10. La condesa
Amy lloró toda la noche y se despertó con los ojos rojos y estaba exhausta.
Apenas podía ver el texto en latín, que debía traducir para Sir Matthew, y al final él, muy amablemente, le dijo: —Dejaremos esto aquí, Amy, porque hoy usted no se encuentra muy bien.
Puede trabajar en el resto de esta sección, a su ritmo, y podemos comentarla el viernes.
O… —Se detuvo, mirándola brevemente—. Quizás, Amy, podría considerar si desea continuar con nuestras lecciones, ahora que sus hermanas ya no asisten.
Usted sabe que tiene los conocimientos suficientes para trabajar en el tema, por su cuenta, y la señorita Bellows la ayudará.
No podía negarlo. Poco a poco, todas sus hermanas se habían alejado de sus estudios, incluso Belle, de modo que la mayor parte del tiempo, ella se sentaba sola en el aula.
Su padre se horrorizaría al ver la manera frívola, en que las demás pasaban ahora sus días.
Había mañanas enteras, en las que no hacían más que sentarse a charlar, fingiendo trabajar en algún bordado, o bien iban al pueblo a cotillear con sus conocidas y comprar cintas para adornar sombreros.
Amy no se atrevía a abandonar su rutina por completo, aunque ya no era tan estricta con los horarios, pues pasaba mucho tiempo, en el jardín, supervisando la ampliación de los arbustos.
Pero eso no era nada excepcional, pues su padre hubiera aprobado ese ejercicio tan saludable.
—¡Oh! Le pido disculpas, Sir Matthew, le estoy causando muchas molestias.
Eso fue egoísta de mi parte... ¡Para nada, para nada!
Disfruto muchísimo de nuestras lecturas.
Hoy estoy encantada de estar fuera de casa, pues Lady Graham ha decidido que hace buen tiempo para sacudir las alfombras y hay mucho polvo por todas partes.
¡No! No piense que quiero terminar nuestras lecciones.
Si usted quiere continuar, estoy más que dispuesta a ayudarlo, se lo aseguro.
—En ese caso, si está segura que no supone ninguna molestia, me gustaría continuar.
A ella le caía muy bien Sir Matthew. Era un hombre agradable y amable que nunca la reprendía por sus deficiencias. Él se esforzaba mucho, nadie podía negarlo, pero a veces le resultaba muy difícil recordar todas las pronunciaciones del latín.
Tras la partida de Sir Matthew, Amy comenzó a hacer unos cálculos para la señorita Bellows.
Le costaba concentrarse, pues los pensamientos sobre Connie y el señor Ambleside la asaltaban constantemente, y entonces las lágrimas caían sobre el papel y manchaban la tinta.
Finalmente, Amy dejó caer la pluma y se dejó llevar de nuevo por la tristeza.
«¡Pobre Connie!». Ella había malinterpretado al señor Ambleside y se había convencido de su afecto.
De hecho, todas estaban convencidas, ¿no?
La visita a Monkswood, las flores… ¡Qué fácil era pensar que la atención era para Connie!
Y qué apropiado, pues Connie era tan bondadosa, todo lo que era amable.
«¿Qué caballero podría resistirse a ella?
Esto es perfectamente natural. ¡Y el señor Ambleside se había fijado en Connie, en Graham House, y de una manera tan especial!
No es de extrañar que ella haya creído que él la ama».
«¡Qué terrible sería estar tan perdidamente enamorada y descubrir que el objeto del afecto, el hombre que creías que te amaba de verdad, en realidad le ha dedicado su amor a otra!».
¿Cómo podría Amy romperle el corazón a su querida hermana, casándose con el señor Ambleside? Connie se marchitaría, convirtiéndose en una solterona amargada, como la señorita Endercott. Toda la alegría que Amy sentía al estar casada con un hombre tan bondadoso se desvanecería.
«Pero, ¿qué pasará con el señor Ambleside?». Como él está enamorado de Amy, si ella lo rechazara, ¡él sería infeliz! «¿Acaso no hay manera de resolver este embrollo sin que alguien salga perjudicado?». Todo era todo demasiado confuso. Y entonces, las lágrimas brotaron.
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Lady Sara regresó tras pasar un mes entero, en Londres, aunque la estancia pareció sentarle bien, pues sonreía mucho y tenía las mejillas sonrosadas. Todas la felicitaron por su aspecto.
—Tenía un aspecto terrible, ¿no crees? —le confió Amy a Belle—. Antes estaba muy pálida, completamente abrumada por el dolor. Pero, creo que ya empieza a extrañar un poco menos al pobre papá.
—Sí, en efecto —afirmó Belle—. Creo que podemos coincidir en que ya superó lo peor de su duelo. Ahora mismo está muy animada. Lo que sea que haya estado haciendo en Londres, le ha sentado bien.
—No ha hecho más que visitar los almacenes —protestó Amy—.
¡Miren cuántos fardos de tela ha traído!
No entiendo cómo puede estar bien. Yo estaría agotada, se los aseguro.
Y la pobre mamá no habría podido salir para nada, ni ir a la ópera ni a ningún otro sitio interesante.
Supongo que es solo el cambio de aires y el placer de ver a la tía Tilly, después de tanto tiempo.
—Sí, debe ser eso —murmuró Bella.
Sin embargo, la renovada apariencia de Lady Sara pronto quedó relegada a un segundo plano, en la conversación, dando paso a un tema aún más interesante. Al parecer, el señor Ambleside había recibido la visita de alguien, a quien había conocido durante su estancia en el norte.
—¡Qué emocionante! —exclamó Grace—. Conocí a la señorita Endercott, en el pueblo, y me habló de ella.
Es una condesa italiana, una gran heredera, ¿lo pueden creer?
, Acompañada por su chaperona y nada menos que por dos tutores.
Está de gira por Europa, y el señor Ambleside le habló del condado y de todos sus encantos, ¡así que aquí está!
Se aloja en el Royal Oak de Brinchester.
—Espero que no se lleve al señor Ambleside —dijo Dulcie con vehemencia—. A Connie se le rompería el corazón.
—El señor Ambleside ya ha expresado su preferencia —dijo Belle, frunciendo el ceño—. Además, debemos suponer que sabe lo que quiere, y que no es tan inconstante como sugiere ese comentario.
—No es nada inconstante —indicó Dulcie con aire de suficiencia—. Mientras Amy no lo involucre, Connie estará a salvo.
Connie sonrió con satisfacción, y las damas retomaron la conversación sobre la condesa.
Amy guardó silencio. Todo era tan desconcertante.
No podía haber malinterpretado al señor Ambleside, pues era muy estricto con el tema.
«He estado enamorado de usted, desde siempre».
Esas fueron sus palabras exactas. ¡Era imposible malinterpretar lo que él quería decir!
Y había pedido su mano tres veces, hasta que su padre le dejó claro que no podía tener éxito y él se marchó con el corazón roto. «¡Pobre señor Ambleside!».
No obstante, Dulcie estaba tan segura que él sentía afecto por Connie, y era evidente que se equivocaba.
Belle había intentado, en más de una ocasión convencer tanto a Dulcie como a Connie que los sentimientos del señor Ambleside eran otros, pero ellas se negaban rotundamente, y la sola idea angustiaba tanto a Connie, que Belle había desistido de intentarlo.
Poco después, las hermanas conocieron a la condesa, pues el propio señor Ambleside la llevó de visita a Allamont Hall.
—Tengo el gran placer de presentarle a la condesa los encantos de nuestro vecindario —dijo—. Ella está realmente encantada con los bosques de los alrededores.
Resultaba difícil determinar hasta qué punto ella estaba encantada, pues no pronunció palabra alguna, durante toda la visita.
Permanecía sentada, con la mirada baja, velada y medio oculta por el ala de un sombrero extravagante, que seguramente era de estilo extranjero.
Susurraba con frecuencia a su acompañante, quien traducía con un fuerte acento, pero incluso cuando las chicas practicaron su italiano para dirigirse a ella directamente, no respondía, limitándose a murmurar, y a dirigirse a la acompañante con voz melosa.
El señor Ambleside estaba muy ocupado con la condesa, ya fuera hablando con ella, a través de su acompañante, o comentando sobre ella con Lady Sara.
Por consiguiente, no le dirigió la palabra a Amy más allá de las preguntas habituales sobre su salud.
Ella no sabía si sentirse aliviada o decepcionada por esto.
Tampoco le dijo nada a Connie, y Amy tampoco sabía qué pensar al respecto.
Estaba muy confundida. Su mayor alivio fue que el señor Ambleside había dicho que no le enviaría sus atenciones formales hasta que terminara su duelo.
Tenía varios meses en los que no tendría que pensar en asuntos tan complicados.
En cuanto a la condesa, a Amy no le gustaba pensar mal de ninguna amiga del señor Ambleside, pero no podía soportarla en absoluto.
—Creo que es tímida —dijo Belle, una vez que sus interlocutores se marcharon—. Me parece muy tierno que se ponga tan nerviosa en compañía.
—Quizás ese carácter tranquilo sea admirado en Italia —sugirió Hope.
—¡Pues me parece que ella es muy maleducada! —espetó Grace—. No habló en absoluto, ni siquiera cuando usamos su idioma; esto no es nada civilizado. ¿No estás de acuerdo, mamá?
—Quizás la condesa no tenía nada que decir —dijo Lady Sara con languidez—. Voy a subir a descansar, chicas. Si vienen más visitas, díganles que estoy demasiado cansada para recibir a nadie.
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Unos días después, con sus nuevos vestidos de medio luto, ya preparados, las hermanas recibieron su primera invitación a cenar, de parte de Sir Matthew y Lady Graham.
Las cenas de Lady Graham eran famosas por ser eventos muy multitudinarios, a los que se invitaba a todas las personas importantes del vecindario.
—¿De qué sirve tener una mesa tan grande en casa, si no la usamos de vez en cuando? —se la oía decir esto con frecuencia.
A lo que su marido respondía invariablemente: —No habría sido tan grande, querida, si no lo hubieras mandado a hacer especialmente con muchísimos puestos adicionales. —Y ambos se reían de tan buen chiste.