Capítulo 11 Amenaza implícita
El despertador vibró, marcando como cada mañana el inicio del día.
Ana abrió los ojos despacio. Se incorporó hasta quedar sentada al borde de la cama. No era habitual en ella, pero aquella mañana tomó el móvil antes incluso de levantarse. Tenía varias notificaciones de la noche anterior. Entre ellas, un mensaje.
Lo leyó desde la cama, con la luz todavía apagada y el apartamento sumido en el silencio de siempre.
Necesito verla. Mañana, por la noche. No como parte del encargo.
Esa noche era hoy.
Lo leyó dos veces. Luego dejó el móvil sobre la mesilla sin responder.
No porque no supiera qué decir, sino porque necesitaba decidir qué quería decir, que no era lo mismo.
Se levantó. Fue a la cocina. Preparó café con la misma precisión metódica de cada mañana. Tomó la taza y se dirigió al estudio.
Se detuvo en el umbral.
Algo estaba diferente.
No había desorden. No había señales de entrada forzada ni de que alguien hubiera registrado el apartamento. Todo estaba exactamente en su lugar, con la precisión que ella misma había impuesto desde que vivía allí.
Excepto una cosa.
Sobre el escritorio, junto al portátil cerrado, había una carpeta. Marrón. Gruesa. Con el lomo ligeramente desgastado por el uso.
Permaneció inmóvil durante varios segundos. Analizó el estudio desde el umbral, buscando inconsistencias, anomalías, cualquier detalle que explicara cómo había llegado aquel objeto a un apartamento del que solo ella tenía llave.
No encontró ninguna.
Lo cual significaba que quien la había dejado allí sabía exactamente lo que hacía.
Entró. Dejó la taza sobre la repisa sin probar el café. Se sentó frente al escritorio y abrió la carpeta.
Dentro había informes, fichas técnicas y notas manuscritas. Decenas de páginas. Algunas estaban cubiertas por una letra apretada y regular que Ana reconoció de inmediato.
Era la letra de Matthias Rüegg.
Rüegg había documentado durante meses lo que no podía plasmar en correos ni en informes oficiales.
Fechas. Conversaciones. Decisiones tomadas fuera de los canales formales.
Autorizaciones que llevaban firmas incompatibles con los cargos que las habían emitido.
Transferencias procedentes de estructuras que no figuraban en ningún organigrama público de Neuroaxis.
Y entre aquellas páginas aparecía su nombre.
A. Bale. Reunión reservado B. 14 de enero. Confirmó que los datos de seguimiento estaban completos. Que los efectos secundarios estaban documentados internamente. Que la decisión de no publicarlos había sido suya.
Leyó esa línea dos veces.
Era verdad. Esa conversación había ocurrido exactamente como Rüegg la describía. Pero, leída así, en el contexto de todo lo demás que contenía la carpeta, sonaba diferente. Sonaba como la declaración de alguien que había tomado una decisión unilateral para proteger un proyecto a cualquier costo.
Sonaba como un motivo.
¿Alguien quería que esto llegara a la policía?
No era paranoia. Era una lectura fría de lo que tenía delante. La carpeta no había llegado sola. Alguien con acceso a su apartamento la había colocado allí. Alguien que conocía su rutina. Alguien que había planificado aquello con antelación.
Cerró la carpeta. La dejó exactamente donde estaba. Tomó la taza de café y bebió despacio, mirando el escritorio sin verlo, procesando.
Había dos opciones.
La primera: destruir la carpeta. Hacerla desaparecer, como habría hecho con otras cosas, en cualquier otra situación. Era rápido. Era eficiente. El problema era que quien la había dejado allí ya sabía que existía. Destruirla no eliminaba la información. Solo eliminaba una copia.
La segunda: esperar. Esperar el siguiente movimiento y responder en consecuencia, aunque esa idea no le gustaba. Siempre había preferido llevar la delantera. Tener el control. Conservar el factor sorpresa.
Neuroaxis AG — Sala de reuniones — 10:22 a.m.
El inspector llegó sin cita previa.
Ana lo supo en el momento en que su asistente le comunicó que había un inspector de la Policía Criminal esperando en recepción y que había solicitado hablar con ella específicamente. No con el departamento legal. No con el director médico. Con ella.
Lo hizo esperar doce minutos. No por descortesía. Por calibración.
Cuando entró a la sala, el inspector ya estaba sentado. Abrigo oscuro, libreta sobre la mesa, una taza de café que nadie le había ofrecido y que debía de haber pedido él mismo. Cincuenta y tantos años, cara que no revelaba nada, los ojos de alguien acostumbrado a observar sin que lo noten.
Ana lo calibró en tres segundos.
Veterano. Metódico. A veces impredecible. No venía a impresionar.
Venía a escuchar.
—Doctora Bale. —Se puso de pie brevemente. Un gesto de cortesía que no era calidez—. Inspector Lukas Mecier. Policía Criminal de Zúrich.
—Inspector. —Ana tomó asiento frente a él con la misma calma de siempre—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Estoy investigando la muerte del señor Matthias Rüegg.
—Lo sé. La compañía ha cooperado con la investigación desde el primer momento.
—Sí. —Mecier abrió la libreta sin mirarla—. Sin embargo, hay algunas preguntas que prefería hacerle a usted directamente.
Ana cruzó las manos sobre la mesa. Postura abierta. Sin objetos entre ambos. El lenguaje corporal de alguien que no tiene nada que ocultar, calculado con la misma precisión que todo lo demás.
—Adelante.
Mecier empezó por lo periférico. Era su técnica.
Preguntas sobre la relación profesional con Rüegg.
Sobre el alcance de sus responsabilidades en el proyecto.
Sobre los procesos de toma de decisiones en Neuroaxis.
Preguntas que cualquier directivo podría responder sin dificultad y que servían, sobre todo, para establecer una línea base de comportamiento antes de llegar a lo que realmente importaba.
Ana respondió con una precisión quirúrgica que no añadía nada que no le hubieran pedido. Sin cerrar ninguna puerta que pudiera necesitar más adelante.
Observó a Mecier mientras él escribía. La forma en que sostenía el bolígrafo.
El ángulo de su cabeza cuando escuchaba — ligeramente inclinada hacia la derecha, lo que sugería que procesaba mejor por ese canal.
Los momentos en que dejaba de escribir y simplemente miraba, que eran los más interesantes.
Era bueno. Mejor de lo que la mayoría habría esperado de un inspector de homicidios.
—Sus reuniones con el señor Rüegg durante las últimas semanas —dijo Mecier, sin cambiar el tono—. Seis reuniones en el reservado B. Sin grabación interna.
—Las reuniones de dirección científica se realizan habitualmente en espacios sin grabación. Es protocolo estándar para proteger la confidencialidad de los datos del proyecto.
—¿De qué hablaron?
—De los resultados de la fase tres del proyecto Apathos. De los plazos regulatorios. De la estrategia de comunicación para el lanzamiento.
—¿Solo de eso?
Una pausa de exactamente la duración correcta.
—También de sus preocupaciones respecto a ciertos datos de seguimiento. El señor Rüegg era meticuloso. Le preocupaban los márgenes.
—¿Qué clase de márgenes?
—Los efectos secundarios documentados en el seguimiento a seis meses. Una proporción de sujetos reportó dificultades para establecer nuevos vínculos afectivos. Rüegg consideraba que ese dato debía hacerse público antes del lanzamiento.
—¿Y usted?
—Yo consideraba que los beneficios superaban los riesgos y que la decisión correspondía al junta, no a un criterio individual.
Mecier escribió de nuevo.
—¿Cómo describiría su relación con el señor Rüegg?
—Profesional. Con diferencias de criterio en algunos puntos, pero nada más.
—¿Él tenía conflicto personal con usted?
Ana sostuvo la mirada del inspector.
Era una pregunta distinta a las anteriores. Más afilada. Formulada con la tranquilidad de alguien que ya sabe la respuesta y quiere ver qué hace el interrogado con ella.
—Rüegg era un hombre de convicciones. Cuando alguien cuestionaba las suyas, lo vivía con cierta intensidad. —Una breve pausa—. No era algo personal. Era su forma de funcionar.
—¿Le preocupaba usted específicamente?
—Le preocupaba el proyecto. Yo era parte del proyecto.
Mecier asintió levemente. Cerró la libreta un momento — otro gesto calculado, Ana lo notó — y la miró directamente.
—Doctora Bale, ¿dónde estaba usted la noche del catorce al quince de febrero, entre las doce de la noche y las seis de la mañana?
El momento había llegado.
Ana no cambió de postura. No parpadeó más de lo normal. No hizo nada que no hubiera hecho en los últimos veinte minutos.
—En mi apartamento.
—¿Sola?
—Sí.
—¿Puede alguien confirmarlo?
—No. —No hizo ninguna pausa—. Vivo sola, inspector. No tengo costumbre de documentar mis noches en casa.
Mecier volvió a abrir la libreta. Escribió algo.
—Una última pregunta. —Levantó la vista—. ¿Tenía usted una llave del edificio donde vivía el señor Rüegg?
El silencio duró exactamente lo que Ana necesitó para calcular cuánto sabía el inspector.
—No.
—¿Se reunía con el señor Rüegg fuera del horario laboral?
—A veces. Cuando el proyecto lo requería.
Hubo una última pausa.
—Gracias por su tiempo, doctora Bale. —Se puso de pie—. Es posible que tenga que volver a hablar con usted.
—Cuando quiera, inspector. —Se puso de pie—. Aquí estaré.
Lo acompañó hasta la puerta de la sala.
Mecier se detuvo con la mano sobre el pomo.
—Hay una cosa más, doctora Bale.
Ana lo miró.
—No creemos que el señor Rüegg se suicidara.
La observó un instante.
—Que tenga buena tarde.
Cerró la puerta.
Ana se quedó de pie en el centro de la sala durante un momento, sola, mirando el punto donde Mecier había estado sentado.
Sabía más de lo que había mostrado. La pregunta sobre la llave no había sido casual. Tampoco la de las reuniones fuera del horario laboral.
¿Estaba construyendo un perímetro a su alrededor?
Volvió a su oficina. Se quedó de pie frente al ventanal, con el lago abajo, quieto y gris.
Pensó en la carpeta de Rüegg. Pensó en quién la había dejado allí y por qué precisamente ahora cuando la policía ya había empezado a hacer preguntas.
El timing no era una coincidencia. Nunca lo era.
Abrió el móvil. El mensaje de John Keller seguía sin respuesta.
«Necesito verla... No como parte del encargo».
Lo leyó una vez más.
Luego escribió.
«Lo espero esta noche en mi apartamento, a las ocho».
Envió el mensaje.
Control. Siempre buscaba el control.
Aunque esta vez reconoció que no tenía todo bajo control. La investigación de Mecier. El asunto de la carpeta de Rüegg. Y, sobre todo, John Keller, quien había cruzado una línea la noche anterior sin que nadie se lo pidiera.
Y al que, sin haberlo planeado, acababa de decirle que sí.