Ana Bale Capítulo 22 Ámsterdam
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Capítulo 22 Ámsterdam

John llevaba tres días en Ámsterdam sin que nadie supiera que estaba allí.

O eso creía.

Carter, con quien tenía una reunión pendiente desde el último informe, pensaba que seguía en Zúrich.

Sebastian Frei, en cambio, conocía todos sus movimientos.

Y Ana, que había viajado con el equipo de Neuroaxis para cerrar los contratos de distribución en los Países Bajos, se alojaba en la opulencia del Hotel Pulitzer.

No sabía que él había tomado el mismo vuelo un par de días antes.

No sospechaba que John la observaba desde un hotel discreto, a solo tres manzanas de su suite.

Durante los dos últimos días, John había intentado convencerse de que tenía motivos para seguir a Ana. Quizá no los correctos, pero sí los profesionales. Al menos, eso era lo que se repetía a sí mismo.

No los tenía.

Lo que tenía era algo que, después de quince años de trabajo, había aprendido a reconocer como una señal de alarma: la incapacidad de dejar de pensar en una persona.

No en el caso. En ella. En cada centímetro de su cuerpo.

En su olor. Y, sobre todo, en la forma en que había sonreído cuando le preguntó qué clase de relación tenía con Sebastian Frei.

Recordar aquella sonrisa le oprimía el pecho.

Lo hacía sentirse incómodo. Fuera de sí.

Su parte lógica le gritaba:

«Eso es lo que ella te hace. Te convierte en alguien que hace cosas que normalmente no harías.»

Lo sabía. Lo había sabido desde el momento en que la vio. Y, sobre todo, desde el instante en que le envió aquel mensaje:

«Necesito verla. No como parte del encargo.»

Necesidad. Una palabra que nunca había significado gran cosa para John. Pero, desde que conoció a Ana, había adquirido un matiz completamente distinto. Aun así, había decidido ignorarlo. Como si se tratara de una variable más que tarde o temprano podría resolver con lógica.

El problema era que había cruzado un límite donde ya no cabía la lógica.

Y, aun así, decidió continuar.

En el café donde estaba, apenas había un par de clientes.

Una mujer trabajaba en silencio al fondo del local, frente a un portátil, mientras un hombre mayor hojeaba el periódico sin demasiado interés.

Detrás de la barra, el zumbido constante de la cafetera y el sonido ocasional de la vajilla componían un murmullo discreto que apenas conseguía romper la calma de la mañana.

John ocupaba una mesa desde la que podía ver la calle a través del ventanal. Había elegido ese lugar porque le permitía observar la entrada del hotel y, al mismo tiempo, pasar inadvertido entre el resto de los clientes.

Abrió el portátil. Ingresó en la página corporativa de la distribuidora holandesa con la que Neuroaxis estaba cerrando el contrato de distribución de Apathos.

Buscó la pestaña de próximos eventos. No encontró mucho: información sobre alianzas comerciales, canales de distribución, programas benéficos... pero nada de lo que necesitaba ese día.

Inspiró hondo y soltó el aire lentamente por la boca.

Sacudió ligeramente la cabeza. Por un momento no se reconoció a sí mismo. Perder la paciencia por una nimiedad no era propio de él.

Volvió al portátil. Esta vez cambió de estrategia y entró directamente en uno de los principales portales de negocios de la ciudad.

Bastaron unos minutos para encontrar lo que buscaba: el lugar y la hora de la rueda de prensa conjunta entre Neuroaxis y su nuevo distribuidor en los Países Bajos.

El evento estaba previsto para las siete de la noche.

Cerró el portátil y regresó al hotel.

RAI Amsterdam, Auditorium Centre — 7:12 p.m.

La sala modular tenía capacidad para doscientas personas y estaba ocupada en sus dos tercios.

Periodistas especializados en industria farmacéutica, analistas, representantes de distribuidoras europeas.

El tipo de evento donde la información circulaba en dos niveles simultáneos, lo que se decía en el micrófono y lo que se negociaba en los márgenes.

John tomó asiento en la última fila. Había utilizado el nombre de un reportero que trabajaba para una publicación especializada de tercer nivel, el perfil de alguien a quien nadie se molestaría en verificar en un evento como aquel. Era un recurso antiguo. Y, por lo visto, seguía funcionando.

Vestía un traje oscuro y una corbata plateada sin ningún detalle distintivo. Nada en él llamaba la atención de forma deliberada.

Ana apareció cinco minutos después del inicio.

Vestía un elegante vestido azul medianoche de líneas sobrias que acentuaba su figura sin restarle un ápice de autoridad.

Llevaba el cabello recogido y caminaba con la misma postura impecable de siempre.

Cuando apareció y cruzó la sala en dirección al atril, las conversaciones se apagaron de golpe.

Simplemente ocurrió. Había personas cuya sola presencia modificaba el ambiente. Ana era una de ellas.

John no pudo apartar la mirada. Era la primera vez que se permitía observarla sin reservas. Sin el pretexto de un informe, de una entrevista o de una investigación. Era la mujer más hermosa y, de alguna manera, también la más inquietante que había conocido.

La rueda de prensa comenzó a la hora prevista. Ana habló durante veinte minutos, pero John apenas escuchó lo que decía.

Se limitó a observarla. Y, por momentos, a analizarla.

La forma en que respondía a las preguntas sobre las implicaciones éticas del fármaco.

Cómo desactivaba con calma las especulaciones de la prensa sensacionalista.

Incluso la manera en que manejó la inevitable mención de la muerte de Matthias Rüegg.

Todo lo resolvía con una seguridad impecable.

Al terminar la ronda de preguntas, recogió los documentos del atril. Intercambió unas breves palabras con el director de la distribuidora neerlandesa, atendió un par de entrevistas más y, finalmente, fue conducida al salón donde tendría lugar el cóctel de clausura.

John esperó unos minutos antes de seguirla.

El lounge del primer piso se abría tras unas monumentales puertas de cristal.

El espacio, de líneas minimalistas y techos altos, había sido transformado para la ocasión.

La iluminación blanca y casi clínica del auditorio daba paso a una luz cálida, de tonos ámbar, que se reflejaba en los enormes ventanales.

Al otro lado del vidrio, las siluetas de los rascacielos titilaban bajo la llovizna que caía sobre Ámsterdam.

El ambiente estaba impregnado por el murmullo de un centenar de conversaciones, el tintineo constante de las copas de champán y el roce sutil de los trajes de alta costura.

Camareros con bandejas de diseño se deslizaban entre pequeños grupos de ejecutivos farmacéuticos, inversionistas y representantes de distintas compañías.

Era el escenario perfecto para pasar inadvertido.

John la había seguido hasta allí.

En cuanto entró en el salón, buscó de inmediato una posición alejada del centro. Desde allí podía observar sin ser observado.

Recorrió el lugar con la mirada en busca de Ana. No la encontró.

Tomó una copa de vino de la bandeja de un camarero que pasaba junto a él y volvió a escanear el salón con la mirada.

Entonces la vio. Estaba rodeada de varios hombres.

Empresarios, supuso. Sostenía una copa de vino mientras conversaba con la misma serenidad que había mostrado durante la rueda de prensa.

La luz cálida del salón acariciaba su cabello recogido y perfilaba la línea impecable de su cuello.

Parecía completamente integrada en la opulencia del lugar.

Pero John advirtió un detalle que nadie más habría percibido. Los dedos de Ana golpeaban con suavidad el cristal de la copa siguiendo un ritmo casi imperceptible. Un gesto mínimo. Estaba cansada. O tensa.

Entonces ella giró la cabeza hacia el ventanal y, durante una fracción de segundo, sus miradas parecieron encontrarse en el reflejo del vidrio.

Torre de aparcamientos — 10:00 p.m.

La torre de aparcamientos tenía ocho niveles. El acceso para los asistentes al evento estaba restringido a los primeros pisos. John lo sabía porque había estudiado la estructura antes de entrar. Otra vieja costumbre: conocer las vías de escape antes de necesitarlas.

También sabía que el personal ejecutivo utilizaba los niveles superiores y que el equipo de seguridad de Ana había dejado su vehículo en el séptimo.

A esa hora, el viento frío de la noche se colaba por la fachada abierta, arrastrando el rumor amortiguado de la autopista cercana. Los pisos superiores permanecían desiertos, sumidos en una penumbra grisácea apenas interrumpida por los fluorescentes y el resplandor lejano de los rascacielos.

El escenario perfecto para una emboscada.

O para un encuentro.

John esperaba cerca del área de ascensores. A la distancia justa para mantenerse fuera del alcance de la mayoría de las cámaras de seguridad. Entonces sonó el timbre del ascensor. Un instante después llegó el siseo de las puertas al abrirse.

Era ella. Venía sola.

John la oyó antes de verla. El eco firme de sus tacones sobre el hormigón. Un ritmo inconfundible, sereno, casi desafiante. Habría reconocido aquel sonido entre un centenar de personas. Con el tiempo había terminado por memorizar esos pequeños detalles que solo le pertenecían a ella.

Llevaba el abrigo doblado sobre el antebrazo.

Se detuvo.

No porque lo hubiera visto todavía. Sino por ese instinto suyo que rara vez se equivocaba. Esa percepción periférica que nunca descansaba del todo y que le advertía cuando algo alteraba el equilibrio del espacio que la rodeaba.

John salió de las sombras.

Ana levantó la vista y lo encontró de inmediato.

No habló enseguida. Lo observó con esa expresión penetrante que, en ocasiones, parecía atravesar a las personas en lugar de limitarse a observarlas.

Una atención que no se conformaba con evaluar: diseccionaba.

Lo recorrió de arriba abajo con calma, como si comprobara que seguía siendo exactamente el hombre que esperaba encontrar.

Después dijo, con la serenidad de siempre: