Amy (Las hijas de Allamont Hall nº 1) 7. Un paseo por el jardín #3
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7. Un paseo por el jardín #3

Las pequeñas pero constantes mejoras del tiempo permitieron a Amy escaparse de casa de vez en cuando.

El jardín era su dominio predilecto, y su proyecto de ampliar la arboleda iba viento en popa.

Un día, mientras daba instrucciones a los jardineros sobre cómo cavar, el señor Ambleside entró a caballo por la verja, y comenzó a subir por el camino de entrada.

Al ver a Amy, desmontó y, dejando a uno de los ayudantes sujetando su caballo, se acercó por el césped hacia ella.

—¡Señorita Allamont! ¡Qué gusto verla tan dedicada a sus proyectos de jardinería! Sin duda, es un proyecto ambicioso. ¿Podría explicarme sus planes?

—¡Oh! Por supuesto, si le interesa.

—Estoy muy interesado. Espero convencerla pronto que ponga su talento al servicio de mi propiedad. Pero, primero necesito saber qué tiene usted en mente. ¿Este nuevo terreno se convertirá en un nuevo parterre de flores?

—No, no. Este será el sendero. Una vez excavado y nivelado, y con los bordes colocados, se cubrirá de grava.

Desde aquí se alejará de la casa y serpenteará colina abajo hasta el lago, antes de regresar a la gruta para comenzar el camino de vuelta, pasando por la casita del hielo, y luego encontrándose con los arbustos viejos.

Pondré rododendros, a lo largo de todo el sendero, los más altos atrás y los más bajos adelante, y luego plantaré por debajo…

Bueno, ¡aún no lo he decidido! Y junto al lago…

Ella siguió parloteando sin darse cuenta que, mientras hablaba, seguían la ruta prevista cuesta abajo, hasta que estuvieron completamente fuera de la vista de los jardineros, en el césped de arriba. Solo entonces, al ver que estaban completamente solos, su voz flaqueó y se sonrojó con tristeza.

—Le pido disculpas, señor. Me estoy dejando llevar por el entusiasmo de mis planes y olvido que lo estoy entreteniendo. Supongo que usted querrá entrar en la casa.

—En absoluto —dijo él con galantería—. Me han entretenido muchísimo sus vívidas descripciones.

Pude visualizarlo todo, en mi mente, tomando forma incluso mientras usted hablaba.

No me cabe duda que tendrá éxito, en su empresa, y el resultado será todo lo que pueda imaginar.

Todo será maravilloso, estoy completamente seguro.

Ella se apartó de él, confundida por la efusividad de esos elogios. —¡Qué tonterías dice usted, señor! —exclamó, antes de poder contenerse. Al instante, ella deseó no haberlas dicho. Pero antes de poder disculparse, lo oyó riéndose y lo miró con asombro.

—¡Ah, señorita Allamont! Olvido que no le gustan los halagos.

Le pido disculpas por incomodarla, y más aún, puesto que veo que estamos completamente solos...

—Se detuvo—. Por lo tanto, debo arriesgarme a disgustarla aún más al contarle que he oído un rumor muy inquietante.

Se dice, y apenas encuentro las palabras, porque es increíble, que usted está comprometida en secreto con Sir Osborne Hardy... Dígame, se lo ruego, ¿es cierto?

Sin importar lo que Amy esperara que él dijera, esas palabras la sumieron en la mayor confusión. ¿Cómo podría responder? Ella misma apenas conocía la verdad del asunto.

—Señor… Casi no sé qué decir.

—Un «sí» o un «no» sería una respuesta adecuada. Pero, usted parece consciente de esto. ¡Ah! —Su voz se apagó bruscamente—. Entonces, creo que ya tengo mi respuesta.

Era algo extraño, pero por mucha incertidumbre que la invadiera y por mucho que no quisiera hablar del tema con nadie, una parte de ella no quería que se hiciera una idea equivocada. Sentía con mucha fuerza que él no debía irse, creyendo que ella se había comprometido en matrimonio con Sir Osborne.

—¡No estoy comprometida! —exclamó con furia—. Creo que Lady Hardy podría imaginar que existe… un acuerdo, pero, ¡no es así!

—¿Así que usted todavía no lo ha aceptado?

—¡No! En absoluto.

—Bueno... Porque usted... ¡No debe hacerlo! Él no le conviene en absoluto, usted debe darse cuenta. Sería intolerable para usted... No, ¡no podría quedarme de brazos cruzados y verla casada con ese hombre!

Amy estaba atónita. ¡El señor Ambleside hablaba con tanta vehemencia, incluso con tanta ira, sin tener derecho alguno!

—Señor, usted no debería hablarme así. Con quién me case no es asunto suyo. Usted no es mi padre.

—¡No, por supuesto que no! —Él parecía ofendido, ante esa idea—. Pero, cualquiera puede ver lo desafortunada que sería esa unión. Mi querida señorita Allamont, le ruego que rechace esa propuesta.

—Pues sí, lo haré, si alguna vez me lo propone —dijo con sarcasmo.

—¡Oh! —El rostro del hombre se iluminó—. ¿Entonces él no le ha hablado de esto?

—No. Su madre vino, habló en acertijos y se marchó, y no entiendo muy bien qué quiso decirme. Pero Sir Osborne... Él nunca me ha hecho ninguna propuesta. Nadie me ha hecho ninguna propuesta —concluyó ella con tristeza.

—Eso es completamente falso. —Su voz era la más suave que cualquiera pudiera imaginar.

—Perdone que lo contradiga, señor Ambleside, pero es imposible que usted lo sepa.

—Por supuesto que sí puedo, pues me he ofrecido por usted, tres veces. —Su voz era casi un susurro—. ¿Usted no lo sabía?