Capítulo 14 La huella del compuesto
El informe de Müller llevaba tres días sobre la mesa del inspector Mecier.
No porque lo hubiera ignorado; todo lo contrario.
Lo había examinado varias veces, y en cada lectura siempre encontraba algo diferente, un detalle que antes se le había escapado.
Esta mañana, sin embargo, sus ojos se detuvieron en una sola línea.
Una única frase que, a su juicio, le dejaba un rastro a seguir.
La frase que había subrayado con tinta roja decía:
«La estructura molecular del compuesto actúa sobre los circuitos de respuesta emocional».
No era un sedante. No era un ansiolítico. No era nada que se comprara, se prescribiera ni se fabricara en ningún laboratorio convencional. Era algo diseñado para que una persona dejara de percibir el peligro como peligro.
Mecier había pasado dos días consultando con tres especialistas distintos en farmacología.
Los tres habían llegado a la misma conclusión: ese compuesto requería conocimiento muy específico de neurociencia aplicada, equipamiento de síntesis de alto nivel y acceso a investigación que no circulaba en canales públicos.
No era el trabajo de cualquier químico. Era el trabajo de alguien que entendía el cerebro humano como un mecanismo y sabía exactamente qué palanca tocar.
Eso reducía el campo considerablemente.
Sala de análisis — 10:15 a.m.
Vogel había pasado la mañana cruzando bases de datos de investigación farmacológica con registros de empresas activas en el sector de neurociencia en Suiza y los países limítrofes.
El criterio era simple: instituciones con capacidad de síntesis privada, líneas de investigación en modulación emocional, personal con formación en neurofarmacología de alto nivel.
La lista inicial tenía diecinueve entradas.
Después de filtrar por tamaño, por acceso a los equipos necesarios y por proximidad geográfica al caso, quedaban cuatro.
Neuroaxis AG encabezaba la lista.
Mecier la miró durante un momento sin sorpresa. Era la respuesta que había estado esperando desde que Müller le entregó el informe. Pero esperarla no la hacía menos significativa.
—¿Hay algo que vincule directamente a Neuroaxis con este tipo de síntesis? —preguntó.
—Indirectamente, sí —respondió Vogel mientras ampliaba un gráfico en la pantalla—. Su línea de investigación principal es la modulación farmacológica del procesamiento afectivo. El compuesto encontrado en el cuerpo de Rüegg actúa exactamente sobre ese sistema. No es prueba, pero es coherencia.
—¿Personal con acceso a síntesis de este nivel?
—Varios. Pero hay uno que destaca. —Vogel abrió otro archivo—. La directora científica. Formación en neurofarmacología y neurociencia aplicada. Publicaciones recientes en modulación emocional. Y algo más.
Mecier se inclinó hacia la pantalla.
—Ana Bale…
—Su trayectoria anterior a Neuroaxis es un absoluto agujero negro —explicó Vogel, ajustándose las gafas—. Hace nueve años apareció en los registros de la compañía como si hubiera surgido de la nada. Antes de eso, no hay nada.
Mecier anotó en la libreta.
A. Bale. Sin huella pública antes de Neuroaxis.
—Quiero que investigues todo antes de esos nueve años —ordenó el inspector—. Cualquier cosa: formación académica, registros familiares, antecedentes. Lo que sea.
2:37 p.m.
Vogel lo llamó a las dos y media.
—Encontré algo.
Mecier fue a la sala de análisis.
En la pantalla había un documento escaneado. Un programa de conferencia académica de hacía doce años. Universidad de Basilea. Jornadas de neurociencia cognitiva aplicada.
En la lista de participantes, enterrado entre nombres de investigadores consolidados, había uno que no correspondía al perfil del resto.
Participante: Bale, E.
Ponencia: Modulación farmacológica del duelo patológico.
Programa académico: neurofarmacología.
Institución: Universidad de Basilea.
—¿Quién es E. Bale? —preguntó Mecier.
—No lo sabemos aún, pero creemos que está relacionada con Ana Bale.
—¿Qué la llevó a esa conclusión?
—El número de identificación corresponde a Ana Bale. No sabemos todavía por qué aparece como «E. Bale».
Hubo un breve silencio.
—Enviemos a alguien a la universidad inmediato —ordenó. Quiero su expediente académico completo, las calificaciones de la facultad y los proyectos de laboratorio en los que participó. Todo. Averigüemos de una vez por todas quién es.
—Sí señor. Nos pondremos en ello de inmediato.
—¿Algo más?
—Sí —respondió Vogel, mientras ampliaba otra sección de la pantalla—. Esto es de hace nueve años.
Lo que apareció en el monitor era un extracto del registro de solicitudes de autorización ética para investigación clínica con seres humanos, perteneciente a la base de datos de un comité europeo. Una entrada breve, sin muchos detalles.
Proyecto HN-07.
Director: Doctor H. Vossler.
E. Bale —Investigadora adjunta.
Código institucional: CH-4417.
Sujetos aprobados: 12.
Criterio de selección: historial documentado de trauma vincular severo.
Resultados obtenidos: Sin datos.
Clausura anticipada: irregularidades en protocolo de consentimiento informado.
Mecier leyó la ficha dos veces.
Doce sujetos. Seleccionados por padecer traumas vinculares severos. Un proyecto cancelado de forma anticipada por violar los protocolos éticos de consentimiento y un historial médico que se desvanecía sin arrojar resultados aparentes.
—Contacte a la Agencia Europea de Medicamentos o a quien haga las veces de regulador en este tipo de programas —ordenó el inspector. Quiero el expediente completo del proyecto HN-07.
—Sí, señor.
—Una última cosa, Vogel… —añadió Mecier, entornando los ojos hacia la pantalla—. ¿Quién es ese tal doctor H. Vossler?
—Heinrich Vossler Reiter. Neurocientífico, actualmente retirado —respondió Vogel, mientras sus dedos golpeaban el teclado durante unos segundos—. Tiene una dirección residencial registrada aquí mismo, en Zúrich.
Mecier anotó el nombre completo y la dirección en su libreta con trazos rápidos. Decidió que iría a visitarlo en breve.
El doctor Vossler había dirigido el proyecto.
E. Bale —nuevo sujeto de interés— había participado como investigadora adjunta.
Si el experimento HN-07 guardaba alguna relación con la huella molecular hallada en el cadáver de Rüegg, Vossler tendría las respuestas.
Por ahora no existía conexión evidente, pero Mecier tenía un presentimiento, era algo que había desarrollado después de muchos años en el oficio.
No era suficiente para actuar. Pero sí para seguir.
4:52 p.m.
De vuelta en su despacho, Mecier abrió la libreta por la página donde había anotado las dos columnas una semana atrás.
Añadió una tercera columna.
LO QUE EMPIEZA A TOMAR FORMA
— Compuesto en sangre de Rüegg: síntesis privada, neurociencia aplicada
— Neuroaxis: capacidad técnica confirmada
— A. Bale: trayectoria confirmada hasta hace nueve años
— Proyecto HN-07: clausurado por irregularidades en consentimientos
— 12 sujetos: trauma vincular severo, identidades no públicas
— Doctor H. Vossler: director del proyecto, residente en Zúrich
Cerró la libreta.
Quedaban dos cosas por hacer antes de que terminara el día.
La primera era hablar con el doctor Vossler.
La segunda era obtener toda la información relacionada con el proyecto HN-07 lo antes posible.
Esa lista era la pieza que faltaba. Si el compuesto había sido desarrollado en ese proyecto, alguien que había participado en él sabía cómo sintetizarlo.
Y si uno de los participantes había terminado trabajando en Neuroaxis —con acceso, conocimiento y una razón que todavía no podía ver con claridad — entonces el perímetro alrededor de la muerte de Rüegg se cerraba de una forma que ya no admitiría demasiadas interpretaciones.
Mecier caminó hacia el aparcamiento subterráneo mientras marcaba el número de Vogel. Esperó apenas dos tonos antes de que su analista respondiera.
—Necesito los nombres de todos los participantes del proyecto HN-07. Por la vía oficial, si es posible. Por cualquier otra, si no lo es.
—Ya contactamos con la Comisión Europea de Medicamentos, inspector —respondió la voz de Vogel al otro lado de la línea. —Esos registros están blindados por cláusulas de confidencialidad médica y de investigación corporativa. Va a necesitar una autorización judicial.
—Entonces consígame una.
Colgó.
Subió al coche, encendió el motor y miró de reojo la libreta en el asiento del copiloto con la dirección de Vossler.
Era una hora intempestiva para presentarse sin aviso en la residencia del doctor.
Sin embargo, en sus años de servicio, había aprendido una verdad universal: las visitas no anunciadas eran siempre las más reveladoras.