Capítulo 16 Mesa de negociación
Ana llegó con cinco minutos de antelación.
No porque tuviera prisa. Sino porque llegar antes que Carter le permitía elegir su posición en la mesa. Era un detalle que la mayoría habría considerado irrelevante. Ella sin embargo, nunca consideraba irrelevante ningún detalle.
Se sentó en el extremo opuesto a la cabecera. No en la cabecera; eso habría sido demasiado obvio. El extremo opuesto era más interesante: le daba perspectiva y obligaba a quien presidiera la reunión a mirarla directamente durante toda la conversación, sin poder evitarlo.
Carter entró a las cinco en punto. Lo acompañaban dos asesores. Los directivos de Neuroaxis ya estaban en la mesa. No hubo calidez en el saludo. Ninguno necesitaba fingir que aquella era una reunión ordinaria.
Carter tomó asiento en la cabecera y dejó una carpeta sobre la mesa.
—Doctora Bale. Gracias por reunirse con nosotros con tan poco tiempo de aviso.
—Siempre tengo tiempo para usted —respondió Ana. Sin ironía visible. Sin calidez tampoco.
Carter abrió la carpeta.
—Hemos recibido información sobre los efectos secundarios de Apathos. Información que, según entendemos, estaba disponible internamente y que no fue comunicada a VHK Capital.
Los hombros de Ana se tensaron apenas un instante antes de recuperar su habitual postura controlada.
—Los efectos secundarios que figuran en los informes de seguimiento a seis meses fueron entregados al equipo regulatorio y a todos los aquí presentes en la última junta.
—Esos datos difieren sustancialmente de la información que tenemos ahora —respondió Carter.
—La junta recibió los datos clínicos relevantes para la fase de aprobación. Los datos de seguimiento a largo plazo forman parte de un protocolo separado.
Uno de los asesores se inclinó hacia adelante.
—La evidencia que tenemos indica que el treinta y dos por ciento de los sujetos tratados presenta dificultades persistentes para establecer nuevos vínculos afectivos. No se trata de un dato menor. Es una alteración estructural.
—Es una consecuencia documentada y gestionable —respondió Ana—.
Comparable en magnitud a los efectos secundarios de primera generación de cualquier fármaco de referencia.
El ibuprofeno daña el estómago. Los antidepresivos reducen la libido.
Apathos no es diferente por su naturaleza, sino por el tipo de efecto que produce.
—La diferencia —dijo Carter, con un tono que había bajado medio grado— es que esos efectos no formaban parte de la evaluación de riesgos cuando aprobamos la inversión.
Ana sostuvo su mirada durante un segundo.
—Tiene razón. —Lo dijo con la misma calma con que habría dicho cualquier otra cosa—. No estaban. Y entiendo que eso genera una conversación incómoda sobre la gestión de la información. —Hizo una pausa—. Sin embargo, creo que hay otro documento que debería estar sobre esta mesa.
Le hizo una seña a su secretaria, y esta entregó una carpeta a Carter y otra a cada uno de sus asesores.
Carter la tomó. La recorrió con la vista, hoja por hoja. Su expresión no cambió, pero algo en la tensión de su mandíbula sí.
—¿Qué es esto? —preguntó, más por reflejo que por otra cosa, pues ya sabía de qué se trataba.
—Contratos de distribución firmados en las últimas cuarenta y ocho horas. Tres mercados: Alemania, Francia y Países Bajos. Distribución exclusiva por cinco años. Valor combinado: doscientos veinte millones de euros.
Silencio.
Entonces el director financiero tomó la palabra.
—Dado el volumen de las ventas, recuperaremos la inversión inicial este mismo año. Además, para el próximo ejercicio estimamos una rentabilidad del cuarenta y cinco por ciento, lo que nos sitúa por encima de la media de la industria.
—¿Cómo es posible que esto se haya firmado sin aprobación del consejo? —preguntó Carter.
—La autorización para negociaciones de distribución en fase de lanzamiento figura en el contrato de gestión ejecutiva. —respondió Ana—. El mismo que VHK Capital aprobó hace dieciocho meses.
Carter guardó silencio.
—Como verá, mi trabajo no consiste solo en desarrollar el proyecto, sino también en proteger los intereses de los inversionistas, incluidos los de VHK Capital por su puesto.
Uno de los asesores de Carter estuvo a punto de responder, pero este lo calló con un gesto sutil.
—Somos conscientes de que eso no resuelve el problema de los efectos secundarios —continuó Ana—.
Pero, dado el contexto, estamos obligados a mejorar sobre la marcha.
Como dije antes, tenemos contratos firmados, distribuidores con compromisos legales y una ventana regulatoria abierta.
Retirar el producto ahora, o frenar su distribución por un asunto que ya está siendo gestionado, no solo pondría en riesgo la inversión de VHK.
También supondría la pérdida de contratos sujetos a cláusulas de penalización muy onerosas.
El director financiero intervino de nuevo:
—Una retirada anticipada del fármaco nos costaría ochenta y siete millones.
El asesor que había hablado antes no dijo nada. Carter tampoco.
—Lo que propongo —continuó Ana— es un protocolo de seguimiento ampliado. Publicaremos los datos sobre los efectos secundarios de forma proactiva, en un informe técnico, antes de que alguien lo haga por nosotros.
Miró a todos los presentes antes de continuar:
—Al mismo tiempo, anunciaremos una versión mejorada del compuesto, ya en fase de desarrollo, con un perfil de efectos secundarios corregido. De ese modo, un problema reputacional se convierte en una narrativa de transparencia y mejora continua.
Nadie respondió de inmediato.
Ana miró a Carter directamente. Sabía que acababa de dar un golpe de autoridad.
—¿Puede resolverse el problema de los efectos secundarios? —preguntó éste finalmente.
—Ya está siendo resuelto. —Sus ojos no se apartaron de los de él.
Carter cerró la carpeta.
Miró a sus asesores. Luego a los directivos de Neuroaxis. Finalmente, volvió la vista hacia Ana con la expresión de alguien que acababa de perder una partida que creía haber ganado antes de empezar.
—Necesitamos verlo por escrito. El protocolo de seguimiento ampliado y el calendario de desarrollo de la versión mejorada.
—Lo tendrá la próxima semana.
Dando por terminada su participación en la reunión, Ana recogió la carpeta que había llevado y se puso de pie.
Caminó hacia la puerta con el mismo paso de siempre.
En el umbral, Carter habló.
—Doctora Bale. El inspector Mecier ha estado haciendo preguntas.
Ana se detuvo. No se giró de inmediato.
—Lo sé —dijo sin alterar el tono.
—¿Debería preocuparnos?
Esta vez sí se giró. Lo miró durante un instante.
—No hay de qué preocuparse.
Sonrió apenas y cerró la puerta, dejando a Carter y a los demás presentes en la sala de juntas.
6:48 p.m.
Pasó el resto de la noche en su oficina, programando nuevas rondas de negociaciones, atendiendo llamadas y haciendo seguimiento a los nuevos ensayos. Lo habitual desde que el fármaco había salido al mercado.
Pero, bajo aquella superficie, algo seguía su curso en paralelo.
Pensó en la carpeta de Rüegg. La pregunta de quién la había dejado en su casa y por qué ese momento coincidía con la visita del inspector Mecier seguía rondándole la cabeza.
Se levantó de su asiento y fue hasta el ventanal. Afuera, la noche era fría y oscura. Miró pensativa el reflejo de las luces sobre las aguas del lago.
Volvió al momento exacto de la reunión en que Carter la había confrontado con los nuevos datos.
Los reales. Sabía que John estaba detrás de aquella filtración.
Sin embargo, no sintió enfado. Esta vez fue algo mucho más ambiguo.
Una sensación difícil de clasificar para alguien como ella, que siempre había vivido del lado racional de la ecuación y nunca del emocional.
Sin darse cuenta, pasó lentamente la yema de los dedos por sus labios.
El espacio del despacho pareció contraerse.
Sintió otra vez la presión de las manos de John cerrándose en su cintura, anclándola hacia él, hundiéndose en sus nalgas con una posesividad que la dejaba sin aire.
Recordó su aliento, denso y cálido, suspendido a un milímetro de su cuello.
El recuerdo fue tan físico que la punta de sus pezones se tensó bajo la seda de la blusa.
Abajo, en la pelvis, el eco vívido de su miembro palpitando contra su vientre la devolvió a ese estado de indefensión que solo él lograba provocarle.
Sacudió un poco la cabeza, como si le estuviera reprochando a su propio cuerpo aquella debilidad. Fue hasta la pequeña licorera que había en su despacho, se sirvió un trago y lo bebió de golpe.
Luego volvió al trabajo.
A las doce y cuarenta y cinco recogió sus cosas y salió hacia el aparcamiento.
12:52 a.m.
El aparcamiento subterráneo de Neuroaxis tenía cuatro niveles. El acceso reservado para los directivos estaba en el tercero, lo suficientemente alejado de las zonas comunes para garantizar privacidad. Ana siempre lo había considerado una ventaja. Hasta esta noche.
Salió del ascensor y caminó hacia su vehículo.
El nivel estaba casi vacío a esa hora. Tres coches aparcados, iluminación fría. El eco de sus propios zapatos era lo único que se escuchaba. Todo normal. Todo exactamente como siempre.
Y sin embargo…
Se detuvo a mitad del trayecto.
No había ningún estímulo concreto que justificara esa parada. Ningún ruido, ningún movimiento, ninguna sombra fuera de lugar. Solo una certeza que no era miedo; era la creciente sensación de estar siendo observada.
Continuó caminando. Mismo paso. Sin acelerar.
Llegó al coche. Abrió con el mando a distancia. Antes de entrar, utilizó el reflejo de la luna trasera para observar el nivel completo a sus espaldas.
Una franja oscura de hormigón, columnas, sombras geométricas y el parpadeo lento de una de las luces de emergencia que llevaba un par de días sin ser reparada.
Aparte de eso, no había nada más.
Entró al coche y arrancó.
Mientras subía por la rampa hacia la salida, sus ojos se movieron al retrovisor.
Un coche oscuro encendió los faros en el nivel inferior. Sin apresuramiento. Con la naturalidad de alguien que simplemente también estaba saliendo.
Quizás.
1:04 a.m.
Tomó la ruta habitual durante los primeros minutos del recorrido.
Miró el retrovisor de nuevo.
El coche oscuro seguía detrás. A una distancia disimulada, pero seguía ahí.
Hizo un giro a la derecha, alejándose de su trayecto habitual. Era una desviación sin sentido práctico, que solo tendría lógica para alguien que buscara verificar una sospecha.
El coche oscuro giró también.
Ana no aceleró. Mantuvo la velocidad exacta del tráfico. Siguió con la vista al frente, alternando los dos espejos laterales y el retrovisor; un hábito de años que nunca había necesitado usar y que esta noche se activó sin que tuviera que pensarlo.
La luz roja del semáforo la obligó a detenerse. Dos vehículos la separaban del coche negro. Mientras la luz cambiaba, memorizó la placa.
Cuando la luz pasó del rojo al verde, aceleró a fondo y giró a la izquierda en una calle secundaria. Luego hizo otro giro a la izquierda. Y uno más, describiendo un triángulo que no llevaba a ningún sitio concreto.
El coche negro completó las tres curvas también. No había lugar a dudas: la estaban siguiendo.
Ana lo procesó en silencio.
No era el inspector; él no necesitaba seguirla en coche, pues tenía los medios oficiales para llamarla a declarar cuando quisiera. Tampoco era Carter, quien disponía de otras formas de presionarla. No era nadie que actuara dentro de los canales que ella conocía.
Lo cual reducía considerablemente las opciones.
¿Se trataba de la misma persona que había dejado la carpeta de Rüegg en su casa?
Aceleró nuevamente, esta vez a fondo, cambiando de carril de forma violenta. Los coches de los lados se apartaron de golpe entre bocinazos, lo que tomó por sorpresa al conductor del coche negro.
Con la pequeña ventaja que aquello supuso, entró en un aparcamiento público, bajó dos niveles a toda velocidad y apagó el motor.
Esperó.
Dos minutos. Cinco. Siete…
Nada.
El coche oscuro no entró.
Aliviada, encendió el motor de nuevo. El sonido del arranque rompió bruscamente el silencio del sótano, generándole un pico de ansiedad. Aceleró sin mirar atrás y salió por la rampa contraria. Condujo durante diez minutos por un laberinto de calles secundarias que conocía de memoria.
Miró el retrovisor una última vez. El camino a sus espaldas estaba desierto. Ya nadie la seguía.
Fue entonces cuando el cielo se rompió de golpe. Una lluvia densa y furiosa cayó sobre el parabrisas, borrando la iluminación urbana y reduciendo la visibilidad a un manto de sombras parpadeantes. Apretó el volante con fuerza y puso rumbo hacia el distrito financiero de la ciudad.
Hacia un lugar donde quizá la aguardaban secretos peligrosos.