10. La condesa #2
Las hermanas menores estaban emocionadísimas por salir.
¡Por fin! Pero Amy le confesó a Belle que estaba un poco nerviosa.
—Estarán todos allí —dijo, jugando con la falda de su vestido—.
Todos nuestros conocidos a la vez. No se espera que bailemos, ¿cierto?
A Lady Graham siempre le gusta invitar a bailar a algunas parejas, ¿saben?
—No, en absoluto —dijo Belle—. No sería del todo inapropiado, supongo, entre nuestros buenos amigos, pero no tienes por qué hacer nada que te incomode. Habrá cartas, supongo.
—Siempre y cuando no haya dinero de por medio —aclaró Amy—. Papá no lo aprobaba.
Numerosos temores atormentaban la mente de Amy, provocándole insomnio por la noche y dejándola abatida durante el día.
«¿Me hablará el señor Ambleside? ¿Estará allí la condesa?
¿O Sir Osborne?». Este sería su primer compromiso nocturno desde la muerte de su padre, cuya ausencia sería muy notoria para ella.
«¿Cómo me las arreglaré sin saber que él, antes me observaba atentamente, y evaluaba su conformidad con los estándares que él mismo había establecido?
¿Cómo seguiré adelante sin su constante atención y guía? ». Esto era terriblemente preocupante.
Aunque al final, cuando llegaron a Graham House, en caravana, con el carruaje más pequeño a la cabeza del gran carruaje, lo primero que vieron fue a la prima Mary bajando de su propio carruaje.
—Bueno, esto es muy agradable —dijo Mary, pasando un brazo por el de Amy y el otro por el de Belle—. No tenía ni idea de estar en la lista de invitados a cenar de Lady Graham, pues juro que nunca me han invitado aquí, más de dos veces en toda mi vida.
—¡Me alegra mucho verte! —exclamó Amy con emoción—. Estaba muy nerviosa por esta noche.
—¿Por qué habrías de estarlo? Por supuesto, es tu primera vez de vuelta a la sociedad. Pero estás entre amigas, querida prima. No tienes de qué preocuparte.
—Gracias, Mary. Me alegra mucho oírte decir eso. Pero, ¿dónde está James? ¿No te acompaña?
Ella balbuceó con alegría: —¡No! No está invitado. Le molestó bastante que yo fuera y él no. Pero supongo que Lady Graham quería tener más damas, de lo contrario yo tampoco estaría aquí, me atrevo a decir.
Para Amy fue un gran consuelo tener a Belle y Mary, a su lado, al entrar en el salón de Sir Matthew y Lady Graham.
Enseguida se comprendió el motivo de la invitación de Mary, pues el hijo y único heredero de los Graham, el señor George Graham, estaba rodeado de un grupo de jóvenes de aspecto igualmente juvenil.
—Ya ven cómo estamos —dijo Lady Graham, sonriendo con cariño a los caballeros—.
Estábamos convencidos que tendríamos la Pascua más tranquila imaginable, cuando, de repente, el chico aparece sin previo aviso, acompañado de cinco amigos de Oxford.
¡Ni una palabra! ¡Qué buena broma! Me imagino que les habría arruinado la sorpresa, si se los hubiera contado.
Él es un verdadero bromista. —Se echó a reír a carcajadas.
Amy sonrió y dijo: —¡Qué gusto para usted!
—Pero en realidad, a ella le parecía una gran falta de consideración traer tantos invitados sin avisar.
Siempre había considerado a George un joven muy errático, que iba de un lado a otro por capricho, sin ninguna regularidad que moderara sus repentinos arrebatos ni firmeza en sus intenciones.
No podía imaginar cómo él se las arreglaría, cuando dejara Oxford.
En medio del bullicio de los demás invitados, Amy no se percató de la llegada del señor Ambleside.
Se sorprendió al verlo de pie, casi a su lado, sonriéndole con tanta dulzura que apenas podía respirar.
¡Era imposible pronunciar una palabra! Él le habló, pero ella no pudo comprender lo que decía.
Para disimular su confusión, le hizo una reverencia, aunque sospechaba que él ya lo había hecho.
—El salón está muy cálido, ¿no le parece, señorita Allamont?
—dijo, como si no hubiera notado nada extraño en ese comportamiento—.
Lady Graham es muy generosa con la calefacción, teniendo en cuenta el clima templado.
Hay una ventana abierta allí, donde quizás haga un poco más de fresco. ¿Puedo acompañarla?
Él le ofreció el brazo, y ella no pudo pensar en otra cosa que tomarlo y dejarse guiar entre la multitud hasta un lugar junto a la ventana.
Hacía fresco con una brisa bastante agradable, y allí permanecieron, mientras el señor Ambleside, muy amablemente, hablaba del tiempo y el estado del puente, en la carretera de Brinchester, y le contaba la historia de un cerdo escapado que, según él, podría entretenerla.
Durante todo ese tiempo, la sujetó firmemente del brazo, con la mano apoyada sobre la de ella, de modo que podía sentir el calor, incluso a través de los guantes, lo cual no la ayudó, en absoluto, a superar su confusión.
Sin embargo, no podía pasar por alto la llegada de la condesa. Todas las miradas se dirigieron hacia ella y la conversación cesó, cuando el mayordomo hizo el anuncio: —La condesa de Varese y Sir Osborne Hardy, Lady Hardy, el señor Merton…
Amy apenas escuchó el resto. Se quedó mirando fijamente, hasta que finalmente la multitud se apartó lo suficiente como para permitirle ver a la condesa, con la cabeza tímidamente baja, apoyada en el brazo de Sir Osborne. A su lado, la sonrisa de Lady Hardy era complaciente.
—¿Usted no se ha enterado? —le preguntó el señor Ambleside, en voz baja—. La condesa se ha convertido en la favorita de Lady Hardy. Actualmente se encuentra en la mansión.