Capítulo 22 Ámsterdam #2
—Tardó más de lo que esperaba.
—¿Me esperabas?
—No aquí. Pero sí.
John dio un paso hacia ella. Sin prisa. Con esa intención deliberada que Ana había aprendido a reconocer en él.
Se detuvo a menos de un metro.
El aparcamiento quedó envuelto en un silencio espeso. Todo pareció ponerse en pausa. La luz fría de los fluorescentes. El olor a gasolina y hormigón. El viento atravesando la estructura abierta. No hubo ningún movimiento a varios metros de distancia.
—Debería estar en Zúrich —dijo Ana.
—Tal vez.
Ninguno de los dos se movió.
Ana sostuvo su mirada un instante más.
Luego pasó junto a él.
John esperó apenas un segundo antes de seguirla.
—¿Y Carter? —preguntó ella, sin volverse.
—Carter puede esperar.
Continuó caminando hasta detenerse frente al único automóvil estacionado en ese nivel.
—Ese no es tu auto.
Ella se giró despacio y lo miró con una intensidad que a John le pareció casi irreal. Después sonrió apenas. La misma sonrisa que no decía nada y, al mismo tiempo, parecía insinuarlo todo. La misma sonrisa que, sin proponérselo, lo volvía loco.
Él se llevó la mano al nudo de la corbata y lo aflojó apenas unos milímetros, intentando acompasar la respiración.
Ana advirtió el gesto sin decir nada.
Se giró de nuevo y caminó hasta el automóvil que tenía delante. Dejó el abrigo sobre el capó antes de volverse hacia John.
Permaneció inmóvil.
No había desafío en su postura. Tampoco una invitación evidente. Era simplemente esa quietud calculada que tenía cuando esperaba que el otro diera el siguiente paso.
John entendió el silencio.
Acortó la distancia que los separaba sin apresurarse. Cuando llegó frente a ella, apoyó las manos sobre el capó, una a cada lado de su cuerpo, encerrándola sin llegar a tocarla.
Después la miró a los ojos. Ninguno habló.
Solo el viento rompió la tensión creciente entre ellos. Atravesó el aparcamiento abierto y agitó algunos mechones de su cabello. John levantó una mano despacio y los apartó de su rostro. Sus dedos apenas rozaron su piel.
Ella no retrocedió. Tampoco avanzó. Se limitó a sostenerle la mirada.
Fue él quien dio el primer paso.
Deslizó una mano hasta su cintura y la atrajo hacia él con una firmeza que no admitía dudas. Con la otra la agarró por las nalgas antes de elevarla con un movimiento rápido. Ana apenas tuvo tiempo de apoyarse en su hombro para mantener el equilibrio.
Cuando volvió a alzar la vista, sus rostros estaban separados por apenas unos centímetros.
Durante un instante permanecieron muy cerca, sin llegar a tocarse más de lo necesario. Ella seguía observándolo con esa calma casi desconcertante. Como si quisiera descubrir cuánto tiempo más sería capaz de contenerse. Su respiración, sin embargo, empezaba a traicionarla.
John sonrió apenas.
Había esperado ese momento desde que la vio aparecer en el reflejo de aquel ventanal.
Entonces, con un movimiento firme, le subió la falda hasta la cintura, dejando al descubierto la lencería de encaje color vinotinto que llevaba debajo.
Después, con una lentitud casi exasperante, le bajó las bragas.
Las deslizó despacio por sus muslos, por sus rodillas... hasta dejarlas caer al suelo.
Se incorporó despacio y permaneció un instante inmóvil mientras contemplaba la palidez de su piel. La proporción de sus caderas. Su sexo, húmedo. Para él, aquella imagen era como un exquisito manjar.
Para Ana, en cambio, aquello era más que un acto de placer o de lujuria. Era una forma de dominio. La certeza de que bastaba una mirada, un gesto o una decisión para alterar por completo el equilibrio entre ambos.
Él levantó la mirada.
Ella la sostuvo sin apartarla.
Él inclinó despacio la cabeza y besó la cara interna de su muslo derecho. Al hacerlo, sintió cómo el cuerpo de Ana respondía al contacto antes incluso de que ella fuera plenamente consciente.
Para ella, aquel beso cálido en la cara interna del muslo provocó una leve tensión que recorrió sus piernas e hizo que su respiración perdiera parte de la regularidad con la que había intentado sostenerse desde que él apareció en el aparcamiento.
Él continuó ascendiendo, mordisqueando con suavidad la cara interna de su muslo hasta llegar a su entrepierna. Cuando volvió a alzar la vista, encontró sus pupilas dilatadas y el pecho elevándose con un ritmo muy distinto al de unos minutos antes.
Ella separó un poco más las piernas para permitirle situarse entre ellas. Después las deslizó sobre sus hombros mientras apoyaba el peso del cuerpo contra el capó.
Con un movimiento suave, él lamió su clítoris, apenas un roce deliberado y contenido. En ese preciso instante, se embriagó con su aroma, con su sabor. Una mezcla entre flores del campo y su olor corporal, tan magnético, tan delicioso.
Para ella, el efecto fue inmediato. Un gemido escapó de su garganta antes de que pudiera contenerlo. Pequeño. Ahogado. Como si aquella reacción llevara demasiado tiempo esperando una oportunidad para salir.
Un momento después, todo fue frenesí. Él continuó lamiéndole el clítoris con la cadencia, los movimientos y la presión exactos, como si conociera de antemano la forma en que su cuerpo iba a responder.
Para ella, cada roce de su lengua era un latigazo de placer que recorría su cuerpo de arriba abajo.
Sentía el clítoris palpitar con intensidad, mientras las contracciones se volvían cada vez más frecuentes e imposibles de controlar.
Luchaba por contener el orgasmo que crecía, imparable, dentro de ella.
Cerró los ojos con fuerza.
En ese instante no existía nada más. Nada más que él entre sus piernas. Nada más que el placer desbordante que se apoderaba de cada pensamiento, de cada respiración, de cada músculo de su cuerpo.
Sin darse cuenta, lo sujetó con las piernas hasta rodearle la nuca, reteniéndolo junto a ella como si, por un instante, el mundo entero dependiera de que él no se apartara.
Lo que vino después no fue gradual. Fue acumulación. Un corrientazo de placer la recorrió de forma tan completa e intensa que el sonido que escapó de su garganta resonó en el hormigón del aparcamiento antes de que ella pudiera contenerlo.
Hubo un breve instante de silencio antes de que él la tomara con firmeza por la cara interna de los muslos para abrirle las piernas.
Mientras lo hacía, se incorporó despacio.
Ella no apartó la mirada en ningún momento.
Sus ojos estaban llenos de deseo, de lujuria y de una intensidad contenida que John jamás había visto en ella.
John comenzó a bajarse lentamente el cierre del pantalón.
Pero, sin previo aviso, ella descendió del capó.
Se acomodó la falda con la misma calma meticulosa con la que hacía todo. Después caminó hasta el lugar donde había caído la ropa interior y el bolso. Los recogió sin prisas, como si acabara de salir de una reunión cualquiera y no del momento más intenso que había vivido en mucho tiempo.
John la observó con incredulidad.
¿Cómo era posible que, después de todo aquello, recuperara el control con tanta facilidad?
¿Cómo podía volver a ser la misma Ana de siempre en cuestión de segundos?
Dio un paso hacia ella con la intención de detenerla, de decir algo, cualquier cosa. Pero, en ese instante, el sonido de un motor rompió el silencio del aparcamiento.
El automóvil de Ana apareció al doblar la esquina y avanzó lentamente hasta detenerse frente a ellos.
—Fue todo un placer, señor Keller. Disfrute Ámsterdam.
Sin esperar respuesta, abrió la puerta del vehículo y se subió. El automóvil se alejó con suavidad hasta desaparecer por la rampa de salida.
John permaneció inmóvil en medio del aparcamiento. Solo. Confundido. Frustrado. Observando cómo las luces traseras del vehículo se perdían en la distancia.
En ese momento, vibró su móvil.
Tenía un mensaje de su contacto en Berlín. Una sola línea.
«Mecier solicitó orden de allanamiento. Objetivos: Sebastian Frei y Neuroaxis.»
John sostuvo la vista sobre la pantalla durante varios segundos. Frei era la pieza que daba sentido a todo lo relacionado con Matthias Rüegg. Ahora Mecier estaba cerrando el cerco sobre él.
¿Y también sobre Ana? No pudo evitar hacerse esa pregunta.
Mientras tanto, ella se alejaba por las calles de Ámsterdam. Tal vez todavía no sabía que Mecier iba tras Frei. O tal vez sí. Con Ana nunca había forma de estar seguro. Y ese era, precisamente, el problema.