Capítulo 9 Nueva perspectiva
Mecier llegó antes que nadie. Era su costumbre cuando estaba completamente absorbido por un caso.
Su rutina era simple: llegar cuando la oficina aún estaba vacía, preparar el café él mismo y extender todo sobre la mesa antes de que alguien pudiera interrumpirlo con preguntas que todavía no estaba en condiciones de responder.
Hasta ese momento tenía cuatro cosas: la captura de un fotograma del acceso peatonal, el informe preliminar de la autopsia, sus propias notas de los últimos días y una copia del video de seguridad correspondiente al día en que encontraron el cuerpo de Rüegg.
Empezó por la fotografía. La observó con detenimiento mientras intentaba construir hipótesis que arrojaran algo de luz sobre qué hacía aquella desconocida en ese lugar y a esa hora el día del crimen.
Después se centró en el informe de la autopsia. No en la versión completa, sino en la oficial, la que se había entregado a los medios. Sabía que aquel informe omitía algo crucial para el desarrollo de la investigación. La pregunta era por qué.
Y esa pregunta lo llevó a otra.
¿Estaba realmente de vacaciones el forense que había practicado la autopsia original?
En ese momento, sonó su teléfono.
Observó la pantalla un instante antes de contestar.
—Voy enseguida.
Instituto de Medicina Legal — 9:47 a.m.
Müller lo esperaba con los resultados de la segunda toxicología sobre la mesa, ordenados con esa meticulosidad suya que Mecier había aprendido a interpretar como una forma de respeto hacia los muertos: si alguien se tomaba el trabajo de documentar bien lo que le habían hecho a un cuerpo, al menos ese cuerpo tenía un testigo preciso.
—Llegaron esta mañana —dijo Müller sin preámbulos—. Hay algo que no estaba en el primer análisis.
Mecier se sentó frente a la mesa. No había sillas cómodas en el despacho de Müller. Otra costumbre: las reuniones cortas producen mejor información que las largas.
—Cuénteme.
El forense abrió la carpeta y señaló una columna de valores en la segunda página.
—Además del monóxido, aparece una traza de un compuesto en sangre. Concentración baja, compatible con administración entre ocho y seis horas antes de la muerte. —Hizo una pausa—. No es un sedante convencional. No figura en ningún índice farmacológico estándar.
—¿Qué significa eso?
—Significa que alguien lo sintetizó. No se compra. No se prescribe. No tiene nombre comercial.
Mecier lo interrumpió.
—¿Podría tratarse de una variación del fármaco que desarrolla Neuroaxis? ¿Del que están preparando para lanzar al mercado?
Müller negó levemente con la cabeza.
—No. Apathos actúa sobre los mecanismos del apego afectivo.
Este compuesto es diferente en estructura y en función.
Está diseñado para suprimir la evaluación de amenaza, no para modular el vínculo emocional.
Son parientes lejanos, por así decirlo. Nacidos del mismo campo de investigación, pero con propósitos completamente distintos.
—¿En términos simples?
—Alguien bajo el efecto de ese compuesto no habría podido evaluar correctamente si estaba en peligro. Habría percibido como normal una situación que no lo era. Habría cooperado sin resistencia con quien estuviera presente.
Silencio.
Mecier pensó en Rüegg de pie junto al Mercedes, con la carpeta bajo el brazo. Esperando. Sin ansiedad visible. Sin señales de alarma.
No estaba esperando. Estaba anulado.
—¿Podría rastrearse el origen de ese compuesto? —preguntó.
—Con tiempo y con acceso a laboratorios especializados en neurociencia farmacológica, posiblemente sí. —Müller lo miró por encima de las gafas—. No es algo que se fabrique en cualquier sitio. Requiere equipamiento específico y conocimiento muy particular del sistema nervioso central.
—¿El tipo de conocimiento que tendría, por ejemplo, una empresa de investigación neurocientífica?
Müller no respondió. Pero tampoco negó.
Mecier guardó el informe en su carpeta.
—Necesito que esto tampoco figure en el reporte oficial por ahora.
—Ya sabe lo que le voy a decir.
—No indefinidamente. Lo sé.
Salió a la calle con el mismo paso de siempre. Pero con algo nuevo en la cabeza que no había estado ahí esa mañana al entrar.
El compuesto no identificado era la pieza que unía el golpe en el occipital con el monóxido.
El compuesto lo neutralizó. El golpe lo desorientó. El monóxido lo terminó. Tres pasos. Tres mecanismos distintos. Diseñados para que cada uno pareciera suficiente por sí solo y ninguno resultara definitivo como evidencia.
Jefatura — Sala de análisis — 2:14 p.m.
La analista se llamaba Vogel. Treinta y pocos años, pelo corto, la clase de paciencia con las imágenes digitales que Mecier nunca había tenido y que había aprendido a valorar más que cualquier otra habilidad en su equipo.
Llevaba dos horas trabajando sobre los fotogramas que Mecier había seleccionado como relevantes: Matthias Rüegg junto al vehículo y la mujer entrando por el acceso peatonal una hora antes.
—¿Algo nuevo? —preguntó el inspector.
—Depende de lo que llame nuevo. —Vogel giró el monitor hacia él—. He mejorado la resolución todo lo que da la cámara original. No es mucho. Pero hay un par de cosas que me llaman la atención.
Mecier se inclinó hacia la pantalla.
La imagen seguía siendo granulada, pero la mejora era visible. La figura del abrigo oscuro aparecía ahora con algo más de definición en los hombros y la parte superior del torso.
—Aquí. —Vogel señaló los hombros con el cursor—. La anchura es inusual para una mujer de esa estatura. No imposible, pero en el límite superior del rango femenino.
—¿Podría ser un hombre?
—Con ese abrigo, es difícil determinarlo. Podría tratarse solo del ángulo de la cámara. —Vogel amplió otra zona de la imagen—. Pero hay algo más.
Señaló la parte inferior de la figura.
—El tacón.
Mecier miró.
—¿Qué pasa con el tacón?
—El paso. —Vogel reprodujo la secuencia de fotogramas en bucle—.
Quien lleva tacón durante años desarrolla una forma de caminar específica: el peso se distribuye hacia adelante, hay una ligera inclinación del torso.
—Hizo una pausa—. Esta persona no tiene esa distribución.
El peso está centrado. Es el paso de alguien que no está acostumbrado al tacón y lo sabe, así que lo compensa.
Mecier se irguió despacio.
—Podría tratarse de un disfraz —murmuró para sí.
Se quedó mirando la pantalla unos segundos.
Ahora tenía aún más preguntas. Una mujer desconocida —si es que realmente era una mujer— había ingresado una hora antes del crimen. Alguien que parecía conocer el sistema de cámaras y sus puntos ciegos.
Por más que intentaba responder aquellas incógnitas con sus propias hipótesis, la muerte de Matthias Rüegg no se parecía a un crimen corporativo convencional.
Se parecía a una operación.
Salió de la sala sin decir nada más. En el pasillo, sacó la libreta.
Abrió una página nueva y la dividió en dos columnas.
Escribió en la primera:
LO QUE SABEMOS
—Rüegg llevaba consigo un documento de interés el día de su muerte.
—Bajó al garaje a las 4:51 a.m. con dicho documento.
—Alguien entró al edificio a las 4:03 a.m. con una llave física no registrada.
—Golpe occipital entre las 5:00 y las 5:30 a.m.
—Se halló en su sangre un compuesto farmacológico de síntesis con efectos de neutralización emocional.
—El informe desapareció.
En la segunda:
LO QUE NO SABEMOS
—Quién es la persona que aparece en el vídeo de seguridad.
—A quién iba a entregar el informe Rüegg.
—Cuál es el origen del compuesto farmacológico.
Cerró la libreta.
Quedaba una cosa por hacer esa tarde.
Neuroaxis AG — 4:38 p.m.
El responsable de seguridad de Neuroaxis se llamaba Brandt. Cuarenta y tantos años, exmilitar según su postura, el tipo de hombre que respondía preguntas con la precisión justa para no dar más de lo que le pedían.
Mecier le había solicitado por vía oficial el registro de reuniones de Rüegg durante los últimos tres meses. Brandt lo tenía preparado. Lo cual significaba que lo había revisado antes de entregarlo.
Mecier tomó el documento sin comentar ese detalle.
Lo examinó despacio. Reuniones con el equipo legal.
Con el director médico. Con asesores regulatorios.
Con representantes de VHK Capital. Con control interno.
Nada fuera de lo habitual. Sin embargo, durante las dos semanas previas a su muerte, aparecía una serie de reuniones que se repetían con una regularidad demasiado constante para ser casual.
Reunión — Dirección científica.
Solicitante: M. Rüegg.
Participante: A. Bale.
Duración: entre 45 y 60 minutos en cada ocasión.
Sala: Reservado B — planta 6 — sin grabación interna.
Seis reuniones. Sala sin grabación. Todas en las últimas semanas antes de que Rüegg solicitara la auditoría externa.
Mecier dobló el documento y lo guardó.
—¿Algo más que necesite, inspector? —preguntó Brandt.
—Hay una cosa más que puede hacer por mí. Quiero ver la oficina del señor Rüegg.
Brandt lo miró como quien preferiría no hacerlo.
—También podría traer una orden judicial. El resultado sería el mismo.
Brandt relajó los hombros. Luego dijo:
—Por aquí.
La oficina había sido sellada el mismo día de la muerte. El precinto seguía en la puerta y Brandt lo retiró sin dificultad. Dentro, el aire olía a cerrado y a ausencia, a la huella silenciosa de alguien que ya no iba a volver.
Mecier entró primero. Brandt se quedó en el umbral.
Era un espacio ordenado. Mesa despejada, estanterías con libros alineados por tamaño, ningún papel suelto, ninguna nota adhesiva, ninguno de los residuos cotidianos que los espacios de trabajo acumulan inevitablemente.
O Rüegg era extraordinariamente metódico. O alguien había pasado antes y lo había dejado todo en orden. Por el momento, no tenía forma de saberlo.
Recorrió el espacio sin tocar nada todavía. Miró detrás del monitor, debajo de los cajones y en el interior del armario lateral. Nada de interés.
Luego se detuvo frente a la impresora de red situada en una esquina.
—Necesito al técnico de sistemas —dijo sin girarse.
—¿Para qué exactamente? —preguntó Brandt desde el umbral.
—Para extraer el historial de impresión de esta máquina.
Hubo una breve pausa.
—Entendido.
El técnico llegó cinco minutos después. Tenía la incomodidad visible de quien preferiría estar en cualquier otro sitio. Conectó un portátil a la impresora, tecleó durante un par de minutos y giró la pantalla hacia Mecier sin decir nada.
El historial mostraba las últimas treinta y dos impresiones realizadas desde el dispositivo, ordenadas por fecha y hora. Mecier recorrió la lista en orden cronológico hasta llegar a la fecha que buscaba.
Ahí estaba.
Usuario: M. Rüegg.
Fecha: 14 de febrero.
Hora: 10:34 p.m.
Documento: Apathos_F3_EfectosSecundarios_v4_RESTRINGIDO.pdf.
Número de copias: 1
Páginas: 7
Mecier sacó el móvil y fotografió la pantalla. Luego miró al técnico.
—Necesito una copia impresa de este registro.
El técnico miró a Brandt. Brandt asintió con un gesto mínimo.
Mientras esperaba, Mecier volvió a recorrer la oficina con la vista. La mesa, las estanterías, la ventana con vistas a la calle. Todo estaba en orden. Nada fuera de lo habitual.
Solo entonces notó algo que había pasado por alto en la primera revisión.
En el borde inferior de la estantería central, detrás de una hilera de archivadores idénticos, había una pequeña marca rectangular en el polvo.
El tipo de marca que deja un objeto que ha estado en ese sitio durante mucho tiempo y que alguien retiró hace poco.
No había nada que explicara qué había estado ahí.
Mecier tomó nota sin hacer comentarios.
El técnico le entregó los documentos impresos.
Los guardó de inmediato.
—Gracias —dijo, dirigiéndose a Brandt—. Por ahora es todo.
En el ascensor de bajada, abrió la libreta y añadió debajo de las dos columnas una línea separada por un espacio deliberado.
A. Bale.
Observó el nombre durante unos segundos.
No era una conclusión. Era alguien que había estado cerca de Rüegg cuando este empezó a hacer preguntas incómodas.
Alguien con conocimiento del proyecto. Con acceso.
Con los medios para conseguir un compuesto que ningún laboratorio convencional podría sintetizar.
Era suficiente para seguir tirando del hilo, pero no lo bastante para saber si avanzaba en la dirección correcta. Aun así, valía la pena intentarlo.
El ascensor llegó a la planta baja. Las puertas se abrieron sobre el vestíbulo: vidrio, acero y silencio calculado. Un espacio diseñado para transmitir control y que, por alguna razón, lo incomodó.
Cruzó la recepción sin detenerse.
Junto a la puerta giratoria, un empleado lo observó salir con la mirada fija un segundo más de lo natural. Joven, traje gris, la clase de presencia discreta que en un edificio como ese resultaba completamente invisible.
Mecier no se detuvo.
Pero lo notó.