Amy (Las hijas de Allamont Hall nº 1) 7. Un paseo por el jardín
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7. Un paseo por el jardín

Los oscuros días de invierno quedaron atrás.

La Navidad fue un acontecimiento sombrío sin cena ni baile formales que alegraran la melancolía.

Muchos de sus vecinos se habían ido a Londres, o a visitar a parientes adinerados, en vastas fincas, o tenían sus propias casas llenas de alegres primos, tías y niños, y por lo tanto, ellos estaban demasiado ocupados, divirtiéndose como para caminar penosamente por el barro para visitar a las damas de Allamont Hall.

Amy solo podía imaginar la alegría de la que estaba excluida. No echaba de menos los bailes, aunque sus hermanas suspiraban por su ausencia, pero las cenas, las veladas agradables con música y cartas y poca conversación, eso sí que lo lamentaba profundamente.

El señor Ambleside seguía visitándola con frecuencia, sin importarle el mal tiempo, pero Amy sabía que no debía pensar en él.

Venía por Connie, y si a veces hablaba con Amy, era simplemente por amabilidad.

Era muy agradable hablar con él, y siempre la hacía sentir, como si fuera la única persona en el mundo con la que quería estar en ese momento, pero ella sabía que esa era solo la naturaleza amable de ese hombre. No significaba nada.

La familia de Willowbye era otra de sus visitas habituales.

James era quien más los visitaba, pero Mary también venía a menudo, y Amy se alegraba de verla.

Cuando Mark y Hugo volvieron a casa por las vacaciones de Navidad, toda la familia se quedó en la mansión, durante varios días, y entonces, por fin, sucedieron las animadas veladas.

Amy y Belle siempre se alegraban de ver a Mary, su amiga íntima.

Siempre que su trabajo se lo permitía, la llevaban a su habitación para conversar tranquilamente, lejos de las miradas indiscretas de los miembros más jóvenes de la familia.

Era de esperar que el tema que más les interesaba fuera la posibilidad que Amy encontrara marido.

—¿Te tienta James? —preguntó Mary, en tono burlón—. Es más joven que tú, sin duda, pero al menos no estará en la vejez, cuando tú aún seas joven. Está decidido a conquistarte.

—O al menos a una de nosotras —replicó Amy—. No creo que me tenga especial aprecio. Seguro que preferiría casarse con Belle.

James era muy atento, por supuesto, y, a pesar que a ella no le caía bien, podía ser una compañía agradable. Tenía que admitir que era halagador tener a un pretendiente revoloteando a su alrededor. Pero sus atenciones no eran por afecto, ella lo sabía muy bien.

Una vez, Amy entró en el salón, y lo encontró enfrascado en una conversación con Belle, y él dijo alegremente: —¡Ah, aquí estás, prima!

Pero no he estado ocioso, mientras te esperaba.

He estado hablando con cariño con Belle, porque ya sabes, si no me quieres a mí, ella me servirá igual de bien. De todas formas, conseguiré el Hall.

—¿Lo aceptarías, Belle? —preguntó Mary.

—Quizás, si nadie más se ofrece —respondió Belle—.

¡La biblioteca de Willowbye sería un gran incentivo!

En cuanto a James, estoy segura que tiene muchas buenas cualidades, aunque no creo que tenga una forma de pensar muy clara sobre asuntos importantes.

Ha estado un poco inquieto, pero casarse con la mujer adecuada le vendría bien.

—Nuestro padre también espera que encuentre un trabajo estable —dijo Mary—. Ha estado muy ocioso desde que decidió no volver a Oxford, así que ahora pasará tiempo con el señor Whittle, aprendiendo sobre agricultura. Si le gusta, podrá ayudar a administrar la finca.

—¿Agricultura? —preguntó Belle—. Eso no se parece en nada a James. No le gustará nada ensuciarse los pantalones con barro.

—Hasta ahora ha sido sorprendentemente diligente —aclaró Mary—. Empezó de manera informal, el otoño pasado, y ahora esto es algo habitual, acordado entre nuestro padre y el señor Whittle. Quizás se convierta en un agricultor. Pero, ¿qué opinas, Amy? ¿Qué te parece?

—¡No me cae nada bien! —dijo Amy—. Lamento decirlo de tu hermano, Mary. Sé lo encantador que es, pero no puedo olvidar cómo nos atormentaba a todas, cuando era un niño.

—Me alegra oírte decir eso, porque no sería una buena pareja para ti en absoluto —lo reconoció Mary—. Tu dote se esfumaría enseguida. No tenemos ni un penique, ¿sabes? Estoy ahorrando constantemente, y puede que el año que viene nos quedemos con un solo lacayo.

—Quizás entonces deberías reducir un poco tu establo —dijo Belle con una sonrisa.

—¿Qué? ¿Dejar ir a alguno de los caballos? Prefiero morirme de hambre, y te aseguro que nuestro padre y James piensan exactamente lo mismo que yo al respecto.

Amy se rió. —¡Claro que lo creo! Puede que James no me quiera, pero adora a sus caballos. Creo que eso es una virtud en un hombre. Verás, estoy decidida a encontrarle algo bueno, porque al final tendré que casarme con él, si no encuentro a nadie más. Y no tiene malos hábitos, que yo sepa.

La sonrisa de Mary se desvaneció. Luego, con vacilación, dijo: —Tiene encanto, es cierto. Pero él no es estable, prima. Estoy convencida que no sería un buen marido para ti.

—¡Oh! La inestabilidad en un hombre… Eso es muy malo, ¿no? —replicó Amy sin tener la menor idea de lo que ella quería decir con eso.

Mary le dio una palmadita tranquilizadora en la mano. —No te preocupes por James. Hablemos de ejemplares más prometedores, pues, según tengo entendido, tienes toda una lista de candidatos.

—¡Pero ninguno de ellos me sirve! —exclamó Amy.

—¡Tonterías! —expresó Mary con brusquedad—. Sir Osborne... Ese sí que sería un buen partido para cualquier mujer. Y si no lo quieres, yo estaría encantada de quedármelo. Tiene dinero y título, ¡y en cuanto a su aspecto! Es un orgullo para su sastre y su ayuda de cámara.

—Además viene con su madre, sus dos hermanas solteras y su buen amigo, el señor Merton —añadió Belle—, nunca faltarían cuatro para jugar a las cartas. ¿Te gustaría un arreglo así?

—¡Oh! No me interesa eso —indicó Mary con firmeza—.

Pues todo hombre tiene una madre, y a menudo también hermanos y hermanas.

Una mujer difícilmente puede esperar tener la fortuna de casarse con un huérfano e hijo único.

Y el señor Merton... Creo que es un buen hombre, que siempre se preocupa por el bienestar de Sir Osborne.

Me conmueve que Sir Osborne cuide tan bien de su amigo.

Pero, solo tengo unos cientos de libras, así que no puedo aspirar a tanto.

Habría probado suerte con el señor Burford, si Hope no se me hubiera adelantado.

Quizás debería intentarlo con el señor Wyatt de Higher Brinford.

Por supuesto, él tiene cuarenta y cinco años, es bastante corpulento y padece sordera, pero no puedo darme el lujo de ser exigente en mi situación, ¿sabes?

—¿Por qué eres tan poco ambiciosa? —preguntó Belle de inmediato—. ¿Por qué no apartas la vista del cura y te atreves a contemplar al propio clérigo? El señor Sidderfin apenas supera los cincuenta años y se conserva extraordinariamente bien para su edad. La gota apenas le causa molestias.

Después de esto, no cabía ninguna discusión seria, ya que las jóvenes recorrieron varios pueblos, buscando marido para Mary entre los hombres menos probables.

Amy no le había contado a nadie su temor que Lady Hardy la considerara prácticamente comprometida con Sir Osborne.

Por supuesto, tuvo que dar alguna explicación sobre la reunión en la biblioteca, pues sus hermanas estaban llenas de preguntas, convencidas que Su Señoría le había transmitido algún mensaje privado de su hijo, o bien quería averiguar la naturaleza exacta de la dote de Amy.

Aunque Amy solo dijo que Su Señoría había hablado largo y tendido sobre la infancia de Sir Osborne y luego se había marchado.

Era la pura verdad, pero ella se sentía incómoda, como si las estuviera engañando.

Pero, ¿qué podía decirles? Ella misma no tenía claro el propósito de la visita de Lady Hardy, y qué ridícula se vería, si hablaba de un compromiso, y al final resultaba que no era nada.

De hecho, ella estaba casi convencida que lo había entendido todo mal.

Su madre dijo con serenidad: —Supongo que Lady Hardy quería hablar conmigo sobre algún asunto, y al no encontrarme disponible, te trató a ti, Amy. Como la mayor, debes esperar estas atenciones. Fue muy amable de su parte, sin duda, pues no tenía ningún motivo para hablarte de la forma habitual.

Tras reflexionar, Amy pensó que esta era una explicación tan válida, como cualquier otra.

Una vez que la familia Willowbye regresó a casa, las damas Allamont retomaron sus actividades habituales.

O al menos, algunas de ellas. Amy y Belle siguieron al pie de la letra la rutina que su padre les había impuesto, dedicando cada hora al estudio.

Pero las más jóvenes eran más despreocupadas, y Amy se vio obligada a reprenderlas.

—¡Tonterías! —exclamó Grace—. Seguiré con mi tapiz, y cuando mejore el tiempo sacaré mi cuaderno de bocetos y mi caballete, pues son actividades entretenidas y útiles. Pero, ¿griego? ¿Qué sentido tiene eso?

—Pero, papá decía que…

—Papá ya no está aquí, Amy. Ya no estamos obligados a hacer lo que él nos decía.

Amy se quedó sin palabras, ante tanta obstinación.

Sin embargo, si sus hermanas no le hacían caso, seguro que harían caso a su madre.

Fue directamente al nuevo salón de Lady Sara, una antigua sala de invitados, ahora ampliada y reformada con espléndido gusto y muebles traídos de Londres.

Allí ella pasaba gran parte del día, sentada en un elegante escritorio, escribiendo cartas a sus numerosos parientes, o recostada en una chaise longue con un libro.

—Sí, ¿qué pasa, Amy? —Marcó cuidadosamente la página donde se encontraba, antes de cerrar el libro y dejarlo sobre la mesa.

Amy hizo una reverencia. —Mamá, me gustaría que les enseñaras a los demás la importancia de tener un trabajo bien hecho. No están estudiando como deberían, y Grace, en particular, se está volviendo muy rebelde y maleducada.