Ana Bale Capítulo 18 Lo que no se puede contener
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Capítulo 18 Lo que no se puede contener

La memoria USB que el doctor Vossler había querido entregarle contenía doscientos cuarenta y tres archivos.

John llevaba más de dos horas revisándolos. Había llegado a la conclusión de que estaban organizados con la meticulosidad de alguien que sabía que quizá no tendría la oportunidad de explicarlos en persona.

Aquella noche decidió trabajar en el pequeño estudio contiguo a su cama. Había llegado el momento de poner todas las piezas sobre el tablero y hacer lo que mejor sabía:

Observar.

Analizar.

Formular hipótesis.

Después de descartar todo aquello que no consideró relevante para su investigación, llegó a una carpeta que clasificó como de alto interés.

Informes internos del proyecto HN-07.

Correspondencia entre Vossler y los financiadores.

Fichas técnicas del compuesto.

Protocolos de investigación.

Un diario de campo de los investigadores adjuntos.

Lista de sujetos de prueba

Se detuvo en el último documento.

La lista de los sujetos de prueba.

Una leve sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.

—Bingo.

Intuía que aquella era la pieza que faltaba.

Doce nombres. Doce historiales. Nada había sido dejado al azar. Todos habían sido seleccionados por una misma característica: la forma en que procesaban el sufrimiento.

Los revisó uno por uno, abriendo la ficha asociada a cada nombre. Ninguna contenía nada que se saliera de los parámetros previstos. Hasta que llegó al penúltimo de la lista.

S. Frei.

La información adjunta mostraba:

Sujeto 11: Sebastian Frei.

Edad al inicio del programa: 20 años.

Historial: pérdida parental traumática; duelo no resuelto; aislamiento social severo.

Respuesta al compuesto: atípica. Reducción del procesamiento emocional autónomo.

Nota del director: el sujeto muestra una adhesión intensa hacia la investigadora adjunta. Requiere seguimiento.

Tomó el vaso de whisky que tenía junto al portátil. Dio un sorbo y se recostó en la silla.

—Ana…

Permaneció en silencio durante un par de minutos. Intentaba unir las piezas, encontrar un patrón. Pero la relación seguía escapándosele.

Entonces recordó las palabras de Ana:

«Investigadora y sujeto. Los dos al mismo tiempo.»

¿Y si el experimento había creado algún tipo de vínculo afectivo entre Ana y Sebastian Frei?

Sintió una presión incómoda en el pecho. Permaneció inmóvil unos segundos, intentando identificar su origen.

¿Celos?

La sola idea le resultó absurda.

¿Le incomodaba pensar que otro hombre hubiera desarrollado un vínculo tan estrecho con Ana?

Respiró hondo y volvió al portátil. Si entre ellos había algún vínculo, tenía que averiguar cuál era. Accedió a la base de datos que Carter le había proporcionado al contratarlo y buscó el registro de empleados de Neuroaxis. Bastó una simple búsqueda para encontrar lo que esperaba.

Sebastian Frei. Técnico de operaciones. Cuatro años en la compañía. Junto al expediente aparecía su fotografía: tez morena, cabello negro y una mirada fría que le resultó inmediatamente familiar. Estaba seguro de haberlo visto antes, aunque no conseguía recordar dónde.

Tomó de un trago lo que quedaba del whisky y cerró el portátil.

Necesitaba agua fría y unos minutos lejos de la pantalla antes de que toda aquella información se convirtiera en ruido.

11:10 p.m.

El baño de la suite tenía una bañera de proporciones generosas y una presión de agua que John había aprendido a valorar después de demasiados hoteles de segunda categoría en demasiados países.

Se metió bajo el chorro con el agua al máximo de temperatura, apoyó los antebrazos en la pared y dejó que el vapor llenara el espacio.

Pensó en Vossler, que ahora estaba muerto. No creía que hubiera sido una muerte natural. Aquello solo planteaba nuevas preguntas. ¿Por qué había decidido entregarle una información que, probablemente, le había costado la vida? ¿Qué clase de relación había existido entre él y Ana?

Eran demasiadas preguntas.

Pensó en Sebastian Frei.

Entonces lo recordó.

Era el empleado que lo había acompañado durante su primer recorrido por Neuroaxis. Un hombre de perfil bajo, de esos que pasan desapercibidos. El mismo que, once años antes, había desarrollado una intensa dependencia hacia Ana y que ahora trabajaba en la misma compañía que ella.

No le gustaban las posibles implicaciones de aquello. Necesitaba respuestas.

Cerró el grifo. Se envolvió en el albornoz del hotel y salió del baño con el pelo todavía húmedo.

11:31 p.m.

Después de imprimir los documentos más relevantes, los fue fijando a la pared con el esparadrapo del botiquín. Luego añadió sus propias anotaciones. Por último, los conectó con líneas y empezó a marcar fechas, relaciones y preguntas.

Hacía años que no recurría a ese método. Siempre había trabajado con archivos encriptados y esquemas digitales, pero esa noche necesitaba ver las conexiones en un espacio físico. Necesitaba contemplar el panorama completo.

Cuando terminó de ordenar las piezas, la telaraña ocupaba casi toda la pared frente a su puesto de trabajo.

Dio un paso atrás y la observó en silencio.

Para él era evidente que la Fundación Vetter-Hass había estado detrás del proyecto desde el principio. La verdadera pregunta era otra: ¿cuáles eran sus intereses reales? Decidió que después se ocuparía de buscar esa respuesta.

Ahora la urgencia era otra. Sentía que faltaba una pieza en el esquema. Una conexión que aún no lograba trazar. Un punto donde convergieran intereses aparentemente inconexos.

Dio media vuelta y se acercó al ventanal. Observó las luces de la ciudad y la tormenta que se avecinaba. Permaneció allí varios minutos, en silencio. Analizando. Buscando motivos. Conectando puntos.

Entonces volvió al esquema y trazó una última línea: la que unía a Ana con Sebastian. Aun así, seguía sin ver la conexión.

Dio un paso atrás de nuevo.

Repasó el conjunto una vez más, hasta que su atención se detuvo en el nombre de Matthias Rüegg.

¿Y si ese era el punto donde convergían los intereses de Ana y Sebastian?

Para Ana, Rüegg se había convertido en un obstáculo para sacar adelante la fase tres del proyecto. Para Sebastian… volvió a pensar en la nota del doctor Vossler:

«El sujeto muestra una adhesión intensa hacia la investigadora adjunta. Requiere seguimiento.»

Tenía un motivo. Quizá no profesional, pero sí personal.

1:45 a.m.

Llamaron a la puerta.

John miró el reloj. Era demasiado tarde para un servicio de habitaciones que no recordaba haber solicitado.

Se acercó a la puerta sin hacer ruido y miró por la mirilla.

Era Ana.

Permanecía de pie en el pasillo, con el abrigo aún puesto y el cabello ligeramente húmedo. No miraba hacia la puerta; observaba el extremo del pasillo con esa atención periférica suya que nunca descansaba del todo. Tenía el bolso cruzado al cuerpo y las manos en los bolsillos del abrigo.

John abrió.

Ella lo miró. Un segundo. Dos.

—Me estaban siguiendo —dijo, sin saludar. Sin preámbulos.

—¿Los perdiste?

—Sí.

—¿Estás segura?

—Sí.

John se apartó de la puerta y ella entró.

Sus ojos recorrieron la habitación con el método de siempre. Se detuvieron en la pared. En los nombres. En las líneas. En el esquema que John había construido durante las últimas horas.

Permaneció inmóvil durante varios segundos.

—Vossler ha muerto —dijo John a su espalda.

—Lo sé.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Ana tardó un instante en responder.

—Desde anoche.

John procesó eso en silencio.

—¿Por eso me pediste que me fuera?

Ana no respondió de inmediato. Seguía mirando el muro. Recorría los nombres con una atención que John no podía leer del todo. No era sorpresa. No era miedo. Era algo más parecido al reconocimiento.

—¿De dónde sacaste todo esto? —preguntó al fin, señalando el esquema.

—El doctor Vossler lo dejó todo en una memoria USB.

Se giró hacia él.

—¿Qué USB?

—La que Vossler escondió detrás de un portarretratos con una fotografía tuya.

Algo cambió en su expresión. Apenas un instante.

Luego sus ojos volvieron al muro. Al nombre de Frei. A la línea que la conectaba con Sebastian.

John la observó en silencio.

Ella se quitó el abrigo y lo dejó sobre la silla más cercana. Luego se descalzó con un movimiento tranquilo, desprovisto de cualquier prisa; no era un gesto de descuido, sino la decisión silenciosa de quedarse.

Debajo llevaba un vestido rosa, ceñido al cuerpo, que terminaba unos centímetros por encima de las rodillas. El conjunto lo completaban un cinturón negro y unas medias oscuras de velo fino.

El silencio que siguió tenía un peso específico. No era el silencio de dos personas que no tienen nada que decirse. Era el de dos personas que tenían demasiado que decirse y que en ese momento estaban eligiendo no decir nada.

—Europol. Tres años. Unidad de Inteligencia Corporativa. —enumeró Ana de forma calculada—. Y lo de Praga.

John no respondió. No porque no pudiera. Sino porque entendió, en ese instante, que cualquier respuesta habría confirmado exactamente lo que ella ya sabía.

—Tu compañero no murió por un fallo operacional —continuó ella con la misma voz de siempre—. Y lo que hiciste después no figura en ningún protocolo.

El silencio cayó de nuevo.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde antes de que llegaras a Zúrich.

John sostuvo su mirada.

—¿Y bien?

Ana se giró hacia él por fin. Lo miró con esa atención suya que no calibraba sino que diseccionaba.

—Nada. —Hizo una pausa breve—. Solo quería que supieras que sé quién es John Keller. El real. No el que aparece en los registros.

Otro silencio. Más corto esta vez.

—Hay algo más —dijo ella.

—Dilo.

Recorrió el esquema en la pared con la mirada, deteniéndose un instante en el nombre de Carter.

—El informe que le enviaste esta mañana. Estaba incompleto.

John no dijo nada.

—Encontraste cosas que tu cliente no sabe todavía. Me pregunto por qué.

No esperó una respuesta. No la necesitaba. Ambos sabían que entre ellos existía algo que ya no requería palabras.

Ella lo miró durante un largo instante, con los ojos brillando de una forma implacable.

Esto ya no era un pulso entre dos mentes acostumbradas a ir siempre un paso por delante; era algo corporal, sensorial, inevitable.

Luego, él dio un paso hacia ella.