16. Un plan #2
Una vez que el señor Ambleside se retiró a su casa para reflexionar sobre su triunfo, las hermanas se reunieron de nuevo, alrededor de la mesa de trabajo, aunque ese día se trabajó poco.
—¡Siempre supe cómo sería! —dijo Dulcie—. ¿Acaso no te lo dije? ¿No te dije desde el principio que él amaba a Connie y a nadie más? —Le lanzó una mirada de reojo a Amy—. Hubo quienes dijeron lo contrario, pero yo lo presentía. ¡Qué feliz serás, Connie!
—Tenemos que preguntarle a mamá sobre la ropa de la boda —sugirió Grace—. Seguro que nuestra hermana necesitará muchísima.
—Hay tiempo de sobra para eso —replicó Belle—. Después de todo, Connie aún no puede casarse. Primero debemos asegurarnos que Amy se establezca. Y luego yo —añadió, en voz baja.
—¡Oh, qué farsa! —dijo Dulcie—. Porque Ambleside debe ser tan rico que la parte de Connie no tiene importancia, así que eso no significa nada.
Las demás protestaron.
—De ninguna manera —aclaró Grace—. Porque si Connie se casa fuera de turno, todas perderemos nuestras dotes, y ¡esto no puede ser! A menos que el señor Ambleside esté tan enamorado que nos compense a cada una con la cantidad completa para que nos casemos, cuanto antes.
Ni siquiera Dulcie, la más incondicional defensora de Connie, podría convencer al señor Ambleside de pagar una suma tan elevada.
—Al menos con un compromiso prolongado, tendrás tiempo para poner en orden Staynlaw House —afirmó Grace, y esto dio pie a otra serie de interesantes especulaciones.
Amy habló poco, pues aunque se alegraba por Connie, no se sentía capaz de demostrarlo.
También le inquietaba lo que le había ocultado a su hermana.
Ella y Belle habían acordado no decir nada sobre las revelaciones del señor Ambleside, respecto a su hija ilegítima, y en aquel momento les pareció la decisión correcta.
Ahora se preguntaba, si debería haber advertido a Connie, pues no sabía si el señor Ambleside le comentó algo al respecto.
Belle no tenía ninguna duda que habían actuado correctamente.
—Ambleside es libre de contarle tanto o tan poco como quiera —dijo—.
Puede que, como sus tratos con papá solo te afectaban a ti, considere que no tiene ninguna obligación de contárselo.
O puede que no quiera hacerlo —añadió con tristeza—, ya que eso te hizo rechazarlo.
Quizás no quiera arriesgarse a otro rechazo, ¡porque imagínate lo humillante que debe ser para un hombre ser rechazado por dos hermanas, una tras otra!
—¿Y qué hay de... cómo me siento? —susurró Amy—. ¿Debería contárselo? Las dos estaban en la cama, con la vela apagada, aunque aún quedaba un poco de luz para ver.
—No debes decir nada, creo —dijo Belle—.
¿Qué se puede ganar con eso? Solo una pelea con Connie, y ninguna de nosotras quiere eso.
¡No! Ambleside está comprometido con Connie, y debemos esforzarnos por alegrarnos por ambos, y hacer todo lo posible para que así sea.
Y tú, querida hermana, debes hablar con el primo James. O buscarte otro marido, si quieres.
—¿Si elijo? ¿Qué opción tengo? ¡Ninguna! Conocemos a tan poca gente, no vamos a ninguna parte y todas las posibilidades probables se han alejado de mí, por una razón u otra. Hasta James…
—¿James? —preguntó Belle con dulzura.
—¿No te has dado cuenta? James viene menos a menudo y me presta menos atención que antes. También lo perderé, ¿y entonces qué voy a hacer? ¡Nadie me quiere!
—¡Querida Amy! Encontrarás marido con el tiempo. Muchas familias están ahora mismo en Londres por estas fechas, pero cuando regresen al campo recibiremos más invitaciones. Una vez que termine nuestro duelo, podremos volver a asistir a los bailes públicos de Brinchester, ¿recuerdas?
—¿Los bailes del Assembly Room? Llevo yendo allí desde siempre, sin recibir ni una sola invitación.
Además, no me gustan mucho los bailes públicos.
Prefiero mil veces ir a una fiesta en una casa, como las que a veces va mamá: Hepplestone, Tambray Hall o incluso Glenbrindle.
¡Me encantaría conocer Escocia! Y sería tan cómodo, ¿no crees?
Estar entre la familia y sus invitados, y no apretujada, en esos salones de baile tan sofocantes con un montón de desconocidos que entran por suscripción.
Belle le sonrió. —A mí tampoco me gustan los bailes, hermana, pero me temo que ningún familiar de mamá nos invitará jamás. La ruptura con papá fue demasiado profunda.
—Entonces, nunca me casaré —dijo Amy entre lágrimas—. Ni Connie tampoco. Hope jamás se casará con el señor Burford. Todas moriremos solteronas.
Amy lloró durante mucho tiempo aquella noche.
Se despertó temprano, con las sienes doloridas y los ojos pesados.
Aún le daba vueltas la cabeza con un sinfín de pensamientos, así que se levantó sigilosamente de la cama, se puso una bata y salió de la habitación sin despertar a Belle.
Los sirvientes ya estaban despiertos, recorriendo la casa con cubos de carbón para limpiar y avivar el fuego, abriendo las cortinas y vaciando los vasos de brandy, a medio llenar.
Amy conocía su rutina, así que pudo pasar desapercibida.
Un estrecho pasillo, que pasaba junto a la guardería convertida ahora en aula, conducía al curvo pasaje que llevaba a la capilla, silenciosa y olvidada sobre las cocinas.
Hubo un tiempo en que había un capellán residente, y la familia no necesitaba ir andando a la iglesia de Lower Brinford.
El padre de Amy había prescindido del capellán, de su generosa pensión y de su aún mayor afición por el cordero y el oporto.
La capilla seguía en pie, poco utilizada, pero aún era un refugio para quienes la necesitaban.
Amy rara vez veía a alguien más rezando, aunque de vez en cuando interrumpía a alguna sirvienta o doncella, que lloraba por alguna ofensa insignificante o imaginaria.
Siempre se levantaban de un salto y salían corriendo al verla llegar.
Hoy la capilla estaba vacía. Amy se sentó en su sitio habitual, y dejó que sus pensamientos dieran vueltas en su cabeza sin control.
Lo que más le preocupaba era la terrible perspectiva de la soltería eterna.
Ella y todas sus hermanas envejecerían, arrugadas y débiles, sin conocer jamás las alegrías del matrimonio.
No tenía muy claro cuáles eran, pues llevar una casa le parecía una tarea imposible, y tener hijos era algo peligroso y aterrador, pero todas las damas deseaban casarse, así que debía ser un estado maravilloso.
De hecho, si hubiera podido casarse con el señor Ambleside, estaba segura que esto habría sido sumamente placentero, pues, ¿acaso no le había dicho que cuidaría de ella y la libraría de toda preocupación?
Pero eso la hizo llorar de nuevo, pues ahora sería Connie quien estaría tan bien cuidada.