Capítulo 15 Lo que no se ve
El borrador del informe para Carter llevaba una hora congelado en la pantalla de la portátil.
No porque fuera difícil de escribir. Sino porque John había tenido que decidir, antes de escribir una sola línea, qué era exactamente lo que estaba entregando y qué era lo que estaba reteniendo. Esa distinción, en su trabajo, solía ser puramente técnica.
Esta vez no lo era.
Escribió despacio.
El informe documentaba lo que cualquier analista competente habría encontrado con suficiente tiempo y acceso: los efectos secundarios reales de Apathos, esos que nadie había presentado ante la junta.
Los reales. Carter tenía en mente una cifra, pero lo que John estaba a punto de enviarle distaba mucho de eso.
Era indudable que el fármaco cumplía su función. Reducir el apego disfuncional. Pero también atrofiaba la capacidad de generar vínculo afectivo en los sujetos tratados. Este era el tipo de efecto secundario que podría sacar al producto del mercado, afectando los intereses de los inversores.
Decidió que compartir ese hallazgo justificaba sus honorarios. Carter lo necesitaba. VHK Capital tenía una inversión enorme en juego y ese dato cambiaría el cálculo regulatorio completamente. Era información legítima, relevante, exactamente el tipo de cosa para la que lo habían contratado.
Sin embargo, aquello era solo la parte técnica.
Todo lo relacionado con Ana, y el torbellino que giraba en torno a ella, no lo iba a compartir.
No todavía. Sabía que, en el momento en que entregara esa información, el trabajo se daría por terminado y, con él, se desvanecería su oportunidad de estar cerca de ella.
En su archivo personal, el informe completo incluía detalles que Carter ignoraba:
La fase cero del proyecto.
El rol de Ana como investigadora adjunta.
El verdadero alcance del programa HN-07.
La implicación de la Fundación Vetter-Haas.
Volvió a centrarse en el archivo anexo.
Lo leyó una última vez antes de enviarlo. Era un informe completo, honesto en todo lo que decía y, sobre todo, cuidadosamente incompleto en todo lo que callaba. Era la primera vez en quince años que entregaba un informe con omisiones deliberadas.
Lo envió sin darle más vueltas.
Cerró la portátil, se puso de pie y caminó hacia el ventanal de la suite. Abajo, Zúrich se extendía como siempre: hermosa, un poco gris, quirúrgicamente ordenada. Un contraste gélido para el fuego que le quemaba por dentro.
Pensó en Ana, en la forma en que lo había mirado mientras se recogía el cabello con esa lentitud deliberada.
Recordó cómo sus labios entreabiertos no habían necesitado pronunciar una sola palabra para hacerle una invitación explícita.
Su mente revivió la escena frente al ventanal.
Casi pudo sentir de nuevo sus manos aferrándose a la calidez de sus caderas, anclándola hacia él.
Se le llenó la memoria con el aroma embriagante de su piel, la suavidad de su espalda baja y la curva perfecta y tentadora de sus nalgas cediendo ante su tacto.
En ese momento, la intensidad del recuerdo se volvió tan física que sintió cómo su miembro se endurecía dentro del pantalón.
Cerró los ojos, atrapado por la frustración de no tenerla allí mismo.
Era plenamente consciente de que las líneas entre lo profesional y lo personal no solo empezaban a desdibujarse; se estaban quebrando.
Luego, sacudió levemente la cabeza, intentando aclarar sus ideas y recuperar el control.
Su mente analítica volvió al momento exacto en que el rostro de Ana se había ensombrecido tras consultar el móvil.
Rememoró la forma en que le había pedido que se marchara, con esa frialdad repentina que no era la de siempre.
Pensó en Vossler y en lo que quería entregarle. Había decidido visitarlo esa tarde.
Volvió al trabajo. Comenzó a estructurar todo lo que tenía hasta el momento; había llegado la hora de mirar todas las piezas en perspectiva.
Abrió la carpeta de archivos encriptados:
Fundación Vetter-Haas
Programa Hochnebel
Fase cero del proyecto Apathos
Heinrich Vossler Reiter
Ana Bale
Matthias Rüegg
Se detuvo en este último nombre. Sintió que había desviado un poco la mirada de un asunto nada menor. La muerte del señor Rüegg era demasiado conveniente.
Tomó nota: ¿Realmente fue suicidio?
Repiqueteó los dedos sobre el escritorio mientras decidía cómo avanzar por esa línea. Era consciente de que aquello no formaba parte de su encargo original, pero ahora estaba más involucrado de lo que quisiera.
Agarró el móvil y envió un mensaje de texto a su contacto en Berlín:
«Conseguir informe de autopsia de Matthias Rüegg. Ejecutivo de Neuroaxis».
Residencia de Heinrich Vossler — 5:40 p.m.
El edificio databa de la Belle Époque. Tenía una fachada simétrica de piedra caliza y ventanas esbeltas con molduras severas; el tipo de arquitectura que en Zúrich delataba fortuna o, al menos, los años necesarios para simularla. El portal lucía un interfono de bronce pulido que John ignoró.
La puerta principal estaba entreabierta.
No de par en par. Solo unos centímetros. Lo suficiente para que quien pasara por la calle no lo notara. Pero lo suficiente para que alguien como él sí lo hiciera.
Se detuvo en el umbral. Trató de escuchar al otro lado.
Silencio.
Empujó la puerta despacio con el dorso de la mano y entró.
El portal olía a madera vieja y a calefacción.
Una escalera de mármol subía hacia los pisos superiores.
A la derecha, un ascensor pequeño con la puerta de rejilla metálica; en el lado opuesto, el buzón donde figuraban los nombres de los residentes.
Se aseguró de que el nombre del doctor Vossler estuviera ahí.
Subió por la escalera.
La puerta del apartamento también estaba entreabierta. Esta vez, más que la del portal.
Se detuvo en seco.
Antes de entrar dirigió su mirada al marco, notó una pequeña marca junto a la cerradura. No había señal de forzamiento. Había sido algo más preciso. Sin duda el trabajo de profesionales.
No le gustó lo que aquello sugería.
Entró.
En la sala de estar, todo estaba en orden. El sofá, las sillas, los cuadros... todo se encontraba justo donde debería estar.
Fue a la cocina. Nada. Todo en orden.
Después fue a las habitaciones: la principal y la de huéspedes. Mismo resultado. Solo quedaba una estancia más, una con vistas a la ciudad. Seguramente se trataba del estudio.
Antes de poner la mano en el pomo, se puso los guantes y luego abrió con cuidado. Como si supiera lo que iba a encontrar del otro lado.
Al fondo, detrás de su escritorio, estaba el doctor. Sentado en el sillón.
La postura podría haber pasado por la de alguien dormido si no fuera por el ángulo de la cabeza, el color de la piel y ese silencio específico que tienen los espacios donde hay un muerto. Un silencio distinto al vacío ordinario; más denso, más definitivo.
No se acercó de inmediato. Se quedó en el umbral y recorrió el espacio con la mirada.
El estudio había sido registrado. No de forma caótica; no había cajones volcados ni objetos tirados.
Sin embargo, los libros de la estantería estaban ligeramente desalineados respecto al polvo acumulado; el tapete del escritorio, movido un par de centímetros de su marca original; el cuadro en la pared, apenas inclinado hacia la izquierda.
Todos eran pequeños detalles que un ojo sin entrenamiento pasaría por alto.
Quien había estado allí o no había encontrado lo que buscaba, o lo había encontrado y se había marchado. Solo había una forma de comprobarlo.
Recorrió la estancia con cuidado, sin tocar más de lo necesario, construyendo el mapa de lo que había sido revisado y lo que no.
Las carpetas del archivador habían sido revisadas; podía verlo en la forma en que habían sido recolocadas, todas ligeramente más hacia la derecha de lo que habrían estado si alguien las hubiera usado con regularidad.
El ordenador estaba apagado. La pantalla tenía huellas de dedos con guante, lo cual significaba que quien estuvo antes también los llevaba.
Revisó el escritorio y los cajones. Nada de interés visible.
Luego se detuvo.
En la pared del fondo había dos portarretratos. Eran fotografías dispuestas con deliberada simetría para que pudieran ser observadas de forma continua desde el escritorio; aquello delataba la conducta de alguien que llevaba años mirándolas.
En la primera imagen, se apreciaba a un Vossler más joven junto a un grupo de personas en un entorno de laboratorio. En la segunda, solo aparecía una pareja. Vossler y, pegada a él, una hermosa mujer de veintitantos años. Cabello oscuro. Postura relajada. Sonrisa leve.
John la reconoció al instante.
No era la Ana Bale que había conocido en Neuroaxis. Era una versión anterior. Más joven, sin la armadura completamente construida todavía, pero era ella. Inconfundiblemente ella.
Tomó el portarretratos con cuidado. En la parte posterior del marco, sujeta con cinta adhesiva, había una memoria USB. Pequeña. Negra. Sin etiqueta.
La sostuvo un momento.
No la encontraron porque no buscaron detrás de lo que ya conocían. Solo registraron lo que les parecía relevante, y la fotografía de una mujer joven junto a un viejo científico no lo era.
Guardó la USB en el bolsillo interior del abrigo.
Volvió a poner el portarretratos exactamente como estaba.
Se detuvo frente al cuerpo de Vossler.
Observó su expresión neutra: ni dolor ni sorpresa. El tipo de muerte que llega sin que el cuerpo tenga tiempo de registrarla.
Quien lo había hecho sabía exactamente cómo hacer que aquello pareciera otra cosa. Había registrado el estudio con suficiente cuidado para no dejar rastros visibles y se había marchado sin que nadie lo advirtiera.
No tenía pruebas sobre las causas de la muerte, pero ya había visto ese patrón antes.
Salió del apartamento.
Una vez en la calle, recorrió el entorno con la mirada hasta que encontró lo que buscaba: una cabina telefónica en la esquina, a treinta metros de su posición.
Las cabinas telefónicas eran una especie casi extinta en Zúrich. Pero quedaban algunas en los barrios más antiguos, mantenidas por una combinación de nostalgia municipal y utilidad ocasional.
Entró y marcó el número de emergencias.
Dio la dirección. Dijo que había encontrado a un hombre sin signos vitales en el cuarto piso. Colgó antes de que le hicieran más preguntas.
Salió de la cabina. Caminó en dirección contraria al edificio sin apresurarse. La tarde era fría y gris. La oscuridad que llega en invierno ya empezaba a instalarse sobre las calles.
A dos manzanas, se detuvo.
Sacó el móvil.
Tenía un mensaje de Carter. Breve, como siempre.
Informe recibido. Necesitamos hablar.
Lo leyó sin responder.
Luego abrió el contacto de Ana. El cursor parpadeó sobre el campo de mensaje durante unos segundos.
Lo cerró sin escribir nada.
Primero necesitaba entender qué significaba todo lo que acababa de descubrir y, sobre todo, decidir qué haría con esa información.
Tomó un taxi rumbo al hotel.
Vossler había querido entregarle algo. Lo había escondido detrás de la única fotografía que nadie que no lo conociera habría mirado dos veces.
Detrás de ella.