Ana Bale Capítulo 8 Espacios reducidos
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Capítulo 8 Espacios reducidos

El salón principal del Baur au Lac tenía la clase de elegancia que no necesita justificarse. Techos altos, candelabros de cristal que suavizaban la luz, arreglos de flores blancas sobre las mesas y el murmullo contenido de doscientas personas que sabían exactamente cómo comportarse en un lugar así.

Neuroaxis había elegido bien el escenario.

El lanzamiento oficial de Apathos no podía celebrarse en la sede corporativa: demasiado técnica, demasiado impersonal para una noche diseñada para convencer.

Necesitaban un entorno que transmitiera éxito sin ostentación y confianza sin esfuerzo.

El Baur au Lac hacía ese trabajo por ellos.

John llegó con diez minutos de retraso. No por descuido. Llegar tarde a estos eventos tenía una utilidad concreta: permitía observar la sala ya formada, los grupos ya consolidados, las dinámicas ya en marcha. Nadie reparaba en quién entraba cuando las conversaciones estaban animadas.

Tomó una copa de la bandeja más cercana sin mirarla y recorrió el salón con la mirada de quien busca algo concreto.

La encontró en menos de dos minutos.

Estaba al fondo, junto a un grupo de tres personas.

Llevaba un vestido negro, ceñido al cuerpo y de un largo apenas más allá de las rodillas.

Escote discreto, cabello recogido. Hablaba.

O más bien, escuchaba, con esa atención suya que hacía que quien la tuviera enfrente sintiera que era la única persona en la sala.

La miró sin acercarse.

Pasó la primera hora moviéndose por el salón con la misma metodología de siempre: conversaciones breves, preguntas precisas e información útil extraída sin que nadie advirtiera que estaba siendo extraída.

El director médico de Neuroaxis le confirmó, sin darse cuenta, que varios gobiernos ya habían iniciado conversaciones para garantizar acceso prioritario al fármaco.

Un asesor regulatorio le sugirió, entre dos copas, que la Agencia Europea de Medicamentos tenía menos objeciones de las que los medios insinuaban.

Piezas. Siempre piezas.

A las nueve y cuarto, Ana desapareció del grupo.

Terraza exterior — 9:19 p.m.

La encontró en la terraza.

Era un espacio estrecho con vistas al Lago Zúrich. A esa hora, con la temperatura por debajo de los cuatro grados, estaba vacío. Solo Ana, de pie junto a la barandilla, con una copa en la mano y la vista perdida en la oscuridad que se extendía más allá del agua.

No se había puesto el abrigo.

John empujó la puerta y salió. El frío lo golpeó de inmediato: ese frío seco y limpio tan característico de los inviernos en Zúrich. Ana no se giró. Tampoco mostró sorpresa. Como si lo hubiera escuchado llegar. O como si hubiera sabido que acabaría allí.

Se colocó a su lado. Apoyó los antebrazos sobre la barandilla, a unos treinta centímetros de los de ella, y tomó un trago.

Silencio.

El murmullo del salón llegaba amortiguado a través del cristal.

—No es una noche para estar en la terraza —dijo John.

—No —coincidió Ana.

—Y sin embargo.

—Y sin embargo.

Ella no se movió. Tampoco él.

John miró el perfil de Ana de reojo. La postura seguía siendo recta, como siempre, pero había algo distinto esa noche: una tensión mínima en los hombros que no era incomodidad, sino otra cosa. Algo que se parecía más a contención.

—¿Cuántas veces ha contado esta historia esta noche? —preguntó él.

—¿Qué historia?

—La de Apathos. La versión para inversores.

Una pausa breve.

—Las suficientes.

—¿Y la versión real?

Ana giró la cabeza hacia él hasta quedar frente a frente.

John también se giró.

—¿Tiene frío, señor Keller?

La pregunta era un desvío. Ambos lo sabían.

—No. De hecho, es una noche agradable.

—Yo sí. —dijo ella sin dramatismo.

Él la recorrió con la mirada de forma sutil: primero el cuello. Se detuvo un breve instante, casi imperceptible, en una pequeña marca rojiza apenas visible. Luego descendió hasta el pecho y finalmente volvió a mirarla a los ojos.

—Entonces, ¿por qué vino aquí?

—El frío me resulta útil. Siempre ayuda a aclarar.

—¿Qué necesita aclarar esta noche?

El silencio fue más largo esta vez.

El lago abajo estaba tranquilo, apacible. La superficie negra devolvía las luces de la orilla como si fuera un espejo.

Sin esperar a que ella contestara, añadió:

—¿Por qué lanzaron el fármaco al mercado?

Ana lo miró con esa clase de intensidad que habría intimidado a cualquiera, pero no a él.

—Decidimos que era el mejor momento para hacerlo. Ya sabe, enviar un mensaje de tranquilidad al mercado, a los inversores.

—¿Y qué piensa usted?

—Concuerdo con la junta. Era el momento adecuado.

—¿Incluso si los estudios de seguimiento mostraron efectos secundarios?

Era una pregunta desafiante. John quería ver cómo reaccionaba en un entorno más relajado que una sala de reuniones.

Hubo una pausa. La más larga hasta entonces.

Ana dio un paso al frente, reduciendo la distancia entre ellos a poco menos de veinte centímetros.

John percibió el calor que irradiaba su piel a pesar del frío.

También el perfume: el mismo de la vez anterior, discreto, difícil de identificar.

Y la forma en que su respiración se condensaba apenas en el aire helado.

—Son solo estadísticas. Ya me encargué de eso, como siempre hago.

John sostuvo su mirada. No retrocedió. Luego inclinó apenas el cuerpo hacia ella, reduciendo la distancia que ya era escasa.

Ana sonrió levemente, una fina mezcla de coqueteo y desafío. Después recogió su copa y se marchó.

John permaneció en la terraza unos segundos más. Miró el lago. Luego el punto exacto donde ella había apoyado los antebrazos sobre el metal frío.

Después entró.

11:47 p.m.

El evento terminó con los discursos de rigor, los aplausos medidos y el éxodo gradual de quienes habían cumplido con su presencia.

John esperó. Habló con dos personas más.

Observó a Ana desde la distancia durante el resto de la noche con la misma atención con que habría observado cualquier otra variable de un problema complejo.

La diferencia era que esta variable lo observaba también a él.

El salón comenzaba a vaciarse. Ana intercambió unas últimas palabras con uno de los inversionistas —una conversación breve, sin sonrisas, con esa eficiencia suya que no necesitaba cortesía para ser educada—. Luego se dirigió hacia la salida.

John la siguió a pocos pasos, sin perderla de vista. Mientras caminaba, su mirada descendió por la línea de su espalda hasta detenerse más abajo de lo que habría considerado profesional. Por un instante, tuvo la impresión de que ella lo sabía.

Alzó la mirada, tratando de disimular. Cuando volvió a buscarla, ya no estaba. Se había desvanecido entre el grupo de personas que avanzaba hacia los ascensores. Todo ocurrió tan rápido que pareció un parpadeo.

Ascensor — 11:52 p.m.

Entró al ascensor junto con el último grupo, preguntándose todavía en qué momento se había marchado Ana o con quién lo había hecho. Las puertas empezaban a cerrarse cuando unas manos las detuvieron en el último instante.

Era ella.

Entró sin apresurarse. Sus miradas se cruzaron apenas un segundo antes de que avanzara entre los demás pasajeros hasta situarse al fondo de la cabina. Quedó justo delante de él, de espaldas, con apenas unos centímetros separándolos.

El ascensor comenzó a descender. A su alrededor, representantes médicos, ejecutivos y personal de ventas continuaban conversando sobre cifras, mercados y previsiones. John escuchaba las voces sin prestarles atención. Era consciente únicamente de la presencia de Ana delante de él.

Una leve vibración recorrió la cabina al pasar por el siguiente piso. Los pasajeros se comprimieron apenas unos centímetros. Bastó para que ella quedara apoyada contra él durante un instante que se prolongó más de lo necesario.

Era consciente de la proximidad entre ambos. De la presencia de John a su espalda. De esa atención silenciosa que parecía acompañar cada uno de sus movimientos. Su piel se erizó y no por el frío.

Giró apenas la cabeza, lo suficiente para mirar por encima del hombro. Sus ojos se encontraron con los de él. Fue solo un instante, pero ninguno apartó la mirada de inmediato. Durante un segundo, ninguno de los dos pareció recordar que no estaban solos.

El ascensor continuó descendiendo. Nadie habló. Nadie hizo nada. Y, sin embargo, algo había cambiado.

La desaceleración final rompió el momento. Varias personas comenzaron a moverse hacia la salida. Ana enderezó ligeramente los hombros. John soltó el aire sin darse cuenta de que lo había estado reteniendo.

Las puertas se abrieron.

John salió del ascensor con rapidez. No estaba seguro de si intentaba alcanzarla o simplemente hablar con ella.

—Señor Keller.

John se detuvo y giró la cabeza.

Unos metros más atrás, el hombre permanecía junto a un Mercedes negro. Llevaba un abrigo oscuro y guantes negros. Tenía el aspecto de alguien que llevaba tiempo observando la salida. La mayoría de los asistentes ya se había marchado.

Ana también había desaparecido. Otra vez.

—Señor Carter.

—Le envié dos mensajes.

—Los vi.

—Y decidió no responder.

John sostuvo su mirada sin apartarla.

—Estaba trabajando.

—Eso espero.

Carter comenzó a acercarse despacio, con las manos en los bolsillos del abrigo.

—¿Ha encontrado algo?

John pensó en Reiter. En Hochnebel. En Ana. Y también en todo lo que todavía no entendía.

—Más preguntas que respuestas.

Carter asintió apenas.

—Entiendo. Aun así, espero resultados lo antes posible.

Su mirada se desvió brevemente hacia el acceso a los ascensores antes de regresar a John. Después, le preguntó:

—¿Qué sabe de ella?

John permaneció unos segundos en silencio, procesando la pregunta.

—Manténgame informado, señor Keller.