Amy (Las hijas de Allamont Hall nº 1) 6. Una propuesta #2
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6. Una propuesta #2

—Lady Hardy es todo consideración —murmuró—. Su cariño hacia mí es incomparable. No puedo imaginar cómo podría seguir adelante sin su guía.

Aunque a partir de ese entonces, ella se esforzó por asistir a la iglesia y, ocasionalmente, acompañaba a sus hijas en sus visitas por el vecindario.

Amy no esperaba volver a ver a Sir Osborne ni a su madre, en mucho tiempo, ya que las dos familias no se visitaban con frecuencia, y los Hardy tenían su propia capilla para quedarse en casa los domingos.

Para su asombro, Lady Hardy se dignó a visitar la iglesia de Lower Brinford, el domingo siguiente, provocando que el señor Burford tartamudeara nerviosamente y dejando incluso al señor Endercott con dificultades para expresarse con claridad.

La presencia de dos damas de la nobleza les nubló la capacidad de formar frases coherentes.

Al salir de la iglesia, Lady Sara sonrió amablemente a Lady Hardy, y ambas intercambiaron comentarios secos sobre el tiempo, durante un par de minutos.

Amy permanecía tímidamente, detrás de su madre, con los pies juntos y las manos entrelazadas, delante de ella, esperando no tener que hablar.

Mejor aún, tal vez Su Señoría ni siquiera se percatara de su presencia.

Sin embargo, Lady Hardy lo notó todo. Sus ojos recorrieron a Amy de pies a cabeza. —Mmm. Buenos días, señorita Allamont.

—Buenos días, milady —dijo Amy, haciendo una reverencia. Para cuando se levantó, Lady Hardy ya había dado la vuelta y se estaba despidiendo del señor Endercott, que movía la cabeza de arriba abajo, como un pollo.

—¿Qué hace ella aquí? —susurró Belle al oído de Amy—. Nunca la había visto por aquí.

—¡Silencio! —siseó Amy, agitada—. Sabes que a papá no le gusta que hablemos los domingos, a menos que nos dirijamos a él.

Belle parecía dispuesta a decir algo más, pero en vez de eso, se calmó y asintió. Era el turno de Grace y Hope de ir en el carruaje con su madre, así que las demás hermanas Allamont caminaron a casa sin pronunciar palabra, en todo el camino.

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Al cabo de dos días, poco después del desayuno, Amy estaba en la sala de música practicando con el arpa. A lo largo de los años había probado varios instrumentos, sin llegar a dominar ninguno, pero su padre había insistido en que toda jovencita debía tocar, así que ella siguió esforzándose.

Tras un breve golpe en la puerta, apareció Young, el mayordomo.

—Disculpe, señorita, pero Lady Hardy está aquí.

—¡Oh! —Su desconcierto era absoluto—. ¿Qué se puede hacer? Me atrevo a decir que mi madre aún no está vestida.

—No sé nada de eso, señorita, pero es a usted a quien Lady Hardy está solicitando.

—¿A mí? —Amy se levantó de un salto, agitada, y tiró el atril—. ¿Solo a mí?

—Sí, señorita. Me he tomado la libertad de acompañar a Su Señoría a la biblioteca.

—La biblioteca... Sí. ¿Está encendida la chimenea? —Él asintió y ella continuó—, bien... La biblioteca... Pero... Lady Hardy.

Al verla paralizada por el terror, el mayordomo le abrió la puerta amablemente, y entonces, a ella no le quedó más remedio que salir con la cabeza bien alta.

Temblorosa de miedo, Amy bajó las escaleras sigilosamente. «¿Qué quiere Lady Hardy de mí? ¿No puede esperar a que llegue mi madre? ¿No?». Difícilmente ella podía dejar a la viuda de un baronet esperando, mientras su madre se ponía el vestido.

En el pasillo, ella volvió a quedarse paralizada. Pero allí estaba Young, siempre dispuesto a ayudarla, abriéndole la puerta de la biblioteca.

—Señorita Allamont, milady —anunció.

Entonces, la puerta se cerró tras ella con un clic, y Amy se quedó a solas con la madre de Sir Osborne.

Lady Hardy estaba sentada en el sillón del padre de Amy, junto a la chimenea; las enormes alas de cuero la empequeñecían, mientras que a su padre lo había llenado cómodamente.

¡Qué incongruente era ver la delgada figura de Lady Hardy, sentada allí, como una niña tratando de ocupar el lugar de un hombre adulto!

Estaba tan delgada y con su abrigo morado parecía una rama de ruibarbo.

Ella miró a Amy de arriba abajo, quien no supo discernir si ese juicio era favorable o desfavorable.

—Acérquese, muchacha. No se quede junto a la puerta, como si quisiera huir.

¡Pero sí que quería escaparse! Si tan solo pudiera.

Si tan solo su madre estuviera con ella.

O Belle, quien era tan sensata, que sabría exactamente qué decir.

Aunque, obedientemente ella cruzó la habitación para colocarse frente a Lady Hardy, tal como lo había hecho tantas veces frente a su padre, recitando griego, latín o francés, o un fragmento de la Biblia o de Shakespeare.

Hizo una reverencia y luego se puso en la posición correcta, con los pies juntos y las manos entrelazadas frente a ella.

—Bueno, supongo que ya sabe lo que me trae aquí, ¿eh?

—No, milady.

—¡Ah! Me gusta eso. Un poco de disimulo no viene mal.

Pero creo que podemos hablar con franqueza.

Usted sabe que mi hijo es un chico delicado, no apto para actividades extenuantes.

Su salud siempre me ha preocupado, desde que era un bebé.

Ni siquiera me atreví a contratar una nodriza, por miedo a la contaminación o la negligencia.

Y, en efecto, mi propia salud se resintió terriblemente, y desde entonces he padecido multitud de dolencias.

Pero, no me quejo, pues una madre debe hacer todo lo posible por asegurar la buena salud de su hijo, y me alegra decir que mis esfuerzos han dado frutos con creces...

Mire en qué joven tan fuerte y robusto se ha convertido.

Es muy gratificante, aunque no me atrevo a bajar la guardia ni un instante.

Todos mis esfuerzos podrían echarse a perder, en un solo momento de descuido.

Con un poco de lluvia, aparentemente tan inofensiva, una constitución delicada puede resfriarse y debilitarse.

Amy conocía muy bien esta verdad. Su padre parecía tan sano y fuerte, pero un simple resfriado se había convertido en algo mucho peor en cuestión de días. Bajó la cabeza, recordando esto.

Lady Hardy pareció no percatarse, pues continuó: —No solo debo esforzarme por cuidar la salud de Osborne.

Su padre era anciano, cuando él nació, y su salud empeoró casi antes que el niño usara pantalones.

Por lo tanto, la falta de influencia masculina en la vida de Osborne pudo haber sido desastrosa.

Una vez más, tuve que esforzarme al máximo para suplir esa carencia, y me halaga pensar que mis esfuerzos no fueron del todo en vano.

Amy se preguntaba si su visitante haría alguna pausa para respirar, pero parecía capaz de seguir hablando indefinidamente.

Al menos, eso la liberaba de la necesidad de conversar, lo cual era un alivio.

No tenía ni idea por qué Lady Hardy le hablaba así, pero esto era muy inofensivo.

Ella solo rememoraba la infancia de Sir Osborne.

—Ahora que su padre ha alcanzado el merecido descanso —siguió Lady Hardy—, me veo obligada a perseverar en mis esfuerzos por ser padre y madre para mi pobre hijo.

Su situación es tal que necesita un ambiente muy particular: una rutina estable y cómoda, nada que lo altere ni le cause la menor inquietud.

Y ese es ahora mi mayor deseo: verlo feliz y tranquilo.

Una existencia apacible, eso es lo que necesita, y eso es lo que me propongo brindarle. Estoy segura que usted me entiende.

Amy no la entendía en absoluto, pero Lady Hardy no esperaba respuesta, pues se levantó de su silla.

—Me alegra mucho que hayamos tenido esta conversación, señorita Allamont, para que todo quede claro entre nosotras.

Por supuesto, no puede haber nada oficial, al menos no hasta la primavera, cuando comience su período de luto parcial, pero sé que puedo confiar en su discreción.

Así que, hija, es bueno que nos entendamos.

Lady Hardy le dio una palmadita afable, en una mejilla, y salió de la habitación, dejando a Amy paralizada por la sorpresa frente a la silla de su padre.

Amy no estaba del todo segura de lo que había sucedido, pero tenía la terrible sensación que, de alguna manera incomprensible, ahora estaba comprometida con Sir Osborne Hardy.