Ana Bale Capítulo 12 El hombre del lago
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Capítulo 12 El hombre del lago

El parque estaba casi vacío a esa hora.

Un par de corredores. Una mujer con un perro que no le obedecía. El lago a la derecha, quieto y plano como siempre, con esa luz de primera hora que no prometía calor pero si claridad.

John llegó con cinco minutos de antelación y se situó junto a uno de los bancos orientados hacia el agua. Permaneció de pie unos instantes y luego se sentó. Abrió el periódico, que utilizó como cortina para vigilar el momento en que apareciera el doctor Reiter.

Esta vez quería conservar el factor sorpresa.

A las siete en punto, como cada mañana, llegó Reiter.

Lo vio desde lejos, pero no hizo ningún movimiento que pudiera alertarlo.

Heinrich Vossler Reiter caminaba con la regularidad de alguien que llevaba años haciendo exactamente lo mismo.

El mismo horario. El mismo paso. El mismo recorrido bordeando el lago.

Vestía una chaqueta oscura y un suéter de lana gris que apenas conseguía contener el frío de la mañana. Nada en él sugería prisa.

John esperó hasta el último instante y bajó el periódico que le cubría el rostro, permitiendo que el doctor Reiter lo viera. Cuando lo reconoció, no se detuvo. Tampoco cambió de dirección. Siguió caminando hasta quedar a pocos metros de John y solo entonces ralentizó el paso hasta detenerse.

Lo miró con la calma de alguien que esperaba este momento.

—Señor Keller.

—Doctor Reiter. ¿O debería llamarlo doctor Vossler?

El doctor no reaccionó, pese a que John había utilizado su segundo apellido. Miró el lago durante un momento. Luego volvió la vista hacia él.

—¿Cómo me encontró?

—Eso no importa.

—Debería haberlo supuesto. —Reanudó la marcha, más despacio—. Caminemos, si no le importa. No me gustan las conversaciones estáticas.

John lo siguió.

Caminaron durante un trecho en silencio. El lago a su derecha, los árboles sin hojas a su izquierda. El frío de la mañana era seco y constante, del tipo que no molesta si uno se mueve.

—¿Cuánto sabe? —preguntó finalmente el doctor.

—Lo suficiente para haber llegado hasta aquí.

—Eso no me dice nada concreto.

—Fase cero. Doce sujetos. Clausura por irregularidades en el consentimiento informado. —hizo una pausa—. ¿Quiere que continúe?

El doctor no aceleró ni ralentizó el paso, pero algo en su postura cambió levemente: una tensión mínima en los hombros que no estaba antes.

—¿Qué quiere de mí?

—La verdad. No la versión de los registros.

—La verdad es complicada, señor Keller.

—Siempre lo es. Cuéntemela de todas formas.

Caminó en silencio durante unos metros más. John esperó. Había aprendido hace tiempo que la impaciencia era el error más caro que podía cometer en este tipo de conversaciones.

—Mi trabajo empezó como investigación legítima —dijo finalmente, con la voz de alguien que recita algo que ha revisado muchas veces en su cabeza—.

La hipótesis era sólida: si el apego disfuncional tiene base neurológica, puede modularse farmacológicamente.

Reducir el sufrimiento. No eliminar la capacidad de sentir, sino regular su intensidad cuando se vuelve destructiva.

—¿Y los sujetos?

—Voluntarios. Con historial de trauma vincular severo. Personas que habían perdido a alguien de forma traumática y que no habían podido reconstruirse después. —Hizo una pausa—. Al menos eso decían los formularios.

—¿Y la realidad?

Se detuvo un momento frente al agua. La miró como si buscara algo en la superficie.

—La realidad es que algunos de ellos no comprendieron completamente a qué se estaban sometiendo. El protocolo de consentimiento era correcto en la forma. No siempre en el fondo. —Volvió a caminar—. Cuando lo entendí, ya llevábamos dieciocho meses de programa.

—¿Por eso lo clausuró?

—Solicité el cierre, sí. —Una pausa breve—. Pero las razones oficiales y las reales no siempre coinciden.

—¿Cuáles eran las reales?

Se detuvo de nuevo. Esta vez se giró hacia John con la mirada directa de alguien que ha decidido dejar de medir sus palabras.

—Uno de los sujetos tuvo una reacción que no estaba en ningún protocolo. No física. Psicológica. En lugar de reducir su apego disfuncional, el compuesto lo reorientó. Lo convirtió en otra cosa.

—¿En qué?

—En control. La necesidad de vincularse no desapareció. Se transformó en la necesidad de dominar el vínculo. De gestionarlo desde afuera en lugar de sufrirlo desde dentro. Era el resultado más perturbador que había visto. Y el más fascinante, lo cual era en sí mismo un problema.

John procesó eso en silencio.

Pensó en Ana. En la forma en que observaba a las personas como si fueran variables de un experimento. En Apathos, diseñado no para curar el dolor, sino para gestionarlo desde fuera.

—Hábleme de su asistente en el proyecto original. Emilia Bale. ¿Tenía alguna relación con Ana?

Esta vez, la pregunta alteró por un instante la compostura hasta entonces impasible del doctor.

—Era una joven brillante. Sin su aporte, el proyecto no habría sido posible. Al margen del resultado final.

—Aún no me ha dicho si tenía alguna relación con Ana.

El doctor sostuvo su mirada por un instante.

—Me temo que eso tendrá que averiguarlo usted mismo.

—¿Qué intereses tenía la Fundación Vetter en el proyecto que usted dirigió?

Se detuvo en seco.

—¿Qué sabe de la Fundación?

—Lo suficiente para saber que opera con una agenda propia.

Después de otra pausa, durante la cual el doctor pareció sopesar cuánto estaba dispuesto a decir, finalmente habló:

—Trabajan desde las sombras. Siempre lo han hecho. Financian ideas, muchas de ellas cuestionables. Crean estructuras. Colocan personas donde las necesitan.

Guardó silencio un instante.

—Hochnebel no es un simple programa de financiación. Es un instrumento de arquitectura social, uno que tiene intereses gubernamentales detrás.

—Y ahora están detrás de Apathos, por lo que representa —afirmó John.

El doctor asintió levemente.

—Son peligrosos.

—¿La Fundación tiene algo que ver con la muerte de Rüegg?

La pregunta quedó flotando entre ambos.

El doctor no respondió de inmediato. Miró el lago una vez más. Luego se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y reanudó la marcha.

—Rüegg quería detener la fase tres. —Habló despacio—. Había documentado irregularidades que, de hacerse públicas, no solo habrían acabado con Apathos. Habrían expuesto a la Fundación. Habrían expuesto a quienes la financian.

—¿Y a ella? —preguntó John.

Silencio.

—¿Le preocupa algo, doctor?

Reiter siguió caminando unos pasos antes de responder.

—Me inquieta lo que puedan hacer con Apathos. Y con quienes intenten controlarlo o se interpongan en su camino.

—¿Está diciendo que Ana está en peligro?

—Estoy diciendo que Rüegg era un obstáculo y que ya no lo es. —Lo miró—. Y que, cuando alguien deja de ser útil para ciertas personas, los obstáculos se eliminan con una eficiencia que usted y yo preferiríamos no conocer.

—¿Y ahora qué?

—Ya no tengo nada más que decirle. Venga mañana a mi casa, a las diez. Supongo que ya sabe dónde está.

Lo miró un instante antes de añadir:

—Quiero entregarle algo.

Luego reanudó la marcha, sin añadir nada más.

John lo dejó ir. Lo observó alejarse con el mismo paso regular con el que había llegado, como si la conversación hubiera sido un trámite más dentro de su rutina matutina y no la confesión más cargada que había escuchado en años.

Se quedó solo frente al lago.

El agua seguía quieta. La luz había cambiado en los últimos veinte minutos: más alta, más blanca, sin la calidez que nunca terminaba de llegar en invierno.

Pensó en Ana y en la posible conexión con Emilia. En la Fundación. Y, sobre todo, en las palabras del doctor:

«Hochnebel no es un simple programa de financiación. Es un instrumento de arquitectura social…»

Sacó el móvil.

Tenía un mensaje de Ana. Breve, como siempre.

En mi apartamento. 8:00 p.m.