18. Una invitación #2
—No, ¡no lo haré! Pero, necesito saber qué es lo que realmente desea y si sus sentimientos son firmes, pues solo entonces podré aceptar mi destino. Mi futuro está en sus manos, pero lo descubriré muy pronto. Buenos días, señorita Endercott.
Su semblante furioso hizo que los sirvientes se apartaran de su camino, mientras salía de la casa parroquial, subiendo los escalones de dos en dos, gritando para que le entregaran su caballo.
Recorrió la corta distancia hasta Allamont Hall, al galope, provocando que el carro de un granjero que pasaba cayera en una zanja, liberando así a tres lechones.
Siguió cabalgando, mientras los gritos y chillidos se desvanecían en la distancia tras él.
Cuando su caballo se detuvo lentamente frente a la mansión, comenzó a llover con fuerza, lo cual encajaba a la perfección con su estado de ánimo.
Sin embargo, el paseo, la espera del mayordomo, la entrega de su tarjeta y la espera, y luego el ser conducido al salón, a paso solemne, todo esto contribuyó a calmar su temperamento.
Solo encontró a dos de las hermanas menores, en el salón, aunque mandaron llamar a Connie y las demás tuvieron la amabilidad de desaparecer.
Quizás vieron su estado de ánimo reflejado en su rostro.
Connie también lo notó, pues parecía aterrorizada.
De repente, él se sintió como el hombre más cruel y despiadado del mundo. ¿Cómo podía siquiera pensar en engañar a un alma tan dulce e inocente? No podía hacerlo. Ella no era Amy, su incomparable Amy, pero no merecía ser tratada así. Se sentó en un sofá y la atrajo hacia sí, tomándole la mano.
—Señorita Allamont… Connie… —comenzó con el tono más suave imaginable—, le debo una disculpa.
En nuestros últimos encuentros, me he comportado como el peor tipo de marido dictatorial con un sinfín de reglas y exigencias arbitrarias.
La he engañado. Si bien espero que una esposa siempre se esfuerce por el bienestar de su esposo, no espero un régimen tan estricto.
Me avergüenzo profundamente de mi comportamiento.
Debe de pensar que soy el peor de los monstruos, por abusar así de su bondad.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos. —¡Oh! No. Creía que usted era igual que mi padre y que tal vez todos los hombres lo son.
—No, en absoluto. Espero que la mayoría de los hombres sean más amables que eso, y sin duda más amables de lo que yo he sido últimamente.
—Pero, ¿por qué?
Esta era la pregunta obvia, pero no la había previsto.
¿Cómo podía responderle? La honestidad le obligaría a mencionar a Amy, pero no podía hacerlo.
Sería terriblemente cruel confesarle a la mujer con la que estaba a punto de casarse, que la había engañado con la esperanza de quedar libre para casarse con otra.
—No creí que debiéramos estar juntos. —No fue una respuesta completa, pero fue todo lo que él pudo decir.
—Solo se ofreció por mí porque se sentía obligado, ¿no es así?
Le dolía el corazón por ella, quien era tan abierta e inocente. —Eso no significa necesariamente que no estuviera dispuesto.
—¿Es cierto que usted ama a Amy?
—¿Se lo dijo ella?
Connie asintió. Estaba tan pálida, y sus ojos eran tan grandes, mientras lo miraba, que parecía una simple niña.
Él seguía sin poder responderle, y el silencio se prolongó entre ellos. Al cabo de un rato, ella retiró la mano de la suya.
—Se casaría conmigo, si yo quisiera, ¿cierto? —dijo ella con tristeza.
—Por supuesto.
—Pero, usted no me ama.
—El matrimonio se basa en algo más que el amor romántico…
—¡No, no! ¡No digas esas cosas! ¡Tiene que haber amor! Usted no me ama, y yo no estoy segura de si lo amo, ya no —susurrando, añadió—, ni siquiera estoy segura de si alguna vez quiero casarme.
Sintió un vuelco en el corazón, pero le respondió con calma: —Lamentaría mucho pensar que mi abominable descortesía la alejó de la idea misma del matrimonio.
—¡Oh! ¡Oh, no, no fue lo que usted hizo!
—Ella sonrió de repente con el rostro iluminado—.
O mejor dicho, lo que usted hizo fue justo lo que necesitaba.
Me hizo darme cuenta que apenas me había liberado de un hombre que controlaba mi vida, y de repente me encontraba en una situación similar.
Si usted me hubiera tratado con más delicadeza, jamás habría sabido del peligro.
Amy… A Amy le gusta que le digan qué hacer y no tener que decidir nada por sí misma, pero, ¡yo no!
Aunque usted fuera el hombre más amable y gentil del mundo, seguiría controlando mi vida y esperando que lo obedeciera, y…
yo no estoy preparada para eso. Todavía no.
Me gustaría ser yo misma un tiempo, primero.
Quizás algún día encuentre el amor, un amor verdadero que me haga querer casarme.
Pero, usted y yo… No deberíamos ser compatibles, ¿cierto?
—Creo que tiene razón. —Le llevó la mano a los labios—. Perdóneme, Connie.
—Soy yo quien debe pedirle perdón, señor Ambleside. Pero somos amigos, espero, y ahora puede ofrecerse por Amy, si así lo desea.
—¡Gracias! —Tenía la garganta tan ahogada que no pudo decir nada más, aunque su voz era sincera.
Él se puso de pie de un salto, incapaz de esperar un instante más. —¿Dónde está? —preguntó con impaciencia—. ¿En el aula? ¿Practicando música? ¡Ah, pero seguro que está en White House! Últimamente ha estado allí muchísimo.
—¡Oh! ¿No lo sabía? Está con Lady Harriet en Drummoor. Podría estar fuera durante semanas.
Connie salió corriendo a buscar a sus hermanas, dejándolo solo en el salón, consternado. «Drummoor. ¿Dónde está Drummoor?». No tenía ni idea de la dirección, la distancia ni cómo llegar. Tendría que pedirle indicaciones a la condesa viuda. Salió a buscar a su caballo.
Descubrió que el viaje en diligencia duraría dos días, si cambiaba de caballo por el camino, o tres si usaba el suyo propio.
En dos horas, él ya estaba en camino, y no recordaba un viaje menos placentero.
Los retrasos, el alojamiento precario, la comida pobre y los mozos de cuadra, a los que había que gritar y sobornar generosamente para que hicieran su trabajo, la necesidad de preguntar direcciones con frecuencia, todo esto lo exasperaba.
La lluvia incesante lo sacaba de quicio.
Odiaba estar encerrado en el carruaje sin ventilación, con solo su ayuda de cámara como compañía.
Pero lo soportaba lo mejor que podía, con no más de una docena de arrebatos de ira al día, porque cada milla lo acercaba más a Amy y a la alegría de verla sonreír.
¿Le sonreiría al verlo? ¿O lo rechazaría de nuevo? Pero no, pues estaba decidido a que no lo rechazara por segunda vez. Esta vez no aceptaría un «no» por respuesta.
A medida que el carruaje se acercaba a Drummoor, el camino se redujo a poco más que una senda rural, llena de baches y barro.
La última milla o las dos, recorridas a paso de tortuga, pusieron a prueba la paciencia de Ambleside hasta el límite.
Aunque finalmente él llegó, las puertas estaban abiertas, el carruaje entró y se abrió paso entre setos descuidados.
Al llegar a la casa, el carruaje se detuvo y lo primero que vio fue a Amy, de pie en el jardín delantero, a poca distancia, rodeada por un grupo de jóvenes con palas.
Eran jardineros, por supuesto. Naturalmente, ya ella tenía algún proyecto entre sus manos.
Él sonrió para sí mismo, mientras caminaba hacia ella. «¡Tan típico de Amy! Siempre cavando, plantando y organizando equipos de jardineros». No prestó atención a los trabajadores con la mirada fija en su amada.