Amy (Las hijas de Allamont Hall nº 1) 8. Una confesión #2
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8. Una confesión #2

Belle, su amiga más leal, no se sorprendió en absoluto al enterarse que el señor Ambleside estaba enamorado de ella, y que llevaba años enamorado.

—Nunca vi esa preferencia por Connie de la que Dulcie está tan segura, ¿y acaso no lo dije?

Le repetí muchas veces que él era igual de atento con el resto de nosotras, y quizás incluso más contigo. Pero, ella no quiso saber nada.

Sobre la hija secreta, ella suspiró: —No es raro.

Pero Ambleside ha actuado bien, ¿no crees?

Reconoció su error y se aseguró que ni la chica ni la niña sufrieran las consecuencias.

Me atrevo a decir que, de no ser por eso, la niña habría ido a parar a un orfanato o con algún pariente pobre, y no habría tenido vida alguna.

En cambio, ahora tiene un futuro modesto, aunque respetable.

¡Lo admiro por eso! Él demostró tener una gran integridad.

—¡Oh! ¿De verdad lo crees? —dijo Amy, animándose.

—Sí. Pero, debo reconocer que nuestro padre no queda bien parado en esta triste historia.

Amy tomó la manta entre sus dedos. —Me preguntaba —dijo con vacilación—. Si tal vez el señor Ambleside no habría malinterpretado un poco a papá, porque no puedo creer que dijera cosas tan terribles de él.

—Bueno, ahí discrepamos —señaló Belle con brusquedad—. Papá no siempre fue el hombre más fácil de tratar, hermana... Una vez que se le metía una idea en la cabeza… En fin, da igual. La cuestión ahora es qué les diremos a las demás. Sobre todo a Connie.

—¿Tenemos que decirles algo?

—Sí, creo que debemos hacerlo. Connie no puede seguir imaginando que Ambleside está enamorado de ella. Ahora debe renunciar a cualquier pretensión sobre él, porque es tuyo… Si lo quieres, por supuesto. ¿Lo quieres, Amy?

—No estoy segura —dijo con una voz que apenas era un susurro—. No sé qué pensar.

—Bueno, en ese caso, por ahora no digamos nada.

Al fin y al cabo, no te está presionando para que le des una respuesta.

Últimamente Connie no lo ha mencionado mucho, así que quizás esté perdiendo el interés.

Pero, si volviera a hablar de él con más vehemencia, debemos advertirle, con la mayor amabilidad posible.

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Tras despedirse de Amy, Ambleside montó a caballo y se dirigió directamente a casa, olvidando por completo que tenía intención de visitar a Lady Sara por la mañana.

Sus pensamientos eran un torbellino de preocupaciones.

No había tenido la menor idea de hablar con tanta intimidad con Amy, pero al encontrarse a solas con ella, y al ver cómo la conversación tomaba ese rumbo, su determinación se había desmoronado.

Maldijo su impulsividad, que le había causado tantos problemas, en el pasado, y que seguía siendo su pecado capital.

Siempre pretendía ser comedido y ajustarse a todas las normas de decoro, pero él era tan débil cuando se trataba de Amy.

Por eso se había alejado de ella por completo, durante dos años.

Ahora debía esperar que ella pudiera pasar por alto su error de juicio juvenil, por grave que fuera.

Había vivido con las consecuencias, durante la mitad de su vida, y se desesperaría, si ahora esto ensombreciera el resto de su vida, privándolo de la mujer de sus sueños.

¿Cuántas veces había deseado haber seguido el consejo de su padre y haber enviado a Martha lejos?

Esa familia se habría hecho cargo de ella y la niña, y él podría haberles enviado dinero de vez en cuando.

Pero no, eso no habría bastado. La culpa era suya, y era justo que pagara las consecuencias.

¡Si tan solo hubiera nacido con título nobiliario!

Si fuera conde, o incluso un humilde baronet, una hija natural no suscitaría comentarios desfavorables.

Sin embargo, el señor Ambleside de Staynlaw House debía comportarse mejor o recibir el oprobio de la buena sociedad.

Su vida desde aquel desafortunado suceso se había desarrollado con el mayor decoro, incluso por encima del nivel común de la sociedad, en la que se desenvolvía, pero él aún vivía con el temor de ser descubierto.

Hasta el momento, su secreto no se había hecho público, pero estaba seguro que se hablaba de esto. Y no podía ser de otra manera...

Ahora él debía esperar que Amy volviera a reintegrarse en la sociedad, pues no podía hablarle, mientras ella estuviera de luto.

Había esperado años, así que unos meses más no eran importantes, y al menos, ya le había declarado sus intenciones.

Debía esperar que otros posibles pretendientes fueran igual de meticulosos.

Sabía que había quienes pensaban que seis meses de luto eran suficientes para un padre, y que después de eso, los deudos podrían retomar su vida normal sin preocupaciones.

Él no compartía esa opinión. Necesitaba un año entero, antes de poder hablarle formalmente a Amy.

Tendría que asegurarse que ningún otro pretendiente se le acercara, antes de este tiempo.

No obstante, él tendría que ser cuidadoso con la hermana menor...

¿Cómo se llamaba? ¿Connie? ¿Constance? No recordaba haber hablado con ella.

Suponía que sí, pues había evitado meticulosamente prestarle demasiada atención a Amy.

Una vez se había sentado junto a Belle, pues esos rasgos eran demasiado distintivos como para confundirlos...

¡Qué doloroso es ser la fea, en una familia de bellezas!

Aunque normalmente ella estaba absorta en un libro, y a él no le gustaba molestarla.

Las otras hermanas le resultaban completamente intercambiables, solo eran un grupo de señoritas con vestidos idénticos, rostros, peinados y sonrisas idénticas, y solía elegir a una al azar.

¿Era posible que, sin querer, hubiera prestado especial atención a Constance?

Quizás sí, y sus cumplidos a Amy se habían malinterpretado.

Debía tener el mayor cuidado en el futuro.

No convenía generar expectativas que no pudiera cumplir.

Había un asunto que aún lo angustiaba: ¡Sir Osborne Hardy!

Aunque todavía no se había comprometido con Amy, él podría estar a punto de hacerlo, y esto era inaceptable.

No quería rivales en su cortejo. ¿Cuáles eran las intenciones de Hardy?

Ambleside debería averiguarlo de inmediato.

Así fue como, apenas media hora después de entrar en su casa, decidió marcharse, para desesperación de sus mozos de cuadra, que apenas habían terminado de desensillar a su caballo, y ahora debieron ensillarlo de nuevo al instante.

Cabalgó directamente hasta Brinford Manor, y antes de llegar a la mitad del camino, empezó a darse cuenta que era muy improbable que Hardy estuviera en casa.

Era un día espléndido sin riesgo de lluvias, y los caminos estaban casi libres de barro.

Era el día perfecto para pasear por el campo, en carruaje, e ir de visita.

Sin embargo, una vez en camino, y sin ganas de quedarse en casa lamentándose, continuó su viaje y se alegró al descubrir, a su llegada a la mansión, que las damas no estaban, aunque el amo sí se encontraba en casa.

Hardy y su amigo golpeaban las bolas de billar de forma desganada, aunque levantaron la vista con evidente placer, cuando anunciaron el partido contra Ambleside.

—¡Ambleside! ¡Qué amable de su parte venir! —dijo Hardy—. Estamos aburridos y vamos a morir aquí, así que usted será justo lo que necesitamos para animarnos. ¿Nos acompaña?