Capítulo 2 El encargo
El consultor no respondió de inmediato. Dejó la bandeja de correos abierta en la pantalla durante cinco minutos exactos.
No por duda. Era su método. Observó el nombre del remitente, la ruta técnica del servidor intermedio, la estructura del mensaje y los archivos adjuntos.
Nada fuera de lugar. Nada que permitiera rastreo directo.
El mensaje fue breve:
Encargo aceptado.
Dejó el portátil e hizo un par de llamadas breves. No volvió al asunto hasta quince minutos después.
Cuando retomó la tarea, la transferencia ya estaba hecha. Una cifra redonda. Limpia. Sin negociación. Sin condiciones. El contratante no había cuestionado el precio. Eso decía más que cualquier contrato.
Observó la pantalla unos segundos más de lo necesario. Sonrió levemente.
Siempre empezaba por lo evidente.
Su primera búsqueda fue sobre Neuraxis: registros mercantiles, movimientos bursátiles, juntas directivas. La compañía había crecido en silencio, adquiriendo pequeñas firmas de neurotecnología aplicada y absorbiendo patentes que apenas habían sido anunciadas.
Innovación cognitiva.
Interfaces neuronales.
Optimización conductual.
Recorrió los informes en silencio.
—Ambiciosos —murmuró.
Continuó revisando los archivos adjuntos. Estados financieros. Contratos. Convenios…
Todo encajaba dentro de lo esperado.
Empezó a revisar los movimientos en la cúpula directiva. Tres renuncias ejecutivas en los últimos nueve meses. Primero, un director financiero dejó el cargo con una cláusula de confidencialidad ampliada.
Luego, el director de investigación y desarrollo, cuyo perfil desapareció de las bases de datos de Recursos Humanos en menos de cuarenta y ocho horas.
El tercer nombre le tomó un momento más encontrarlo. Director de operaciones. La salida estaba registrada, pero el documento de transición había sido archivado con acceso restringido.
Aparte de esos movimientos, no había mucha más información sobre los ejecutivos.
Se recostó ligeramente sobre la silla.
—Extraño… pero no ilegal.
Había visto patrones similares antes. Empresas que crecían demasiado rápido. Estructuras de mando que cambiaban con frecuencia. Ejecutivos que desaparecían del foco público sin demasiado ruido.
En la mayoría de los casos no había conspiraciones. Solo decisiones internas manejadas con discreción. Pero en ocasiones —muy pocas— las preguntas correctas aparecían justo después de algo inesperado.
Como una muerte.
Se incorporó de nuevo frente al portátil.
Comenzó a revisar las autorizaciones en documentos confidenciales de los últimos tres años. Reformas internas. Ajustes en las líneas de mando. Decisiones estratégicas…
La búsqueda arrojó demasiada información. Nada importante.
Acotó el criterio de búsqueda al último año. Entonces un nombre empezó a repetirse.
Ana Bale.
Primero en una autorización menor. Luego en una reforma interna. Después en la aprobación de una reestructuración ejecutiva.
Su firma aparecía en cada documento.
Tomó un papel y anotó:
¿Quién es Ana Bale?
El siguiente paso fue hacer un perfilamiento. La buscó en redes sociales. La búsqueda no produjo resultados. Ana Bale no tenía presencia pública. Al menos no bajo ese nombre.
Probó con variaciones.
Iniciales. Segundo apellido. Antiguas afiliaciones académicas.
Nada.
Ni entrevistas. Ni artículos de opinión. Ni perfiles personales abandonados en alguna red olvidada. Incluso los ejecutivos más discretos tenían una huella digital. Fotografías en congresos. Conferencias grabadas. Comentarios en foros profesionales.
Ana Bale no.
El consultor observó la pantalla unos segundos más.
No era ausencia digital. Era control de exposición. Eso requería tiempo, disciplina… y cierta obsesión por el detalle.
—Curioso…
A continuación, entró al perfil corporativo de la compañía. Revisó fotografías de eventos, ruedas de prensa y material publicitario. Sus apariciones eran escasas, siempre ligeramente apartadas del foco central.
No posaba. No sonreía más de lo necesario. Su mirada no buscaba la cámara; parecía evaluar a quién estaba detrás de ella. En una de las imágenes, la cámara la había captado de perfil.
Hizo zoom en la fotografía.
Se detuvo más de lo necesario.
Había algo en su expresión. No era belleza en el sentido convencional. Era otra cosa. Más precisa. Más fría. Lo bastante para ignorarla.
—Control de exposición…
En ese momento, sonó su celular. Era su contacto. Tenía el reporte que había pedido antes.
—¿Qué tienes?
—No mucho. Psicología en la Universidad de Basilea. Dos años en consultoría estratégica. Después un doctorado en Neurociencia aplicada en Cambridge.
—¿Qué hay de su vida personal? Escándalos, arrestos, amantes… lo que sea.
—Está limpia.
Silencio.
Decidió entonces revisar todo lo relacionado con el dinero. El dinero siempre tenía algo que decir. Empezó por el presupuesto general del último año. Demasiada información. Nada relevante.
Acotó la búsqueda. Filtró por asignación y proyecto.
Entonces lo vio.
“Proyecto Apathos”.
La fase 3 del proyecto triplicaba el presupuesto aprobado por la junta.
Demasiado para pasar desapercibido.
Abrió la carpeta de autorizaciones internas del último trimestre y ordenó los archivos por fecha. En la aprobación del presupuesto inicial aparecían dos nombres:
Ana Bale
Matthias Rüegg
Ese nombre le resultaba familiar. Una búsqueda rápida en internet arrojó la noticia de la reciente muerte del señor Rüegg.
Tamborileó con los dedos sobre el escritorio.
—Matthias Rüegg…
Volvió a los anexos del informe.
Director de cumplimiento.
En teoría, su función era garantizar que la compañía operara dentro de los marcos regulatorios. En la práctica, ese puesto solía significar algo más incómodo: el hombre encargado de hacer las preguntas que nadie quería responder.
Revisó la actividad reciente del ejecutivo dentro de la red interna. Durante las últimas tres semanas, Rüegg había solicitado acceso a varios documentos del proyecto Apathos.
Informes clínicos preliminares.
Ampliaciones presupuestarias.
Protocolos de evaluación conductual.
También había enviado una solicitud de auditoría externa al consejo de administración cinco días antes de su muerte.
Apoyó el mentón en la mano.
—Así que empezaste a mirar donde no debías…
Cerró el archivo y regresó al registro de autorizaciones del proyecto.
En la siguiente ampliación de recursos aparecían los mismos firmantes. En la tercera, solo un nombre permanecía.
Ana Bale.
Entonces revisó las fechas. El documento había sido firmado dos días antes de la muerte del señor Rüegg.
—Interesante…
Guardó silencio unos segundos. Luego extrajo la información en un dispositivo de almacenamiento y apagó el portátil.
No necesitaba más datos por ahora. Necesitaba contexto.
Esa misma tarde compró un pasaje de avión.
Londres–Zúrich.
Solo ida.