Ana Bale Capítulo 17 Sucesos convenientes
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Capítulo 17 Sucesos convenientes

Mecier conducía con la libreta en el asiento del copiloto y la dirección de Vossler en la cabeza.

No había llamado antes de salir. Las visitas sin previo aviso tenían una ventaja: el factor sorpresa.

No daban tiempo a preparar respuestas, ocultar pruebas o construir una versión conveniente de los hechos.

Era una lección que había aprendido hacía muchos años y que seguía aplicando siempre que podía.

El teléfono sonó cuando apenas le faltaban tres calles para llegar a la casa del doctor.

Era Vogel.

—Inspector. Tenemos algo. De hecho, dos cosas.

—Adelante.

—La primera: la universidad confirmó la identidad de E. Bale. El número de registro corresponde a Ana Bale.

—¿Qué significa?

—Que la señora Bale utilizó el nombre de Emilia Bale durante su participación en el proyecto HN-07. Emilia era el nombre de su hermana, fallecida años antes.

Mecier guardó silencio.

Lo había sospechado desde que Vogel cotejó los primeros datos. Pero sospechar y confirmar eran dos cosas muy distintas.

E. Bale no era otra persona.

Era Ana.

La misma mujer a la que había interrogado, cuya serenidad y precisión le habían resultado casi inquietantes.

—Hay más —continuó Vogel—. La señora Bale participó en el proyecto como investigadora adjunta y también como sujeto.

Aquello confirmaba la participación de Ana en el proyecto que precedió a Apathos.

También sugería que había desempeñado un papel mucho más importante de lo que su cargo hacía pensar: había contribuido a desarrollar el experimento y, además, se había sometido a él.

Eso no era una trayectoria académica. Era algo mucho más difícil de clasificar.

—¿Y la segunda cosa? —preguntó el inspector.

—La autorización judicial llegó hace media hora. Tenemos la lista de los doce sujetos y todo lo relacionado con el proyecto HN-07.

Mecier frenó suavemente en un semáforo.

—¿Quién los identificó?

—La comisión regulatoria europea. Los registros estaban sellados, pero la orden judicial fue suficiente. Doce nombres. Edades entre dieciocho y treinta años en el momento del programa. Todos con historial de pérdida traumática documentada.

—¿Hay algo que los conecte con el caso?

Hubo una breve pausa al otro lado de la línea.

—Sí. Cruzamos la lista con los registros laborales actuales y dos de los sujetos figuran como empleados de Neuroaxis AG.

El semáforo cambió a verde. Mecier no arrancó de inmediato.

Ya conocía uno de los nombres. Aun así, preguntó:

—Dígame los nombres y sus cargos.

—Ana Bale. Directora científica. Nueve años en la compañía. Sebastian Frei. Técnico de operaciones. Cuatro años en la compañía.

El coche que estaba detrás pitó suavemente. Mecier arrancó.

—Quiero que investigue ese nombre. Necesito su historial completo. Lo que hizo antes de Apathos y lo que ha hecho hasta ahora.

—Entendido.

Colgó.

Aparcó frente al edificio de Vossler unos minutos después.

Había dos coches patrulla en la calle. Una ambulancia. La cinta policial aún estaba siendo instalada. Bajó del vehículo y, antes siquiera de hablar con los agentes, supo que había llegado tarde.

Uno de los agentes uniformados se acercó.

—Inspector Mecier. No sabíamos que estaba en camino.

—Tampoco yo esperaba encontrarme con esto. —Señaló el edificio—. ¿Qué tenemos?

—Varón. Sesenta años aproximadamente. Encontrado en su apartamento, tercer piso. Aparente paro cardíaco.

—¿Quién más ha estado dentro?

—Los paramédicos. Dos agentes. El técnico de criminalística acaba de llegar.

Se puso los guantes antes de entrar.

Apartamento de Heinrich Vossler — 6:28 p.m.

En la entrada del apartamento, el agente que lo acompañaba señaló la cerradura.

—Encontramos la puerta ligeramente abierta. Si observa de cerca, verá una pequeña marca junto a la cerradura.

Mecier se inclinó apenas unos centímetros.

—¿Y las cámaras de seguridad?

—Inhabilitadas en un radio de tres manzanas.

No dijo nada.

Una vez dentro del apartamento, lo primero que hizo fue observar en silencio. Sabía que el cuerpo del doctor se encontraba en el estudio. Aun así, antes de dirigirse allí, recorrió la sala de estar, la cocina y las habitaciones.

Todo parecía en orden.

—Ya revisamos. No hay indicios de violencia en ninguna parte —comentó el agente.

Entonces se dirigieron al estudio.

Vossler seguía sentado en el sillón. Los paramédicos habían confirmado el fallecimiento y esperaban instrucciones para proceder. Mecier les pidió que aguardaran un poco más.

Examinó el cuerpo en silencio. La expresión era neutra, sin rastro de dolor ni de sorpresa. La postura, en otras circunstancias, habría pasado por la de alguien que se había quedado dormido leyendo.

—¿Quién dio aviso a emergencias?

—Un desconocido.

—¿Tenemos registro de la llamada?

—Negativo. Creemos que llamó desde una cabina pública. Probablemente desde una de las que hay por esta zona.

Mecier se apartó del cuerpo y recorrió el estudio con la mirada.

El registro era invisible para quien no supiera dónde mirar.

No había desorden aparente. Ningún cajón volcado.

Ningún objeto roto. Solo pequeños detalles: los libros de la estantería, ligeramente desalineados; el tapete del escritorio, desplazado unos centímetros de su posición habitual; el cuadro de la pared izquierda, apenas inclinado.

Para el inspector, la pregunta no era si alguien había estado allí antes de que llegara la policía. La pregunta era qué había ido a buscar.

Se acercó a la pared del fondo. Había dos portarretratos. En el primero, un Vossler más joven aparecía junto a un grupo de investigadores en un laboratorio. En el segundo, posaba con una mujer joven. Cabello oscuro. Postura recta.

Se detuvo.

Observó la fotografía con más atención. Estudió el rostro de la mujer durante unos segundos. Luego tomó el portarretratos con cuidado, lo sostuvo entre las manos y, finalmente, lo giró.

En la parte posterior, había una pequeña franja de cinta adhesiva. Sin nada debajo. Solo la marca que deja algo que ha estado pegado durante mucho tiempo y que alguien retiró hace poco.

Volvió a colgar el portarretratos. Se quedó mirando la fotografía.

La mujer joven junto a Vossler tenía algo familiar que no logró ubicar de inmediato. El ángulo de la foto no era suficientemente claro. Sacó el móvil y fotografió la imagen.

6:51 p.m.

El técnico de criminalística trabajaba en el escritorio cuando Mecier salió al pasillo a llamar a Vogel.

—Necesito que compares una fotografía con el registro de Ana Bale.

—¿Ahora mismo?

—Ahora mismo.

Envió la imagen. Esperó.

—Concordancia alta, inspector. La estructura facial es consistente. Es ella, más joven, pero es ella.

Guardó el teléfono.

Vossler y Ana Bale en la misma fotografía.

El mismo hombre que había dirigido el proyecto HN-07 en el que ella había participado como investigadora y como sujeto.

No era la relación entre un director de proyecto y una simple investigadora adjunta.

Era algo más largo. Más complejo. El tipo de vínculo que deja fotografías enmarcadas en paredes.

Volvió al estudio.

El técnico levantó la vista.

—Inspector. El ordenador fue utilizado en las últimas horas. Alguien lo encendió, permaneció activo aproximadamente veinte minutos y después lo apagó. No hay registro de lo que consultó. El historial fue eliminado.

Mecier guardó silencio.

El ordenador. Las cámaras de seguridad. La cerradura forzada con precisión. El estudio registrado sin dejar un solo rastro evidente.

Todo apuntaba a lo mismo.

Método.