Amy (Las hijas de Allamont Hall nº 1) 8. Una confesión #3
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8. Una confesión #3

Él aceptó esa señal e hizo un par de jugadas, al azar. —No me esperaba encontrarlo, en casa, en un día tan bonito —expresó Ambleside.

—Me pregunto si usted se ha molestado en venir, en ese caso... —dijo el amigo de Hardy con su habitual lacónica expresión.

Hardy se rió, como si este fuera el mejor chiste. —¡Daniel es tan gracioso! Me entretiene muchísimo.

—Puedo creerlo perfectamente.

—Es cierto, habíamos pensado ir a visitar a mi madre y a mis hermanas, porque hace muchísimo tiempo que no salimos. Pero Daniel se sentía un poco indispuesto esta mañana, y pensamos que era mejor no arriesgarnos. ¿Eh, Daniel? Así que aquí estamos. Digo, Ambleside, ¡aprovechemos!

Ambleside y Hardy nunca fueron especialmente amigos, a pesar de tener propiedades muy cerca y frecuentar los mismos lugares. A Ambleside le parecía que Hardy era demasiado apático, poco activo y demasiado elegante.

Luego estaba su amigo. El señor Daniel Merton era, en su opinión, el peor tipo de parásito, que se había aprovechado de un conocido rico y se había vuelto indispensable.

Si Hardy necesitaba un amigo, tenía suficientes primos para ese rol, o cualquier cantidad de compinches de su mismo rango.

Merton era un hombre moreno y hosco, de piel cetrina y cabello lacio.

Vestía bien, sin duda a costa de su amigo, pero sin gusto ni estilo.

Tras mover un par de bolas más por la mesa, Ambleside pensó que era el momento de abordar el tema de su visita.

—¿Es cierto, Hardy, ese rumor que está circulando? ¿Que usted está a punto de comprometerte con la señorita Allamont?

Hardy dejó escapar un suspiro dramático.

—Mi madre está obsesionada con esa idea, y ya usted sabe cómo son las mujeres, Ambleside, cuando se les mete algo en la cabeza.

No la sueltan, pase lo que pase... Siempre le ha echado el ojo a la señorita Allamont, la verdad, pero el padre...

¡Menudo hombre! Mi madre se lo sugirió una vez, y él...

Bueno, mi madre dijo que nunca había oído semejante lenguaje, menos de un caballero.

Él fue muy grosero con ella, en verdad. Pero, ahora...

—¡Exacto! Entonces, ¿ya está decidido? ¿Cuándo debo felicitarlo, Hardy?

—¡Oh, no! Para empezar, la chica sigue de luto. Ni siquiera le he hablado, ¿usted sabe? Pero supongo que tendré que hacerlo. Como que no hay nada que hacer...

Ambleside se movió alrededor de la mesa de billar y lanzó algunos tiros. La siguiente pregunta debía ser muy informal. —Pero, ¿le gusta mucho, supongo?

—Por mucho que me gusten todas —dijo Hardy con tristeza—. Ella no es peor que las demás. Pero es la decisión de mi madre, ¿usted sabe? Esto no es asunto mío.

—Es muy idónea —dijo Merton—. Proviene de una familia antigua y muy respetable, incluso sin título nobiliario. Y ahora tiene suficiente dinero como para mejorar su propia fortuna, Ozzy.

—Eso es cierto, y ella es tímida como un ratoncito. Hará todo lo que mi madre le diga, ¿usted sabe?

Ambleside lo sabía. ¡Qué vida le esperaba a la pobre Amy, como Lady Hardy, constantemente sometida a la condesa viuda, con su marido absorto en este amigo, e indiferente ante el bienestar de ella!

No era de extrañar que Lady Hardy se interesara por Amy, pues, ¿qué mejor que una esposa que jamás la rivalizaría en la vida de su hijo?

No, no podía condenarla a ella, a un destino tan terrible.

—Pero, usted no tiene por qué hacerlo —sugirió Ambleside—. Usted tiene el control absoluto de sus propiedades y su fortuna, Hardy... Usted puede hacer lo que quiera.

—¿Si? Si usted piensa así, no conoce a mi madre. No me dejará en paz hasta que haga lo que ella quiere. ¡Siempre lo hace! Es mucho más fácil hacerlo enseguida. Así me ahorro un montón de problemas.

—Además, usted tiene que casarse algún día —añadió Merton—, no tiene sentido posponer lo inevitable.

—Cierto, cierto. Supongo que debo hacerlo. Aunque siempre esperé tener algunos años más. Hacer ese viaje a Italia del que hablamos, ¿eh, Danny? Ver el mundo, antes de tener que montar mi guardería, ¿usted sabe?

Ambleside registró más impresiones, en su mente, reflexionando sobre ello.

—Lo que usted necesita, Hardy, es una distracción, una dama a la que pueda cortejar sin…

riesgo, por así decirlo. Alguien lo suficientemente dócil como para complacer a Lady Hardy, aunque lo suficientemente independiente como para no atarlo.

Una heredera, tal vez, con propiedades en el norte; no, mejor aún, en Italia.

Viñedos, probablemente, cerca de Roma o Verona.

Sí, eso funcionaría... Usted estaría de gira por Inglaterra, pero luego tendría que volver a Roma.

O a Verona, da igual. Así que, naturalmente, tendría que seguirla para pedirle matrimonio.

Así usted haría su gira, ¿lo ve? Lady Hardy no podría estar disgustada con el plan.

Hardy lo miró confundido, pero Merton se echó a reír. —¿Una heredera italiana? Sin duda, ¡esto sería perfecto! ¡Maravilloso! ... Pero, ¿dónde se puede encontrar a alguien así?

Ambleside dijo: —¿Usted sabe? Creo que podría complacerlo. —Él comenzó a reírse.