Amy (Las hijas de Allamont Hall nº 1) 16. Un plan #3
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16. Un plan #3

Ahora deseaba haber aprovechado mejor su temporada en Londres.

No es que fuera una temporada completa, poco más de un mes, que compartió con Belle, pero era todo el tiempo que la tía Lucy podía dedicarle lejos de su ajetreada vida en Liverpool.

Y era muy curioso que la tía Lucy hubiera viajado desde Liverpool, alquilado una casa y llevado a las chicas de paseo, cuando su madre y su padre no habían ido a Londres, en absoluto, ni entonces ni después.

Ambos habían dicho que odiaban el lugar, y la tía Lucy no tenía hijos, así que: ¿por qué no iba a ir?

Pero la tía Lucy se había enfadado mucho, hubo problemas económicos y, después de eso, la tía Lucy regresó a Liverpool y todas las visitas terminaron.

Ninguna de las hermanas menores había tenido una temporada, como es debido.

Ahora su madre disfrutaba mucho yendo a Londres, pasando semanas enteras allí, y regresando con un rubor tan intenso, que nadie dudaba de lo mucho que le gustaba la capital.

Quizás, entonces, consideraría dedicarles una temporada adecuada a algunas de sus hijas.

O al menos, algunas visitas. Al fin y al cabo, la tía Tilly vivía allí, la hermana de su madre, e incluso si su madre no deseaba ir, podían quedarse con ella.

La hija de un conde debía ser una acompañante y guía perfectamente aceptable para disfrutar de los entretenimientos de la ciudad.

O si no era Londres, tal vez su madre se llevaría una o dos de ellas, la próxima vez que se quedara con su padre o su hermano.

Amy había deseado tantas veces ver Hepplestone o Tambray Hall, pues su madre le había hablado mucho de estas.

Hepplestone incluso aparecía mencionada en un par de guías ilustradas, como una de las casas más elegantes de Inglaterra.

Aquel plan le pareció tan razonable que Amy decidió pedírselo directamente a su madre para que lo organizara. Así pues, esa misma mañana, cuando William regresó del pueblo con el correo del día, ella llevó las cartas y los paquetes de su madre a su salón.

—Tus cartas, mamá. Varias, hoy. Y tres paquetes... Más libros nuevos, creo. ¿Podemos leerlos cuando termines? Porque estoy segura que Belle ha leído todo lo que hay en la colección de mi padre, tres veces.

Lady Sara estaba sentada, en su escritorio, escribiendo una carta, pero la deslizó debajo del secante cuando Amy entró.

—Amy, eres muy entrometida al preguntar qué hay en mi correo. Y si estos son los libros que espero, no te interesarán. Déjalos allí. No me imagino que vayas a traerlos tú misma. Para eso se les paga a los sirvientes. Se vuelven perezosos y descuidados, si tienen poco que hacer.

—Sí, mamá. Te pido disculpas. No lo pensé.

—Nunca piensas, Amy, ese es el problema. Ahora vete.

—Mamá…

Lady Sara dejó la pluma con un suspiro. —¿Qué pasa ahora?

—Mamá, me preguntaba si podrías preguntarle a Lord Harkwood, si me podrían invitar a Hepplestone.

O tal vez el tío Edmund podría invitarme a Tambray Hall.

—Al ver la cara de asombro de su madre, ella continuó apresuradamente—, o la tía Tilly, ya sabes.

Creo que me vendría bien, y tal vez podría conocer a algunos caballeros y… y…

—¡Qué idea tan extraordinaria! Nunca había oído nada igual. Amy, si has ahuyentado a todos tus pretendientes, poco queda por hacer.

—Pero hasta que yo no me case, ninguna de mis hermanas puede. Y conocemos a tan pocos caballeros por aquí. Pensé… —Hizo una reverencia—. Disculpa, mamá, pero pensé que tal vez querrías ayudarme.

Lady Sara giró y miró fijamente a su hija.

—Siempre he cumplido con mi deber para con ustedes.

Me aseguré que, al entrar en la sociedad, estuvieran vestidas correctamente, supieran comportarse y no me deshonraran.

Las he llevado a bailes, cenas y otros eventos nocturnos, y cuando termine nuestro duelo, volveré a hacerlo.

Nadie podría reprocharme que descuidé a mis hijas.

Tienen todas las oportunidades de conocer caballeros adecuados, en nuestra sociedad actual, y su padre las ha dejado muy bien abrigadas, sorprendentemente bien, de hecho.

Ahora les corresponde usar su dote y sus encantos para conseguir una propuesta de matrimonio.

—Papá siempre decía que serías tú quien nos encontraría maridos, pero quizás se equivocaba en ese punto.

—Tu padre se equivocó en muchas cosas.

—¡Oh, no! ¡De ninguna manera! —gritó Amy, antes de poder contenerse.

Lady Sara sonrió, pero sin calidez alguna.

—¡Ah! Amy, ¿crees que tu padre era un santo?

¿Una fuente inagotable de sabiduría y un dechado de virtudes?

Pues bien, puedes desengañarte de esas ideas.

Era un hombrecillo mezquino, vengativo, egoísta y tacaño.

Yo Lo odiaba... Tú y tus hermanas son su descendencia, hechas a su imagen y semejanza, criadas según sus preceptos, no los míos, pues jamás me habría permitido acercarme a ustedes.

Cada vez que las miro, me acuerdo de su padre.

No permitiré que contaminen la pureza de mi familia con la mancha de los Allamont.

Cuanto antes se casen y se vayan de aquí, mejor. Ahora, ¡vete!