5. Sir Osborne Hardy #2
Parecía que Sir Osborne tampoco tenía nada que decir, así que permanecieron en silencio, durante unos minutos, y Amy pudo observar el salón.
Nadie la miraba, pues todos estaban absortos en sus propias conversaciones, y tuvo tiempo para recomponerse.
Recordó el nombre de Daniel que él había mencionado antes.
El señor Daniel Merton era un amigo que Sir Osborne había conseguido, durante su breve estancia en la escuela, un joven de origen humilde, pero sin pretensiones, que llevaba ya algunos años viviendo en Brinford Manor.
Los dos eran inseparables, por lo general, aunque no hoy.
Amy se lamió los labios y levantó la cabeza con vacilación. —¿Su amigo, el señor Merton, se encuentra bien? —preguntó.
El rostro de Sir Osborne se iluminó de placer.
—¡Qué amable de su parte preguntar, señorita Allamont!
Le estoy muy agradecido. ¡No! Daniel no está nada bien hoy.
Tiene un pequeño resfriado, nada grave, pero es tan susceptible que le dije, prácticamente le ordené, si usted quiere saberlo, que se quedara en la cama hoy.
Confío en que se recuperará, esta noche, porque le aseguro que mi casa está terriblemente aburrida sin él.
Terriblemente aburrida, en efecto. Rodeada de enaguas, señorita Allamont, completamente rodeada.
Mi madre y mis hermanas son una compañía aceptable, pero no es lo mismo, para nada lo mismo.
Un hombre necesita un compañero varón de vez en cuando.
Amy no tenía ni idea de cómo responder, pero él no parecía esperarlo, y siguió hablando durante un buen rato sobre Daniel: —¡Qué inteligente y culto es, qué ingenioso! Es la personificación de la elegancia en su vestir. Es tan admirado, en la ciudad, que no hay nadie como él.
Amy sonrió, asintió y exclamó: —¡Oh! —Lo dijo dos veces—. ¿De verdad? —Esto si lo expresó una vez, lo cual fue suficiente para que Sir Osborne se fijara en ella.
El afecto de este hombre por su amigo era muy agradable, y por un momento ella casi le cayó bien. Había tenido algunos encuentros desafortunados con Sir Osborne, en el pasado, pero hoy él era todo amabilidad. Al menos no tenía que pensar en qué decirle. ¡Qué alivio!
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En todo momento, desde Staynlaw House hasta White House, el señor Ambleside mantuvo su firme decisión de no hablar con Amy.
O al menos, se decía a sí mismo con convicción, no exclusivamente.
No sería apropiado ser demasiado insistente, cuando ella aún estaba sumida en un profundo duelo, y no se atrevía a arriesgarse a ser censurado por la más mínima falta de decoro.
Él, más que nadie, debía comportarse de forma impecable.
Él aún no había decidido con cuál de las otras hermanas conversaría.
Belle era la más sensata, pero solía estar absorta leyendo alguna de las nuevas novelas o una revista.
En Allamont Hall no veían nada parecido, de eso no cabía duda, y no quería privarla de ese placer.
A él le daba igual. Podía hablar con cualquiera de las más jóvenes, aunque en su mente se confundían un poco, con sus vestidos y peinados idénticos. Nunca lograba recordar quién era quién.
Estaba seguro que estarían allí, pues visitaban a Lady Humbleforth el mismo día y a la misma hora todas las semanas sin falta. Solo la enfermedad o el mal tiempo las disuadían. Las hijas de Allamont Hall estaban completamente atadas a la rutina.
Así que, cuando el mayordomo de Lady Humbleforth, incluso mayor que ella, lo condujo al salón, no le sorprendió en absoluto ver a Amy allí.
No obstante, se indignó al verla enfrascada en una conversación con aquel paradigma de la moda, Sir Osborne Hardy.
El hombre era un auténtico dandi, con sus sedas y brocados y su cabello peinado con esa sofisticación que parece descuidada, pero que en realidad requiere horas de trabajo.
Un necio pretencioso y ostentoso, y allí estaba él, con la cabeza inclinada hacia Amy, hablando con la mayor animación, mientras ella lo miraba con placer.
Enseguida, su resolución se esfumó. No deseaba nada más en el mundo que sentarse junto a Amy, y apartarle el hermoso rostro de aquel hombre petulante. Sin embargo, esto era imposible. Hardy se sentó a un lado de Amy, y su madre al otro.
El señor Ambleside forzó una expresión de placer, mientras se acercaba a la condesa viuda y pronunció las palabras apropiadas.
Ella estaba hablando con la hermana de Sir Osborne, en ese momento, así que se mostró amable con su acompañante, la señorita Durrell, durante unos minutos, con la esperanza que Hardy o su madre se marcharan.
No fue así, y empezó a darse cuenta que una de las señoritas Allamont lo saludaba desde el otro lado del salón.
¿Pero cuál era? ¿Y qué podía querer de él?
Volteó hacia la señorita Durrell. —Me estaba contando sobre el resfriado que padeció, señorita, y lo que dijo el señor Torrington.
Ella soltó una risita. —Es usted muy bueno, señor, pero mire... le espera una compañía aún más encantadora. ¿Ve? La señorita Dulcie está tratando de llamar su atención.
«¡Dulcie! Por supuesto. Y otra hermana, cerca, está absorta en una revista de moda». Eso no sería nada fuera de lo común, y tal vez él mantendría su propósito, mientras esperaba la oportunidad de sentarse junto a Amy.
Así que se sentó entre Dulcie y la otra hermana, cuyo nombre no recordaba, aunque ella, muy amablemente, dejó a un lado su diario para hablar con él.
No tenía ni idea de lo que le decía. Ella hablaba más o menos al azar y sus ojos vagaban con frecuencia por la habitación hacia donde Sir Osborne seguía captando la atención de Amy de una manera muy particular.
Se contuvo durante varios minutos. Al cabo de un rato, inesperadamente Amy levantó la vista y lo vio. «¿Veo una sonrisa temblorosa en esos labios? ¡Y esos ojos... tan expresivos! ¿Me están llamando?». Él juraba que así era.
Sin pensarlo dos veces, se levantó de un salto y cruzó el salón, en tres zancadas. —Me sorprende verlo fuera tan tarde hoy, Hardy.
Sir Osborne replicó: —¿Qué es esto, Ambleside? ¿Por qué yo no debería estar aquí?
—Pues, por la lluvia, claro. Las apariencias engañan, y aunque ahora todo está en calma, creo que se avecina una buena tormenta. ¡Mucha lluvia! Seguro que no querrá estar a la intemperie. Recuerdo su disgusto, cuando su carruaje se atascó en Hog's Lane.
—¡Por supuesto que no! ¡Qué amable de su parte, señor, al avisarme! ... ¿Me oyes, madre? Va a llover y tenemos que irnos, antes que se convierta todo en barro, ¿sabes?
—¿Lluvia? ¡Ay! Tenemos que darnos prisa, Osborne... Clarissa, ven conmigo, cariño. Nos vamos.
Fue algo demasiado sencillo como para expresarlo con palabras, y entre el bullicio, las exclamaciones y las despedidas, el señor Ambleside se deslizó triunfalmente en la silla, junto a Amy.