Ana Bale Capítulo 1 Intereses ocultos
3%
Ana Bale

Ana Bale

Por Kogo

© inepub.com

Capítulo 1 Intereses ocultos

El amanecer en Zúrich no trajo calidez, sino otra variación más pálida del gris. La niebla envolvía las calles. El aire, como siempre, era gélido, y el silencio casi absoluto, solo era rasgado por el despertar de los primeros tranvías.

Dos agentes uniformados conversaban en voz baja cerca de la rampa mientras los técnicos terminaban de desempacar su equipo. Al verlo llegar, uno de ellos se enderezó.

—Inspector.

Mecier respondió con un leve gesto de cabeza y caminó hacia el vehículo.

El Mercedes negro seguía estacionado junto a la columna C-17, motor apagado, ventanas cerradas y en el interior, el cuerpo de Matthias Rüegg permanecía inclinado hacia un lado. A través del parabrisas se distinguía la palidez de su rostro.

—¿Quién lo encontró? —preguntó Mecier sin apartar la vista del coche.

—Seguridad del edificio. A las 6:12 a.m.

—¿Han movido algo?

—Negativo. Solo apagaron el motor y comprobaron signos vitales.

Se acercó un poco más y observó el interior a través del cristal lateral. El tablero del vehículo estaba apagado, pero el reloj digital del panel seguía iluminado.

5:58.

—¿La puerta estaba cerrada?

—Sí, inspector.

Rodeó el automóvil lentamente. No había señales de violencia: ninguna ventana rota, ningún golpe visible en la carrocería… Nada.

Todo parecía en orden.

Finalmente se detuvo junto a la puerta del pasajero.

A través del vidrio distinguió la guantera ligeramente abierta, apenas unos centímetros. Un sobre sobresalía en su interior.

Frunció el ceño.

—¿Han revisado el interior del vehículo?

—No, inspector. Estamos esperando a criminalística.

Se inclinó un poco más, tratando de leer lo que asomaba entre los papeles, pero desde ese ángulo no lograba distinguir mucho.

Se puso los guantes y abrió la puerta del vehículo.

Echó un vistazo al cadáver. No había signos de violencia. Miró los asientos traseros, tampoco había nada fuera de lugar. Finalmente abrió la guantera.

Dentro había un sobre con el logo de la farmacéutica Neuroaxis AG. Examinó los documentos que contenía: un informe corporativo, varios reportes financieros y algunas notas escritas a mano. Nada más.

Permaneció en silencio unos segundos.

—¿Cámaras? —preguntó finalmente.

—Dos. Una en la entrada del garaje y otra en la zona de ascensores.

—Quiero las grabaciones.

—Sí, señor.

Mecier lo anotó mentalmente.

El reloj.

El motor encendido.

Algo en aquella escena no terminaba de encajar.

La versión que comenzó a circular en los medios indicaba que Matthias Rüegg había sido encontrado dentro de su automóvil, con el motor en marcha. El informe policial señalaba como causa probable de la muerte: intoxicación por monóxido de carbono, provocada por una falla en el sistema de escape.

La noticia sacudió a la prensa financiera.

Algunos portales sensacionalistas fueron más lejos: hablaban de impacto en los mercados, de tensiones internas e incluso de posibles conspiraciones dentro de la compañía.

Para los analistas, sin embargo, la pregunta era otra: qué significaba la muerte repentina de uno de los ejecutivos clave de Neuroaxis.

A las 10:47 a.m., los miembros del consejo de administración de Neuroaxis AG comenzaron a llegar a la sede central para una asamblea extraordinaria.

El edificio estaba rodeado por los medios.

Cámaras, micrófonos y reporteros aguardaban en busca de una primicia, de una declaración, de cualquier cosa que alimentara el morbo de la audiencia.

En los pasillos, los empleados murmuraban sobre la muerte del señor Rüegg y el desplome de las acciones. En la sala de juntas, en cambio, reinaba una calma tensa, casi artificial.

Ana Bale permanecía inmóvil frente al ventanal, observando el lago mientras los demás tomaban asiento a su espalda. En el cristal, su reflejo le devolvía una imagen ligeramente difuminada de sí misma.

Llevaba el cabello oscuro y la piel pálida; una silueta esbelta que parecía cortar el aire al moverse.

Sus labios, definidos y en reposo, guardaban un silencio deliberado.

No llevaba adornos: la ausencia de accesorios acentuaba su postura firme y una belleza gélida, de esas que aceleran el pulso por las razones equivocadas.

A la hora acordada, la reunión comenzó.

—La prensa europea ya está insinuando irregularidades en la fase tres del proyecto —dijo el director financiero, con la voz apenas firme—. Rüegg había solicitado una auditoría independiente la semana pasada.

Un murmullo contenido recorrió la mesa.

—Y eso sin mencionar a los medios sensacionalistas —añadió—, que ya tratan la muerte de Rüegg como si fuera un asesinato.

Ana no dijo nada mientras en la pantalla aparecía el último correo enviado por Matthias Rüegg a las 11:14 p.m. de la noche anterior.

Asunto: “Revisión urgente de los test del proyecto Apathos”.

—Quería suspender las pruebas —continuó el director financiero—. Según él, si los resultados preliminares llegaban a filtrarse, el daño reputacional para la compañía sería considerable.

El director médico carraspeó antes de intervenir.

—Los datos preliminares muestran una reducción del cuarenta y siete por ciento en las conductas obsesivas de los sujetos evaluados en la fase tres.

Algunos asintieron. Era la cifra que figuraba en los comunicados internos. Pero no era la cifra que preocupaba.

La directora jurídica habló sin levantar la vista del portátil.

—También muestran una disminución significativa en la capacidad de vinculación afectiva de los sujetos tratados. Si esa información se filtra, las implicaciones legales para la Compañía serían difíciles de mitigar.

El murmullo creció.

—Estamos hablando de unos pocos casos aislados —añadió el director financiero—. No de la población en general.

Ana escuchaba sin decir nada.

No era la figura más imponente de la mesa. Sin embargo, cuando callaba, la sala parecía reorganizarse a su alrededor. Sostenía la mirada sin desafío ni coqueteo, como si observar fuera una forma de disección. Y esa cualidad resultaba más inquietante que cualquier gesto de arrogancia.

Entonces habló.

—El apego desregulado es la causa primaria de muchas conductas autodestructivas. Si reducimos la dependencia emocional extrema, reducimos también el daño que provoca. El riesgo es asumible. A largo plazo, esto podría beneficiar a millones de personas.

Nadie respondió.

Ben Carter, presidente del fondo inversor, sentado frente a ella, entrelazó las manos antes de hablar.

—Doctora Bale, ¿Existía algún conflicto entre usted y el señor Rüegg?

La sala enmudeció.

—Existían diferencias de criterios.

—¿De qué magnitud?

Hubo una pausa medida.

—Él creía que el apego es una virtud humana. Yo lo considero una vulnerabilidad biológica.

El presidente asintió, sin añadir nada más.

A las 12:02 p.m., la decisión oficial fue unánime: encargar una auditoría externa independiente. Si existía alguna irregularidad en la fase tres del proyecto o en la forma en que se estaban conduciendo las pruebas, querían ser los primeros en saberlo.

No podían permitirse otro escándalo. No con gobiernos observando. No con la Agencia Europea de Medicamentos esperando resultados.

Lo que no quedó registrado en el acta de la asamblea fue que el presidente del fondo ya había activado, por su cuenta, un protocolo distinto.

Cuando la reunión terminó, Ana fue la última en levantarse. No tenía prisa. Caminó hacia la salida y, antes de cruzar la puerta, su teléfono vibró.

Un mensaje. Una sola línea.

Lo leyó sin alterar su gesto.

Tecleó un respuesta.

Por ahora.

A las 2:37, un correo fue enviado a Londres.

Asunto: Evaluación confidencial.

Empresa: Neuraxis AG.

Alcance inicial: Dirección ejecutiva.

Prioridad: Inmediata

El nombre del destinatario no figuraba en registros públicos.