Amy (Las hijas de Allamont Hall nº 1) 2. La lista
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2. La lista

Cuando por fin, Amy tuvo tiempo de reflexionar sobre su situación, ella contempló su nueva condición con horror.

Después de tanto tiempo, justo cuando se había resignado a la soltería, su tranquila vida se veía truncada.

El testamento de su padre no le dejaba otra opción que casarse, y rápido, por el bien de sus hermanas.

No sabía cómo hacerlo, aunque aceptaba que era su deber hacerlo cuanto antes.

Y Grace, al parecer, estaba decidida a empujarla a este mundo, quisiera o no.

Se vería obligada a aparentar en sociedad y a participar en todo lo detestable.

Tendría conversaciones difíciles con desconocidos, el rostro adolorido de tanto sonreír por cortesía y bailes...

Pero no, al menos de eso se libraría. Nada de bailar, mientras estuviera de luto.

En cierto modo, esa restricción era afortunada.

Nunca había brillado en los bailes. Las veladas de conversación tranquila con amigas, las partidas de cartas o escuchar a Dulcie tocar; esos eran sus placeres.

Ojalá ella se hubiera enamorado, como las demás chicas, y hubiera encontrado un caballero, que compartiera sus mismos gustos, un hombre al que pudiera respetar y querer, y al que pudiera entregarle la mano con alegría.

Entonces, no le habría costado nada dejar a sus hermanas, su hogar y su querido jardín.

Para su desgracia, esto nunca sucedió. Había tenido suficientes pretendientes, durante los años que llevaba afuera.

Dos o tres en su primera temporada, y varios más después.

Sin embargo, ninguno había perdurado. Al principio, ellos sonreían, se mostraban melindrosos y se apresuraban a pedir su mano en los bailes, con una insistencia tal que ella perdía la paciencia. Luego, simplemente desaparecían.

Esto era de esperarse, pues, ¿qué tenía ella para atraer a un hombre?

No era guapa, como Connie o Hope. Aunque sus rasgos eran mejores que los de Belle.

«¡Pobre Belle!», pero aun así, nunca se había considerado una belleza.

No tenía la vivacidad de Grace ni el sólido sentido común de Belle.

No tocaba tan bien como Dulcie ni bordaba como Hope.

La pintura y la conversación en italiano estaban fuera de su alcance.

Le faltaban muchas habilidades. Así que no era de extrañar que ninguno de sus posibles pretendientes se hubiera quedado, a su lado.

De alguna manera, esto no la había decepcionado profundamente.

Al contrario, siempre había sido un alivio volver a su vida tranquila, y su padre nunca la había regañado por no encontrar un marido.

No obstante, ahora todo había cambiado. Su padre mismo había hecho necesario que se casara, y naturalmente ella obedecería sus deseos.

¿Acaso no le había dicho siempre que una hija debía obedecer a su padre en todo?

Su padre siempre había velado por su bienestar, como siempre, pero esta perspectiva era aterradora.

Ahora tenía diecisiete mil libras para ofrecer, y sus hermanas harían todo lo posible por ayudarla a encontrar marido, pues ellas mismas no podían casarse hasta que ella lo hiciera.

Amy se decía a sí misma que debía ser muy valiente y hacer todo lo que estuviera en sus manos para conseguir un esposo, pues estaba decidida a no interponerse en el camino de sus hermanas.

—Soy hija de Allamont Hall —se recordó a sí misma, alzando la barbilla—. Puedo hacerlo, porque papá lo desea y mis hermanas dependen de mí. ¡Lo haré!

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Grace no perdió el tiempo y elaboró una lista de posibles pretendientes para Amy.

Cada noche, antes de acostarse, las hermanas se reunían en la habitación, que compartían Amy y Belle, supuestamente para rezar, pero en realidad era para peinarse, cotillear y susurrar, durante media hora.

La primera noche después de conocer el contenido del testamento, Grace había traído papel y tinta.

—Ahora, hermanas —dijo, acomodándose en la mesita, junto a la ventana, y mojando la pluma en la tinta—. Empecemos. ¿Quiénes son los hombres solteros que conocemos? Una vez que tenga sus nombres en orden, podremos considerar la mejor manera de acercarnos a alguno de ellos.

—Grace, ojalá no fueras tan… tan entrometida —reiteró Amy con enfado—. ¡Ay! Eso está muy apretado, Belle. ¡Ay, por qué no podemos tener el pelo rizado sin tanto esfuerzo, como mamá!

—Tienes la atención de mamá, Amy, y con eso bastará —afirmó Belle—. Confieso que me inclino por la opinión de Amy. Deberíamos dejar que nuestra madre nos guíe, o esperar a que un hombre nos elija. Los caballeros siempre saben mejor que nadie lo que quieren.

—¡Oh, dices tantas tonterías! —exclamó Grace—. A los caballeros hay que guiarlos por el hocico, como al toro del señor Garmin.

—Además —dijo Dulcie—. No podemos esperar a que un caballero se enamore de Amy. Eso podría tardar una eternidad... Connie, quédate quieta, o nunca podré ponerte estas cosas en el pelo.

Amy se sonrojó, pero antes de que pudiera responder, Belle le puso una mano suave en el brazo. —Dulcie, eso es muy cruel, incluso para ti. No tienes en cuenta la sociedad limitada en la que vivimos.

—Al menos Amy y tú tuvieron una temporada como debe ser —dijo Dulcie con tristeza—. Ella ha tenido más oportunidades que nosotras de conocer caballeros. ¿Cómo vamos a encontrar maridos, si no vamos a ningún lado?

—Hope es la más joven, y miren qué rápido se ganó al señor Burford —respondió Grace.

—No considero que ser asistente de un vicario sea un gran triunfo —dijo Amy de inmediato.

—¡Hermanas! —exclamó Bella—. Esto no es propio de ustedes. Grace, ¿no empezarás a hacer tu lista, antes que se te acabe la pluma?

Grace se puso manos a la obra con rapidez. —Los primos deben ser los primeros —declaró, deteniéndose en cada nombre mientras escribía. «James. Mark. Hugo».

—¡De verdad! —espetó Amy—. No estoy tan desesperada como para decir eso.

—Hugo solo tiene dieciséis años —protestó Belle.

—Son todos unos auténticos monstruos —afirmó Dulcie—. Nos tiran bolas de nieve y nos meten ranas en la cama.

—Eso fue hace mucho tiempo, hermana —dijo Grace—.

¡Ay! Me he manchado el vestido de tinta.

Esta pluma es de muy mala calidad. —Intentó limpiar la mancha con un pañuelo, pero sin mucho éxito, antes de desistir—.

Espero que los primos ya hayan superado esas travesuras.

No, seguro que están en la lista. Son muy elegibles y podrían heredar.

Amy haría bien en casarse con uno de ellos, porque así se quedaría con la mansión, ¿sabes?

¿Quién más? ¡Por supuesto, el marqués de Carrbridge!

Las hermanas gimieron al unísono. El sobrino nieto y heredero de la condesa viuda de Humbleforth había sido esperado con ansias en el vecindario, pero temporada tras temporada pasaba sin rastro de él.

—El mítico marqués de Carrbridge —dijo Hope—. Él no vendrá.

Grace negó con la cabeza, agitando la pluma para que las gotas de tinta salpicaran el papel. —Es el hombre más codiciado de todo el condado, así que debe estar incluido. Aunque es cierto que no vendrá solo por Amy, ¿saben? El siguiente es el señor Wills.

Varias de las hermanas exclamaron horrorizadas.

—¡Está tan gordo! —manifestó Dulcie—. ¡Él es horrible!

Amy se estremeció, incapaz de encontrar palabras para expresar su repugnancia.

—Debemos considerar todas las posibilidades —insistió Grace con firmeza—. Tiene una casa muy agradable y unos ingresos considerables. Estoy segura de haber oído a mamá decir que vive muy bien.

—Tres mil al año, como mínimo —dijo Belle—. Más que suficiente para una familia, pero...

—¿Lo ves? —dijo Grace—. Es perfectamente apto.

—Pero, ¡gordo! —repitió Dulcie.

—Sí, sí, pero debemos ser prácticas —dijo Grace alegremente—.

Estaremos de luto durante meses. Eso limita las posibilidades.

Y... debemos aceptar lo que podamos, para que Hope pueda casarse con el señor Burford, antes que sea una solterona tan vieja y marchita, como la señorita Endercott.

—Todas se estremecieron—. Ahora... Sir Osborne Hardy.

Un título y una mansión magnífica. Estarías muy a gusto allí, Amy.

Las hermanas mostraron su desaprobación con menos vehemencia. Sir Osborne sin duda sería un buen partido.

—No me cae bien —aclaró Amy, haciendo una mueca—.

Se preocupa demasiado por su ropa. No es propio de un caballero.

Estoy segura que papá nunca se preocupó tanto por su vestimenta.

Un par de veces también criticó mi vestido, diciéndome que debería usar mangas más cortas o un volante de encaje o algo así.

Me pareció muy grosero, y además, papá era quien decidía qué ponernos, y si papá lo aprobaba, ¿qué podía significar la opinión de Sir Osborne?

Así que no me cae nada bien. Y… y creo que yo tampoco le caigo muy bien.

Lo insulté una vez y no me volvió a hablar durante dos años.

Hope jadeó. —¡Amy! ¿Qué le dijiste? ¡Debió ser algo terrible!

—Sí, así fue. Me preguntó si no admiraba su chaleco, y como no supe qué responder, le dije que lo hacía parecer una rana.

Era verde, ¿saben? Y sí, le hacía parecer una rana.

Así que no creo que quiera casarse conmigo, en absoluto, porque le encantan los chalecos verdes.

Y yo tampoco quiero casarme con él. Ni con nadie de la lista.

Hope suspiró profundamente. Grace le dio una palmadita tranquilizadora, en la mano, a Amy, dejando una mancha de tinta. —No son tan malos, estoy segura. Solo tienes que decidirte por uno, y estoy convencida que te gustará muchísimo.

—No creo que sea así, hermana —dijo Belle—. No se debe obligar a Amy a casarse con un hombre que le desagrada.

—¿Pero qué será de nosotras, entonces? —se lamentó Hope—. Si a Amy no le gusta ninguno de sus pretendientes, todas moriremos solteronas, y piensen en el espectáculo tan lamentable que daremos. El mundo entero se reirá de nosotras.

—Eres demasiado pesimista —respondió Belle—. ¿Tienes algún otro nombre para nosotros, Grace?

—Solo el señor Ambleside, pero…