Ana Bale Capítulo 18 Lo que no se puede contener #2
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Capítulo 18 Lo que no se puede contener #2

Ella no se movió.

—¿Por qué viniste aquí? —preguntó él, finalmente.

Ella siguió mirándolo sin decir nada.

—Porque era el único sitio al que podía ir.

Fue la respuesta más honesta que había dado en mucho tiempo.

Y entonces, sin que ninguno de los dos tomara una decisión consciente, la distancia entre ellos dejó de existir.

Fue él quien se movió primero. El resto lo hizo ella.

No había planeado esto. No había calculado la secuencia. Ahora todo se reducía a un instinto primario, el mismo que el compuesto llevaba años reduciendo a un murmullo manejable y que esta noche resultaba incontenible.

Lo tomó por el cuello del albornoz.

Lo atrajo hacia ella con una fuerza que lo sorprendió; no por su intensidad física, sino por su absoluta determinación. No había ambigüedad en ese movimiento. No había pregunta. Era una afirmación.

Sus bocas se encontraron con la misma urgencia de aquel primer beso en el apartamento de ella. Sin embargo, este se sentía diferente. Totalmente desinhibido. Ya no había fronteras entre lo calculado y lo inevitable.

John respondió con la misma intensidad. La tomó por la cintura, la atrajo hacia su cuerpo con las dos manos y Ana sintió el calor de sus palmas atravesando la tela de su vestido como si no hubiera nada entre ellos.

Se separaron apenas lo suficiente para respirar.

Ana lo miró de frente, con los ojos oscurecidos y la respiración alterada por primera vez desde que se conocían. No lo ocultó. No tenía por qué hacerlo.

Se besaron de nuevo. Él mordió ligeramente su labio inferior y luego deslizó la boca hacia su nuca para inspirar su perfume; ese aroma que, mezclado con su calor corporal, siempre lo volvía loco. Volvió a morderla allí, con una suavidad hambrienta.

Ella soltó el aliento de golpe.

Lo que hizo que él se excitara aún más.

Con un impulso repentino, casi violento, la tomó por los muslos y la alzó, obligándola a rodearle la cintura con las piernas. La maniobra hizo que el vestido se deslizara, dejando al descubierto el encaje negro de sus medias.

Esta vez fue ella quien le devolvió el mordisco en los labios, una pequeña provocación que terminó de encender la habitación.

Él la llevó a zancadas hacia el escritorio.

Sin romper el beso, barrió de un solo manotazo todo lo que había sobre la mesa; carpetas y papeles llovieron contra el suelo en un estruendo sordo.

Con una sorprendente mezcla de urgencia y delicadeza, la depositó sobre el borde de la madera y tiró de ella, encajando sus cuerpos hasta que no quedó un solo milímetro de separación.

A través la fina tela de su lencería, Ana sintió la dureza de su miembro palpitando contra la entrada de su vagina. El contacto directo desató una descarga eléctrica en su vientre; un calor devorador, húmedo e incontenible que amenazaba con consumirla por completo.

—El albornoz —dijo.

No era una pregunta.

Él se lo quitó con un movimiento brusco.

Ella recorrió su torso con la yema de los dedos, memorizando la anchura de sus hombros, la firmeza de su pecho y el relieve tenso de su abdomen, tal como lo había imaginado desde la primera vez que lo vio.

John no le quitó los ojos de encima, siguiendo el rastro de sus manos con la respiración contenida.

Luego fue el turno de él. Tomó el borde de su vestido y, con un movimiento firme, lo deslizó hacia arriba por encima de su cintura, dejando expuesta su piel pálida y el contraste exquisito con la lencería de encaje negro que llevaba.

Se detuvo a mirarla durante unos segundos. Sonrió con una lascivia hambrienta, lo que hizo que a ella se le erizara la piel.

Ella sostuvo esa mirada. No porque fuera fácil sino porque, por primera vez en muchos años, no quería que terminara.

Con un movimiento lento, él deslizó la mano por debajo de la seda de sus bragas hasta que llegó a los labios de su vagina. Luego empezó a acariciarlos con sus dedos índice y medio, en un movimiento que iba de arriba abajo. Sin prisa, pero aumentando poco a poco la intensidad de la fricción.

Ella soltó un pequeño gemido de placer, cuando sintió como sus dedos le acariciaban el clítoris. Estaba completamente húmeda.

Él retiró la mano despacio. Miró la humedad que brillaba sobre la yema de sus dedos y se los llevó a la boca, lamiéndolos con una lentitud deliberada. Como si se tratara de un delicioso manjar.

Ella lo tomó de nuevo por el cuello y lo besó con pasión, con lujuria desenfrenada.

Él deslizó las manos hasta los costados de sus bragas y, de un solo tirón, las bajó por sus piernas.

Acto seguido, se ubicó entre sus muslos y, con una lentitud deliberada, se abrió paso en su interior.

Se quedó allí, inmóvil durante un breve instante, conteniendo el aliento mientras sentía su estrechez, su calor devorador y su humedad, dejando que ella se adaptara a su tamaño.

Ella contuvo el aliento por un instante, aferrándose a sus hombros cuando él empezó a embestirla con fuerza, en un movimiento seco, hacia adelante y hacia atrás.

Cada embestida era más intensa que la anterior.

Los gemidos que siguieron rompieron el silencio contenido de la habitación, fundiéndose con la tormenta que caía afuera.

3:05 a.m.

El silencio volvió a instalarse entre ellos.

Ana estaba tumbada sobre la cama con la vista en el techo. John a su lado, la respiración regularizada, el calor de su cuerpo todavía próximo pero sin contacto. Ninguno había hablado.

Era el tipo de silencio que Ana habría gestionado siempre con la misma eficiencia, levantarse, recomponer, marcharse. Existía un protocolo claro para este momento y lo había ejecutado suficientes veces como para hacerlo sin pensarlo.

Esta noche no se levantó.

Finalmente, John rompió el silencio.

—¿Qué tipo de relación tenías con el doctor Vossler?

Ana sostuvo su mirada antes de responder.

—Fue como un padre para mí. Me ayudó en el momento más difícil de mi vida.

—¿Incluyéndote en la fase cero del proyecto?

Ana asintió.

—Después de la muerte de Emilia, nuestra familia se quebró. Mi padre nos abandonó a mi madre y a mí. Tuvimos que arreglárnoslas solas. Tiempo después, mi madre murió y me quedé completamente sola.

—Entonces conociste al doctor.

—Así es. Después ingresé en la facultad de psicología y el resto creo que ya lo sabes.

El silencio volvió a instalarse entre ellos.

Ana se levantó de la cama, recogió su ropa y comenzó a vestirse.

—Tienes que cambiar tu rutina. Y, si es posible, mudarte por unos días —dijo John desde la cama.

Ella se volvió hacia él.

—¿Te preocupas por mí, señor Keller?

John lo miró con esa expresión suya que no llegaba a ser una sonrisa, pero se le acercaba.

—¿Qué relación tienes con Sebastian Frei?

La pregunta cayó como una losa.

Ana se detuvo con la mano sobre el pomo.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Entonces se giró. Sonrió apenas, abrió la puerta y salió.