita a Neuroaxis.
—Sebastian Frei —dijo Vogel sin preámbulos—. Treinta y cuatro años. Nacido en Lucerna. Hijo único. El padre murió cuando él tenía diecinueve años, accidente de trabajo. La madre desarrolló una depresión severa después y falleció dos años más tarde. Causas naturales según los registros.
Mecier escuchó sin interrumpir.
—Entre los veinte y los veintidós años no hay prácticamente registro de actividad.
Sin empleo declarado, sin domicilio fijo documentado, sin atención médica registrada.
Reaparece en los archivos como participante en el proyecto HN-07, a los veintitrés años.
Historial clínico previo: duelo complicado, aislamiento social, dos episodios de crisis documentados por un centro de salud mental en Lucerna.
—¿Y después del proyecto? —preguntó Mecier.
—Otro período sin un rastro claro. Casi cuatro años. Luego reaparece en Zúrich, donde obtuvo formación académica en el Instituto Federal Suizo de Tecnología —Vogel amplió un archivo en la pantalla central—. Después se incorporó a Neuroaxis.
—¿Qué formación obtuvo?
—Químico farmacéutico.
Para el inspector, aquella respuesta empezaba a delimitar el perímetro en torno a los sujetos de interés dentro de la investigación.
Después de unos instantes de silencio, Vogel continuó:
—También conseguí los archivos del proceso de contratación del señor Frei.
Mecier supo de inmediato que los había obtenido al margen de los procedimientos legales, pero no hizo ningún comentario. Se limitó a preguntar:
—¿Encontró algo?
—El contrato fue tramitado por Recursos Humanos. Pero la autorización la dio quien entonces era la subdirectora de Investigación.
Mecier la miró.
—¿Ana Bale?
—Sí. Su firma aparece en el contrato definitivo de Sebastian Frei. Tres semanas después, se incorporó a la compañía.
Tres semanas. No había sido una autorización burocrática tardía. Había sido una decisión tomada después de comprobar que él seguía allí. Que seguía siendo quien ella recordaba.
—No lo reclutó la empresa. Lo reclutó ella —dijo Mecier.
—Eso parece —respondió Vogel.
—¿Qué más tenemos sobre el proyecto HN-07?
—Más información sobre Frei: su edad en aquel entonces, sus antecedentes clínicos y, sobre todo, las notas del director.
—¿Qué hay con eso?
—Escuche —dijo Vogel mientras leía en voz alta la transcripción de sus apuntes.
«El sujeto muestra una adhesión intensa hacia la investigadora adjunta. Requiere seguimiento.»
—Eso podría explicar mucho más que una simple relación profesional.
—Y aquí es donde se pone interesante —continuó Vogel, con un brillo inconfundible en los ojos.
Mecier era consciente de que toda la información que estaba a punto de recibir también había sido obtenida al margen de la legalidad. Pero no le importó. A esas alturas era como un sabueso detrás de un rastro y no iba a dejarlo perder.
—Los registros de acceso de Frei al laboratorio de síntesis muestran entradas irregulares las últimas dos semanas.
Siempre en horario extendido. Siempre fuera del turno habitual de su cargo.
—Hizo una pausa—. La noche del catorce al quince de febrero, la misma en que murió Rüegg, Frei registró un acceso al laboratorio a las once y cuarenta y siete de la noche.
—¿A qué hora salió?
—No hay registro.
Mecier empezó a ordenar las piezas en silencio. Frei en el laboratorio. Rüegg en su oficina. Ambos trabajando fuera del horario habitual la misma noche de la muerte de este último. El margen temporal era ajustado, pero posible.
—Supongo que también tiene las grabaciones de seguridad de ese día.
Vogel hizo una leve mueca. Casi una sonrisa.
—Por supuesto.
Cerró los archivos que tenía abiertos y reprodujo uno de los vídeos en formato MP4 que tenía preparados en el escritorio de su ordenador.
—Esto ocurrió a las 3:30 a. m. del 15 de febrero. Preste atención al aparcamiento.
La grabación era en blanco y negro, con la granulación característica de las cámaras de seguridad en condiciones de baja luminosidad. El aparcamiento subterráneo aparecía casi vacío: tres vehículos estacionados, columnas de hormigón proyectando sombras alargadas. Todo parecía en orden.
Rüegg apareció en el encuadre desde el acceso al ascensor. Abrigo oscuro. Paso regular. Llevaba un maletín de cuero.
—Aquí —dijo Vogel, bajando la velocidad de reproducción a la mitad.
Rüegg caminaba hacia su vehículo. A su derecha, junto a una columna, la luminaria más cercana parpadeó una vez. Dos veces. Luego dejó de hacerlo.
No se apagó por completo. Solo disminuyó su intensidad hasta sumir aquella zona en una penumbra densa, suspendida entre la oscuridad y la visibilidad. Ese era el punto en que el ojo humano empieza a perder el enfoque. El punto en que las cosas dejan de ser lo que parecen a simple vista.
—Congele ahí. —ordenó Mecier.
Vogel detuvo la imagen.
—Amplíe la zona de la columna. A la derecha de Rüegg.
La imagen se amplió. La resolución se degradó: los píxeles se hicieron más visibles y los contornos perdieron definición. Aun así, lo que estaba allí seguía estando allí. Junto a la columna, visible durante la fracción de segundo en que la luminaria parpadeó, había una silueta.
No era la sombra de la columna. Sus sombras eran lineales, geométricas, predecibles.
Aquello era diferente. Tenía volumen. Presentaba una discontinuidad en el borde inferior que sugería la presencia de dos piernas.
Y, en la parte superior, un contorno redondeado que podía corresponder a una cabeza ligeramente inclinada hacia delante.
La calidad de la imagen no permitía certeza. Pero tampoco dudas.
—¿Cuántos fotogramas tenemos de esa zona antes de que la luz cambie? —preguntó Mecier sin apartar la vista de la pantalla.
—Diecisiete. Los he revisado todos. La silueta aparece en los últimos seis, los más próximos al momento en que la luz parpadea. En los anteriores no hay nada.
—¿Qué significa eso?
—Que o bien se acercó a la columna en esos segundos previos al cambio de luz, o bien calculó exactamente cuándo ese punto del aparcamiento quedaría en penumbra y se colocó ahí en ese instante.
Hubo silencio.
—¿Puede mejorar la imagen?
—Ya está al límite de lo que permite la cámara original. —Hizo una breve pausa—. Ahora quiero que vea lo que ocurre a continuación.
Vogel reanudó la reproducción, esta vez a velocidad normal.
En la grabación, Rüegg llegó hasta su vehículo. Abrió la puerta. Entró. Unos segundos después, el vehículo salió del parqueadero.
—Sin el coche y aun con la penumbra, si esa silueta hubiera sido otra cosa, ¿no cree que seguiría ahí?
Mecier no respondió.
—Exacto. La silueta ya no está —concluyó Vogel.
El inspector permaneció mirando la pantalla durante unos segundos que a Vogel se le hicieron muy largos.
Finalmente, preguntó:
—¿Cómo va la investigación que le pedí sobre la escena del crimen y todas las personas que estuvieron presentes ese día?
—Descubrimos que la grabación de seguridad del aparcamiento del edificio de Rüegg fue alterada.
—¿Alterada de qué forma?
—Le recortaron cuarenta segundos. Una edición muy limpia. Casi parecía un fallo del sistema.
—Eso significa que alguien de dentro está implicado.
—Sí, señor. De hecho, uno de los guardias de seguridad que estaba de servicio esa noche presentó su renuncia cuatro días después de la muerte de Rüegg, sin dar ninguna explicación.
Me pareció extraño, así que solicité sus movimientos bancarios y descubrimos que había recibido dos transferencias de seis mil francos cada una.
La primera, dos días antes de la muerte de Rüegg. La segunda...
El inspector la interrumpió.
—Déjeme adivinar: poco después de la muerte de Rüegg.
—Así es.
—¿Sabemos cuál es el origen de los fondos?
—No, señor. Lo único que sabemos es que el dinero fue transferido desde una cuenta ubicada en un paraíso fiscal. Es todo.
Mecier siguió procesando la información en silencio.
—¿Qué hay de la mujer que aparecía en la grabación del acceso peatonal? —preguntó.
—Por fin la identificamos. —Vogel abrió otra ventana en la pantalla—.
Es familiar de un residente del cuarto piso.
Había ido al aeropuerto aquella madrugada para tomar un vuelo internacional, pero regresó al edificio porque había olvidado el pasaporte.
Hay registro de su itinerario de vuelo y también de la declaración que le tomaron los agentes.
Mecier asintió despacio.
Una coincidencia que durante semanas había parecido una pista. Una mujer que había olvidado el pasaporte en el momento equivocado. Mientras tanto, el verdadero acceso se había producido por otra vía.
Todo empezaba a encajar con una precisión que ya no podía atribuirse a la casualidad.
La formación como químico farmacéutico de Frei.
Un guardia sobornado. Y, además, el vínculo que existía entre Sebastian Frei y Ana Bale mucho antes de que ambos trabajaran en Neuroaxis.
Sin embargo, el inspector seguía convencido de que aún faltaba una pieza.
¿Había actuado Frei por su cuenta? ¿O había alguien más detrás?
Frei tenía los medios y el acceso. Pero los medios y el acceso no explicaban la decisión.
Esa venía de otro lugar. De alguien que había evaluado el riesgo que representaba Rüegg y había concluido que eliminarlo era la solución más eficiente.
Alguien con mucho que perder y con la frialdad necesaria para actuar en consecuencia.
Su mente regresó, casi por inercia, a la nota del doctor Vossler.
«Sujeto muestra adhesión intensa hacia la investigadora adjunta».
El doctor lo había documentado como una anomalía a vigilar. No como una amenaza. Pero once años después, ese sujeto trabajaba en la empresa que la investigadora adjunta dirigía.
Tenía lo suficiente para solicitar una orden de vigilancia sobre Frei. No para actuar. Todavía no. Para eso necesitaba una cosa más: establecer la conexión directa entre el compuesto hallado en la sangre de Rüegg y lo que Frei había sintetizado en el laboratorio aquella noche.
Eso requería acceder a los registros del laboratorio de Neuroaxis. Y, para conseguirlo, necesitaba una orden judicial que tardaría días en obtener.
12:14 p.m.
Llamó a Vogel.
—Necesito dos cosas. La primera: vigilancia sobre Sebastian Frei desde hoy. Movimientos, contactos, cualquier anomalía en su rutina. Quiero absoluta discreción. No quiero que sepa que lo estamos vigilando.
—De inmediato, señor.
—La segunda: quiero una orden de allanamiento para registrar su domicilio y su oficina. Pero la quiero con fecha abierta, lista para ejecutarla en el momento preciso. Ni antes ni después.
—Como ordene.
El resto de la tarde transcurrió entre llamadas, informes y solicitudes judiciales.
8:38 p.m.
Mecier salió a comer por primera vez en dos días algo que no fuera café y un sándwich de máquina.
Caminó hasta el restaurante de la esquina. Se sentó en la mesa del fondo, de cara a la puerta, como siempre. Pidió sin mirar la carta.
Mientras esperaba, abrió la libreta.
Debajo del nombre de Sebastian Frei, escribió:
LO QUE TENEMOS
— Formación en química farmacéutica.
— Acceso al laboratorio de síntesis.
— Soborno a uno de los guardias de seguridad del edificio de Rüegg.
— Motivo aparente: adhesión documentada hacia Ana Bale.
LO QUE FALTA
— ¿Actuó solo?
— ¿Está implicada Ana Bale?
— ¿Las muertes de Rüegg y Vossler están relacionadas?
Cuando terminó la última línea, se detuvo.
La muerte de Vossler.
Frei tenía un motivo aparente para la muerte de Rüegg. Pero con Vossler era diferente. Había sido el director del proyecto original, alguien que llevaba años fuera del circuito visible. En teoría, ya no representaba un obstáculo para nadie. Y, aun así, estaba muerto.
Ese pensamiento hizo que el inspector frunciera el ceño. Algo no encajaba.
Cerró la libreta cuando llegó la comida.
Comió despacio. Sin mirar el móvil. Sin pensar en el caso. Era su manera de seguir trabajando en él: dejar que las ideas reposaran en un lugar donde la lógica consciente dejara de presionarlas.
Veinte minutos después, mientras pagaba la cuenta, el móvil vibró.
Era Vogel. Un mensaje de texto. Tres líneas.
Vigilancia sobre Frei activada.
Entró al laboratorio de síntesis de Neuroaxis fuera de horario.
Permaneció dentro cuarenta minutos.
Mecier leyó el mensaje sin prisa.
Guardó el teléfono. Dejó el dinero sobre la mesa sin esperar el cambio.
Salió a la calle.
Cuarenta minutos en el laboratorio de síntesis. Fuera de horario. Sin justificación. Sin registro de autorización. No estaba borrando rastros. Eso ya lo habría hecho. Estaba preparando algo.
Aceleró el paso hacia la jefatura.
La orden judicial para acceder a los registros internos de Neuroaxis ya no podía esperar. La necesitaba cuanto antes.