Ana Bale Capítulo 21 Sebastian Frei #2
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Capítulo 21 Sebastian Frei #2

No por costumbre. Por disciplina. Había una diferencia que la mayoría de las personas no percibía, pero que para él era fundamental.

La costumbre era una acción que el cuerpo repetía por inercia.

La disciplina, en cambio, era una decisión renovada cada día.

La afirmación silenciosa de quién decidía ser.

Se levantó y fue hasta la ventana.

Desde el segundo piso de su apartamento no tenía una vista espectacular, pero nunca la había necesitado. Para él, el paisaje urbano era solo un conjunto de patrones: el tráfico, las personas, el movimiento constante. Todo obedecía a una misma lógica. Sincronía.

Con el tiempo había desarrollado la capacidad de observar la mayoría de las cosas como si fueran un informe. Datos. Comportamientos. Tendencias. Nada de eso requería demasiada atención. Solo había una excepción.

Preparó café y lo bebió despacio mientras contemplaba el collage de imágenes de Ana que cubría la puerta del refrigerador.

Había fotografías tomadas por él sin que ella lo supiera, fotografías corporativas, recortes de periódicos y bocetos realizados de memoria.

A simple vista podía parecer la colección obsesiva de alguien incapaz de dejar ir una idea.

Pero no era eso lo que más llamaba la atención. Debajo de todo había un mapa de la ciudad con tres puntos marcados con resaltador: el apartamento de Ana, el edificio de Neuroaxis y el Hotel Savoy.

También había trazado rutas entre los tres puntos. Las había distinguido con distintos colores según el nivel de exposición a las cámaras de seguridad. Había construido aquel mapa durante los dos últimos meses con la misma meticulosidad con la que hacía todo.

7:15 a.m.

Abrió el portátil.

El sistema que había construido durante los últimos meses no era sofisticado desde el punto de vista tecnológico. No necesitaba serlo. Era simple, pero eficiente. Se sostenía sobre tres elementos.

El primero: un programa que le permitía seguir en tiempo real los movimientos de Ana, John y el inspector Mecier. Cortesía de un antiguo compañero de universidad, ahora especialista en ciberseguridad.

El segundo: un empleado del Hotel Savoy al que pagaba trescientos francos al mes para que confirmara presencias y ausencias sin hacer preguntas.

El tercero: varias cámaras de vigilancia discretamente instaladas en los lugares que consideraba estratégicos.

Revisó las alertas registradas durante la noche. Solo una le llamó la atención.

El inspector Mecier había generado un resultado la tarde anterior: una solicitud judicial relacionada con Neuroaxis AG. Sin detalles. Pero suficiente para saber que el inspector estaba acelerando la investigación.

Cerró el portátil.

Para él, Mecier era predecible. Y lo predecible podía gestionarse.

Keller era otra cosa.

No se comportaba como una variable más. Se comportaba como alguien que había encontrado un hilo y no tenía intención de soltarlo.

Tres semanas atrás había instalado dos cámaras.

Pequeñas, inalámbricas, del tipo que podía comprarse en cualquier tienda de electrónica.

Una estaba oculta en el poste de señalización frente a la entrada principal del Hotel Savoy, camuflada entre los cables existentes.

La otra, en el alféizar exterior de un edificio de la calle lateral, apuntaba hacia el estacionamiento.

Dos noches atrás, alrededor de la una y media de la madrugada, recibió una notificación de movimiento. Abrió el portátil de inmediato y sincronizó el sistema con el teléfono.

La cámara situada frente al Hotel Savoy mostraba con claridad lo que él sospechaba. Era Ana, caminando hacia la entrada principal.

Permaneció unos segundos en silencio, procesando la información.

Poco después recibió un mensaje de su contacto en el hotel:

«Visita a la suite del señor Keller».

No cabían dudas. Ana estaba en la suite de Keller.

No tenía pruebas de lo que había ocurrido ahí dentro. Pero conocía a Ana con una precisión que ninguna cámara podía registrar y que ninguna explicación alternativa lograba sostener. Ella no visitaba hoteles a medianoche por razones profesionales.

Borró las grabaciones de inmediato.

No porque carecieran de utilidad. Al contrario. Eran una prueba objetiva de los hechos. Las borró porque ver la hora de entrada y de salida y sobre todo el tiempo transcurrido entre ambas despertaba algo que prefería no examinar demasiado.

Rabia. Frustración. Miedo. Era la primera vez que se sentía así. Ana había tenido amantes. Encuentros casuales. Pero nunca había visto a ninguno de esos hombres como una amenaza. Nadie como John Keller.

Se dijo a sí mismo:

«Ella no sabe lo que hace. Keller la está manipulando.»

Así lo veía desde que Ana le había encargado investigarlo. Había revisado su pasado, su carrera, los casos en los que había trabajado. Todo apuntaba a la misma conclusión: John Keller sabía cómo ganarse la confianza de las personas para obtener lo que necesitaba.

Y aunque Ana era la persona más inteligente que había conocido, estaba permitiendo que ocurriera. No porque no lo viera. Ella veía todo. Era porque había algo en ese hombre que alteraba sus mecanismos de una forma que él reconocía con una precisión dolorosa.

Neuroaxis AG — Laboratorio de síntesis — 8:02 a.m.

Sebastian llegó al laboratorio antes que el resto del personal. Tenía llave. Tenía autorización. Nadie cuestionaba la presencia de un técnico de operaciones en el laboratorio de síntesis a esa hora. Hasta entonces, nadie había tenido motivos para hacerlo.

Trabajó durante treinta minutos.

Sintetizó. Revisó la estabilidad de la nueva fórmula.

Verificó que actuara con la misma eficacia y que no dejara rastro alguno.

Llevaba varios días perfeccionándola fuera del horario laboral.

Normalmente trabajaba por las noches, cuando el laboratorio quedaba vacío.

Aquella mañana decidió que ya no importaba. Necesitaba terminar cuanto antes.

Mantuvo los dedos firmes sobre los viales mientras medía los reactivos. No había odio irracional en él, solo la frialdad metódica de quien necesita eliminar un obstáculo. Y John Keller definitivamente era uno.