Capítulo 28 La fórmula
El mensaje de John seguía sin respuesta.
«Necesitamos hablar.»
Ana lo había leído más de una vez. Aun así, no había contestado. Sabía que John quería respuestas, pero no estaba segura de cómo manejarlo. Al igual que todo lo relacionado con él.
Estaba al tanto de lo ocurrido en Neuroaxis. Se enteró a las seis de la tarde, cuando Brandt la llamó. No hizo demasiadas preguntas. Escuchó lo que tenía que decirle y colgó con la calma de siempre.
Luego permaneció inmóvil durante un momento, observando Ámsterdam a través de la ventanilla mientras el vehículo avanzaba hacia el aeropuerto.
Cuando lo pensó detenidamente, lo sucedido parecía surrealista:
Sebastian.
John.
Disparos.
Muerte…
De alguna forma, sabía que las cosas iban a terminar así.
Ahora Sebastian estaba muerto y, con él, una parte de su pasado. Pero el presente era distinto. Tenía que hablar con John. Necesitaba saber cuánto sabía y, sobre todo, qué había escuchado antes de que todo terminara. Lo difícil era decidir qué podía decirle.
John era diferente de Sebastian. Podía alterarla sin siquiera proponérselo.
Zúrich — Apartamento de Ana Bale — 9:14 p.m.
Preparó té. No café. Eran las nueve de la noche y en algún momento tendría que dormir, por remoto que eso pareciera. Se detuvo frente al ventanal con la taza entre las manos, sintiendo el calor de la porcelana. Abajo, la ciudad permanecía inmóvil, ajena a todo.
Sus pensamientos volvieron a Sebastian. Al consultorio donde lo entrevistó por primera vez. A su forma de mirarla; no como los otros sujetos, sin esa atención dispersa de quien habita en otra parte, sino con una concentración absoluta que ella había registrado como una anomalía a vigilar.
¿Era Sebastian un efecto colateral del proyecto HN-07?
Esa pregunta no tenía una respuesta limpia y quizá nunca la tendría.
Permaneció en absoluto silencio, bebiendo el té sin prisa, aunque su mente no dejaba de hilar cabos. De pronto, el móvil vibró sobre la mesa. John, pensó. Fue una respuesta automática, un reflejo instantáneo antes de razonarlo.
Se acercó y miró la pantalla. No era él.
Número desconocido. O tal vez no; le pareció haberlo visto antes.
Eran dos mensajes. Abrió el primero:
«La verdad no murió con Frei.
Queremos la fórmula completa de Apathos.
Tiene cuarenta y ocho horas.»
El segundo mensaje contenía fotografías de ella y John en aquel aparcamiento de Ámsterdam.
Después de ver las fotos, dejó el móvil sobre la mesa. Tomó la taza y bebió despacio lo que quedaba en ella.
«Queremos» fue la única palabra que la inquietó realmente. No por lo que decía, sino por lo que implicaba. Aun así, mantuvo la calma y la lucidez intactas.
El fármaco llevaba horas activo en su sistema. Había sido lo primero que hizo al llegar al apartamento: antes de quitarse el abrigo, antes de revisar los mensajes, antes de cualquier otra cosa. Era su respuesta ante días como este, cuando la situación amenazaba con superar su capacidad de gestión.
Aun así, había algo que persistía en lo más profundo, invulnerable al compuesto.
No era miedo al chantaje ni a lo que empezaba a sentir por John.
Era algo más denso: el temor a perder lo único que le otorgaba verdadero poder sobre las circunstancias, sobre los demás y, por encima de todo, sobre sí misma.
No pensaba ceder el trabajo de su vida. Apathos era suyo y de nadie más. Lo entregaría al mundo, por supuesto, pero bajo sus propios términos: esa era la única manera de homenajear la memoria de su hermana.
10:47 p.m.
Fue hasta el fondo del armario. Retiró el falso panel posterior y extrajo una libreta de tapa negra. Ninguna línea de aquel cuaderno había pasado jamás por un escáner ni había alimentado ningún servidor. No existía copia digital, archivo en la nube ni registro en los terminales de Neuroaxis AG.
Aquella libreta contenía la fórmula completa de Apathos.
No la versión comercial —esa que figuraba en los documentos oficiales del proyecto, validada por el comité regulatorio y accesible para cualquiera con los permisos correctos—. La versión manuscrita era otra cosa: conservaba anotaciones y variables que los protocolos de aprobación jamás conocieron.
Se trataba de una versión que, en la concentración y secuencia precisas, podía hacer algo que la fórmula comercial ni siquiera rozaba: reescribir las emociones.
Ana había llegado ahí sola. Después de años de ajustes y reformulaciones.
Después de habérselo administrado a sí misma en dosis que ningún protocolo ético habría aprobado.
Era el resultado más importante de toda su investigación y el más peligroso —porque en las manos equivocadas no era un fármaco terapéutico. Era una herramienta de control.
Y alguien que sabía que existía lo quería.
«Arquitectura social a gran escala.»
El pensamiento emergió sin aviso, desde las profundidades de su subconsciente. Era la primera vez que veía a Apathos desde un ángulo diferente: como una amenaza potencial. Ni siquiera le gustó pensarlo.
Cerró el cuaderno despacio, haciendo presión sobre la tapa de cuero gastada.
Permaneció inmóvil en el silencio de la penumbra, sosteniéndolo entre sus manos durante un largo instante.
La fórmula no iba a ir a ningún lado. Era una decisión tomada mucho antes de que llegara el primer mensaje de chantaje; desde el instante en que entendió que quien estaba detrás de la amenaza no era Sebastian. Él no tenía ambiciones de ese tipo. Él solo quería protegerla.
Quien se ocultaba tras la amenaza era algo distinto: más complejo, más paciente, con una red de recursos más amplia y ningún tipo de escrúpulos.
11:33 p.m.
El móvil volvió a sonar. Otro mensaje; esta vez era John.
«¿Estás en el apartamento?»
Dudó un instante antes de contestar. Su parte racional quería mantenerlo alejado, evitar cualquier confrontación con la verdad. Pero su cuerpo, en un lenguaje mucho más básico, le exigía lo contrario.
Respondió.
Veinte minutos después llamaron al timbre.
Abrió la puerta.
John estaba en el umbral. Llevaba las mangas de la camisa arremangadas y la chaqueta sobre el brazo. Su aspecto distaba del habitual: se veía agotado, pero impulsado por una resolución tensa.
Se miraron fijamente en silencio, antes de que Ana se hiciera a un lado para dejarlo pasar.
John avanzó hasta el salón principal sin decir palabras. Se detuvo en el centro de la estancia, de espaldas a ella. Pasaron unos segundos antes de que hablara y, cuando lo hizo, ni siquiera se giró:
—¿Sabías que iba a estar ahí?
Ana no respondió de inmediato. Ese segundo de pausa lo dijo todo: no por culpa, sino por ser el tipo de silencio que precede a una respuesta calculada
—No de esa forma.
—¿De qué forma entonces? —cuestionó John, girándose al fin hacia ella.
—Sabía que Frei era un problema. Llevaba tiempo siéndolo. Lo que no sabía era que ibas a estar ahí esta tarde.
—¿Y el mensaje que recibí?
Ana le sostuvo la mirada.
—No lo envié yo.
—¿Hasta dónde estás implicada en la muerte de Matthias Rüegg?
El silencio que siguió tuvo una textura diferente. Ya no era el silencio de quien calcula una respuesta. Era el de quien evalúa cuánta verdad soporta una conversación antes de fracturarse.
Ana no respondió. Y esa ausencia de palabras fue, en sí misma, una confirmación.
John la observó un instante más. Después, caminó hacia el ventanal y le dio la espalda.
—Frei dijo que actuó solo.
—¿Y tú qué le dijiste a Mecier?
—Lo mismo.
Silencio.
Ana se acercó hasta quedar a su lado, de pie frente al ventanal, guardando una distancia que era de todo menos física.
—¿Por qué? —preguntó ella.
John tardó en responder.
—Porque lo que Frei dijo no cambia lo que sé sobre ti.
Hubo una pausa.
—Y lo que sé sobre ti no le pertenece a nadie más.
Ana lo miró de perfil. Era la declaración más directa que John había hecho en todo el tiempo que llevaban en esto. Sin agenda aparente. Sin la capa protectora del lenguaje profesional.
Solo eso.
—Hay algo que debes saber —dijo ella al fin.
John se giró despacio para sostenerle la mirada.
Ana caminó hacia la mesa, tomó el móvil y le mostró el mensaje del chantaje.
John lo leyó en completo silencio. Su expresión no cambió de forma evidente, pero la línea de su mandíbula se tensó al instante.
—¿Cuándo llegó esto?
—Esta noche. Pero no es el primero.
—¿Qué quieren exactamente?
—La fórmula completa de Apathos —respondió ella.
John frunció el ceño.
—La versión que no existe en ningún registro oficial. La que solo yo tengo.
El silencio volvió a instalarse entre los dos.
—¿Quién sabe que existe esa versión?
—Nadie en Neuroaxis. —Sostuvo su mirada—. Y ahora tú.
El peso de esa revelación flotó entre los dos durante un momento.
John le devolvió el teléfono.
—¿Vas a dársela?
—No.
—¿Aunque publiquen las fotos y vayan con Mecier?
—Mecier no tiene nada y las fotos no destruyen la fórmula.
John asintió despacio. No como quien aprueba, sino como quien entiende.
—¿Sabes quién está detrás?
Ana dudó un segundo.
—Tengo una idea.
—¿Me la vas a decir?
—Todavía no.
La respuesta era honesta. No se trataba de una evasiva, sino de la única certeza que poseía en ese instante.
Decírselo implicaba depositar en él una confianza que rebasaba cualquier límite que se hubiera permitido hasta entonces.
No era desconfianza; era la incapacidad de hacer algo que jamás había aprendido a hacer: abrirse a alguien.
John la miró durante un instante. Luego volvió a asentir con esa aceptación suya que no presionaba; esa forma de esperar que dejaba espacio para que las cosas llegaran cuando tuvieran que llegar.
—De acuerdo —dijo.
Entonces Ana redujo la distancia entre los dos.
—Quédate esta noche —pidió.
No era una pregunta. Tampoco una invitación. Era algo más parecido a una decisión tomada en voz alta.
John la miró fijamente.
—Está bien.
2:17 a.m.
Ana permanecía de pie junto a la entrada del dormitorio.
Vestía un camisón ligero y estaba descalza.
Observó a John mientras dormía. No estaba segura de lo que experimentaba en ese instante, ni quería imaginar la intensidad de esa emoción si el fármaco no estuviera actuando.
Sacudió la cabeza levemente, como si buscara reorganizar sus pensamientos y devolverle el mando a la razón.
Entonces se concentró en los hechos recientes.
Mecier consideraba a Frei como el único responsable de la muerte de Rüegg.
El caso se cerraría en esa dirección, lo que la situaba a ella en la zona ambigua de siempre: nunca del todo implicada, nunca del todo a salvo.
Por otro lado, Carter no recibiría el informe completo que le había exigido a John.
Eso traería consecuencias que aún no podía calcular con precisión.
Caminó hacia la cama y se sentó en el borde. Tomó el móvil de la mesilla de noche y abrió el mensaje del chantaje una última vez.
«Tiene cuarenta y ocho horas.»
Se acostó de espaldas a John. Sintió su aliento cálido en la nuca y su brazo rodeándola con firmeza, como si pretendiera protegerla del resto del mundo. Para ella fue una sensación extraña, pero grata. No sabía muy bien cómo reaccionar ante algo así.
Por primera vez en mucho tiempo, comprendió que el sistema que había construido —ese que le permitía observar sin ser observada, gestionar el entorno sin involucrarse y actuar por encima de sus emociones— se estaba desmoronando.
Por primera vez, se sintió vulnerable.