Ana Bale Capítulo 10 Fase cero
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Capítulo 10 Fase cero

¿Qué pretendía Carter con aquella pregunta? John no dejaba de pensar en ello. Desde el encuentro en el aparcamiento, esas cuatro palabras seguían resonando en su cabeza:

«¿Qué sabe de ella?».

La forma en que lo dijo sugería que detrás de aquella pregunta había algo más.

Carter representaba los intereses de VHK Capital y, como uno de los principales inversores de Neuroaxis, quería disponer de información de primera mano sobre el proyecto Apathos antes de que el mercado la descubriera por sí solo. Eso John lo entendía.

Lo que no entendía era por qué el hombre que había contratado sus servicios para investigar todo lo relacionado con ese proyecto ahora le preguntara por Ana con aquel tono.

¿Qué esperaba que supiera?

Había dos explicaciones posibles.

La primera: Carter sabía algo sobre Ana que él todavía ignoraba y, por alguna razón, había decidido no compartirlo.

La segunda: Carter no sabía nada. Simplemente intuía que él estaba más cerca de encontrar una respuesta.

Abrió el portátil.

9:47 a.m.

La última conversación con Reiter era otro asunto que seguía rondándole la cabeza.

«Solo puedo decirle que hay alguien que hizo posible todo esto. El origen. El prototipo. La persona sobre la que se construyó todo el modelo teórico de Apathos».

Un sujeto de estudio. Joven. Voluntario, según los registros. Aunque hay quienes cuestionan esa palabra en ese contexto.

Había dado por sentado que Reiter hablaba de Ana. La conexión parecía evidente. Investigadora. Veinticinco años cuando se cerró el proyecto anterior. Y, sobre todo, la misma persona que en aquel restaurante había pronunciado aquellas palabras sin alterar la voz:

«Yo era el sujeto».

Pero había algo que no encajaba.

Si Ana había sido el sujeto de la fase cero —el prototipo sobre el que se construyó Apathos—, su aparición en los registros de Neuroaxis nueve años atrás no era un ascenso profesional. Era un regreso. La persona que había sido el objeto del experimento volvía para convertirse en su arquitecta.

¿Por convicción? ¿Por control? ¿O porque alguien la trajo de vuelta?

Esa distinción lo cambiaba todo.

Empezó a buscar por el único hilo que tenía: el proyecto clausurado casi una década atrás. El informe de cierre que había encontrado antes, con la lista de participantes parcialmente redactada y el nombre de E. Bale como investigadora asociada.

Esta vez buscó más despacio. Con más precisión.

No el proyecto en sí. Las personas que lo rodeaban.

Llamó a su contacto en Londres y le dio una lista de nombres. No sabía quiénes habían sido sujetos de estudio y quiénes investigadores, pero aun así se la envió. Reiter estaba incluido.

11:23 a.m.

Dos horas después tenía cuatro nombres.

Dos de ellos eran investigadores. Habían pasado por distintas instituciones europeas en los años posteriores al cierre del proyecto.

Nada extraordinario. Trayectorias académicas normales, publicaciones en revistas especializadas, ningún vínculo visible con Neuroaxis ni con ningún otro programa similar.

Los otros dos, en cambio…

El primero era:

Dr. Heinrich Vossler Reiter. Neurocientífico.

Cincuenta y un años en el momento del cierre del proyecto, lo que lo situaba ahora cerca de los sesenta.

Director académico de la institución que había albergado el proyecto durante sus dos años de duración, una institución cuyo nombre seguía sin aparecer en ningún registro público.

Vossler había publicado extensamente sobre modulación farmacológica del procesamiento emocional durante los años noventa y principios de los dos mil. Sus últimas publicaciones databan de doce años atrás. Después, silencio académico completo.

Buscó su rastro más reciente.

Una sola referencia. Una conferencia privada sobre neurociencia aplicada celebrada en Ginebra tres años atrás.

Sin programa público, sin lista de asistentes, sin actas publicadas.

Solo una mención en el blog personal de un académico que había asistido y que describía, con una vaguedad que parecía deliberada, una presentación sobre los límites éticos de la intervención afectiva voluntaria.

Reconoció de inmediato el nombre del patrocinador del evento.

Fundación Vetter-Haas.

Se quedó mirando la pantalla.

La Fundación había financiado conferencias privadas con el mismo hombre que dirigió el proyecto que precedió a Apathos. No era una prueba. Era una línea que unía dos puntos que, en teoría, no deberían estar conectados.

¿O sí?

Anotó el nombre de Vossler en su libreta y lo rodeó con un círculo.

El último nombre de la lista era el que más lo intrigaba.

Emilia Bale.

Era la asistente del Dr. Vossler. Según los datos que le había proporcionado su contacto, había una inconsistencia evidente en las fechas: Emilia Bale figuraba como fallecida años antes de aparecer vinculada al proyecto.

—Bale…

¿Tenía alguna relación con Ana o se trataba de una simple coincidencia?

1:38 p.m.

Volvió al asunto del Dr. Vossler. O de Reiter. Aún no había decidido cómo volvería a llamarlo.

Si el doctor había dirigido la fase cero del programa, habría tenido acceso directo a los sujetos. Habría evaluado su idoneidad. Habría decidido quién entraba y en qué condiciones. La palabra voluntario, que Reiter había cuestionado, adquiría ahora un peso diferente.

Buscó cualquier registro de los sujetos del proyecto clausurado. Era la parte más difícil. Los protocolos éticos de investigación con seres humanos exigían confidencialidad, y alguien había trabajado con meticulosidad para que esos archivos no existieran en ningún lugar accesible.

Pero había algo que los archivos no podían borrar del todo.

Las solicitudes de acceso.

En los sistemas de registro de varios comités de ética europeos existía una base de datos de proyectos que habían solicitado autorización para trabajar con sujetos humanos. No los resultados. No los nombres de los participantes. Solo la solicitud, la fecha y el número de sujetos aprobados.

John la encontró después de cuarenta minutos de búsqueda en archivos que llevaban años sin ser consultados.

Solicitud de autorización — Protocolo de investigación HN-07.

Director: H. Vossler.

Institución: no especificada — código de registro: CH-4417.

Sujetos aprobados: 12.

Rango de edad: 18-30 años.

Criterio de selección: historial documentado de trauma vincular severo.

Fecha de aprobación: hace once años.

Fecha de cierre anticipado: dos años después — causa: irregularidades en el protocolo de consentimiento informado.

Doce sujetos. Seleccionados por historial de trauma vincular severo.

No personas que amaban demasiado, como sugería el eufemismo utilizado en el documento de Apathos, sino personas que habían sido destrozadas por hacerlo.

Leyó la última línea tres veces.

Irregularidades en el protocolo de consentimiento informado.

No un fallo científico. No resultados negativos. El proyecto había sido clausurado porque alguien —o varios— no habían dado su consentimiento real para estar ahí.

Cerró el portátil durante un momento.

Pensó en Ana. En aquella pausa prolongada antes de responder. En la forma en que había dicho: «Yo era el sujeto», con una calma que no parecía serenidad, sino algo construido sobre experiencias que habían costado demasiado.

Pensó en Reiter, que había dirigido aquel proyecto y que, tres años atrás, había impartido una conferencia organizada por la Fundación Vetter-Haas.

Había algo que Reiter no había dicho, pero que ahora empezaba a tomar forma: si Ana había sido un sujeto del programa original —sin consentimiento real, con poco más de veinte años, con un historial de trauma vincular severo— y luego había regresado como su arquitecta, había dos formas de entender ese regreso.

La primera: lo había elegido. Había decidido terminar lo que había empezado años atrás, y Apathos era la mejor oportunidad para hacerlo.

La segunda: alguien la había traído de vuelta. Alguien que sabía exactamente qué botones presionar en una persona que había sido moldeada, quizá sin saberlo, para responder de una forma determinada.

¿Pero quién?

¿Y por qué?

Piezas que no formaban todavía una imagen completa, pero que empezaban a sugerir su contorno.

3:52 p.m.

Intentó localizar a Reiter.

El número desde el que había enviado el mensaje original estaba fuera de servicio. No era una sorpresa. Era el tipo de contacto que existe una vez y luego desaparece —no porque tenga algo que esconder, sino porque sabe exactamente cuánto dar y cuándo dejar de estar disponible.

Lo intentó por otra vía. Un contacto en Berlín que llevaba años moviéndose en los márgenes de la inteligencia corporativa europea.

Le envió un mensaje con tres palabras:

Heinrich Vossler Reiter.

La respuesta llegó treinta minutos después. Tres líneas.

Está en Zúrich.

No recibe visitas.

Pero camina todos los días por el Zürichhorn. 7:00 a.m.

Leyó el mensaje.

Luego lo borró.

5:17 p.m.

Antes de cerrar el portátil, hizo una última búsqueda.

No sobre Reiter. No sobre el proyecto clausurado. Sobre el criterio de selección de los sujetos.

Historial documentado de trauma vincular severo.

Buscó qué significaba eso en el contexto de los protocolos de investigación de aquella época. Los criterios estaban estandarizados: pérdida traumática de un vínculo primario, preferiblemente antes de los veinticinco años. Duelo no resuelto. Patrones de apego reactivo.

—Pérdida traumática...

Cerró el portátil despacio.

No tenía pruebas. No tenía nombres. No tenía nada que pudiera entregarle a Carter que fuera algo más que una conjetura.

Se puso de pie. Se acercó a la ventana.

Decidió que por la mañana hablaría con Reiter. Sin avisar. Sin agenda. Sin que nadie supiera que iba.

Pero antes tenía que hacer una cosa. Abrió el móvil y escribió un mensaje. Breve. Sin preámbulo.

«Necesito verla. Mañana, por la noche. No como parte del encargo».

Lo leyó una vez.

Lo envió.

Destinataria: Ana Bale.