Amy (Las hijas de Allamont Hall nº 1) 18. Una invitación #3
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18. Una invitación #3

Al principio, ella no lo había visto, pues estaba ocupada señalando el suelo y hablando, sin duda estaba dando instrucciones a los jardineros. Entonces, lo miró y su rostro cambió al instante, perdiendo la compostura. Se llevó las manos a la boca con los ojos muy abiertos. Soltó un pequeño grito.

Durante el largo viaje, él había pensado sin cesar en lo que le diría, pero cuando llegó a su lado y ella lo miró, tan ansiosa y a la vez tan confiada y absolutamente adorable, todos sus discursos cuidadosamente preparados se esfumaron de su mente.

—Connie me ha liberado —dijo, dejando escapar las palabras—. Por fin he venido por usted, querida Amy, y esta vez no me rechazará, porque no acepto negativas, así que se lo advierto. Me casaré con usted aunque tenga que llevarla a la fuerza.

Entonces, incapaz de resistir un segundo más, la estrechó contra sí, en un fuerte abrazo, y la besó apasionadamente, ante los vítores entusiastas de todos los jardineros allí reunidos.

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Amy irradiaba felicidad. Caminaba junto al señor Ambleside con el brazo cómodamente entrelazado con el de él, y de vez en cuando sus pies daban un pequeño saltito, por sí solos, como si no pudieran contener su emoción.

—Cuando usted llegó, tenía mucho miedo que hubiera ocurrido algo terrible —dijo—. Quizás a Connie, o a alguna de las otras, y lo enviaron a buscarme.

Él gimió. —No lo había pensado. Me avergüenza admitir que solo pensé en mí mismo, y en mi egoísta necesidad de usted, sin considerar cómo le parecería mi repentina llegada. Lo siento mucho, mi amor.

—¡Oh! No, no se preocupe. Solo tardé un instante en darme cuenta de lo que pretendía, y todos mis temores se disiparon. —Luego, sonrojándose un poco, añadió—, me gusta mucho que me llame así: «mi amor».

—¿De verdad? —Se detuvo y giró para quedar frente a frente con expresión seria—.

Amy, ¿me diría si tiene la más mínima duda al respecto?

Porque no le he dado mucha opción, ¿cierto?

—suspiró profundamente—. Últimamente he sido terriblemente precipitado, metiéndome en todo sin pensarlo dos veces, y decidido a salirme con la mía.

Me deshice de todos sus pretendientes, en mi arrogancia, porque estaba seguro que usted me aceptaría.

¡Qué presuntuoso fui! Y aquí estoy, haciendo exactamente lo mismo otra vez, irrumpiendo en su vida sin darle un momento para pensar.

Sé que está mal. ¿Podría perdonarme alguna vez?

—Fue muy cruel de su parte interferir así en mis planes de matrimonio —dijo, en voz baja—. Estaba furiosa con usted, entonces. Estoy segura que usted lo hizo con la mejor intención, y que intentaba protegerme de un error terrible, pero aun así no debió haberlo hecho.

—Ahora lo tengo claro. Fui terriblemente autoritario y también fui muy autoritario con Connie.

Me he comportado fatal, lo que me avergüenza profundamente.

Intento controlar mis impulsos, pero últimamente me he descontrolado mucho.

Por suerte, al fin usted me ha hecho entrar en razón.

Jamás la obligaría a casarse contra su voluntad, espero que lo sepa.

Si aún le preocupa la desaprobación de su padre…

—No. No es eso. Usted verá… —dudó. Incluso ahora, qué difícil era pronunciar esas palabras, admitir que su padre no fue lo que aparentaba ser.

Pero había que decirlo—. Ahora entiendo que mi padre no era el hombre de principios que yo creía.

Últimamente lo tengo en muy baja estima.

Mis hermanas y yo le teníamos terror, ahora lo veo, e incluso a mi madre le caía mal.

Dijo que lo odiaba —añadió Amy en voz baja—, y eso no está bien, ¿cierto?

Si una esposa odia a su marido, algo anda mal.

—Pero espero que usted no odie a su marido —replicó él, en tono burlón.

Ella lo miró tímidamente. —Claro que no. ¿Le importaría... le gustaría besarme de nuevo? Porque eso me gustó mucho.

Él accedió con un entusiasmo que le aceleró el corazón y la dejó sin aliento y acalorada. —Querida Amy —le susurró al oído—. Fui un tonto con Connie. Debí haberle hecho caso a mi corazón.

—¡Ay, pobre Connie! ¿Está muy disgustada?

—Aliviada, diría yo. No se sentía muy cómoda en su papel de futura novia.

—Connie siempre ha sido así. Desea lo que no puede tener, y luego, cuando se lo dan, decide que no lo quiere en absoluto.

Mi padre cometió un gran error al ponerle ese nombre, ¡y el de todas nosotras!

Se supone que Connie debe ser constante, pero su mente revolotea como una mariposa.

Belle debería ser hermosa, y yo debería ser amable.

—Y así es usted, querida Amy. La mujer más amable del mundo.

—¡Oh, no! Porque nunca sé qué decir en una conversación, así que no digo nada, lo cual es terriblemente grosero, y cuando me enfado o me preocupo, les contesto bruscamente a las personas.

—Entonces, usted tiene la suerte que yo la cuide, porque me aseguraré que nada la vuelva a perturbar ni a preocupar.

—¡Oh! Eso suena encantador. Usted me cuidará, ¿cierto?

—En efecto, lo haré, por el resto de nuestras vidas, mi amor.

Ella le sonrió y levantó la cara para darle otro beso.

El fin.