Amores que Duelen FRAGMENTO POÉTICO
92%

FRAGMENTO POÉTICO

Hay amores que son borradores eternos, puertas que se quedan entornadas hasta que el polvo las sella. Hay quien vive de casi hasta que el casi se muere de viejo. Y a veces, lo que más duele es todo lo que nunca llegó

a pasar.

Los que se llevaron cicatrices (que no quisieron curarse) El mapa de las batallas perdidas

Dicen que el tiempo lo cura todo. Mienten. El tiempo no cura, lo que hace es convertir las heridas abiertas en cicatrices. Y algunos amores, los jodidos, te dejan un mapa entero de ellas en el alma, en la piel, en la forma de mirar el mundo.

Ella me dejó varias. La cicatriz de la primera gran mentira, esa que no hizo sangre pero heló el aire. La de la despedida en silencio, esa que no se ve pero me aprieta el pecho cuando escucho cierta canción. La de saber que, a veces, querer no es suficiente.

Y yo, probablemente, a ella también. La cicatriz de mi miedo, la de mi sarcasmo como defensa, la de mi incapacidad para decir las palabras correctas en el momento justo.

Somos dos mapas andantes, llenos de las marcas que nos hicimos el uno al otro, no por maldad, sino por torpeza, por miedo, por ser quienes éramos en ese momento.

Podríamos haber intentado curarlas. Podríamos haber ido a que alguien nos explicara cómo cerrarlas, cómo olvidarlas.

Pero no quisimos. Estas cicatrices son nuestra historia.

Son el recordatorio de un amor que no fue de postal, que fue real, que dolió, que enseñó.

Son la prueba de que fuimos valientes a nuestra manera jodida, intentando querer a pesar de no saber cómo.

Ahora, cuando me cruzo con alguien que lleva una cicatriz parecida en el alma, nos reconocemos sin palabras.

Somos parte de la misma tribu: los que amaron jodido, los que se rompieron intentándolo, los que llevan las marcas con cierto orgullo silencioso.

Porque algunas cicatrices no son un recuerdo de lo que perdiste, sino de lo que te atreviste a sentir.

Y esas, joder, esas no quieres que se curen del todo.

Relato final La recompensa del infierno

Llegué a ella como un soldado que vuelve a casa después de mil guerras. Cansado, con cicatrices que no se veían pero pesaban, y con la certeza de que la vida era una puta mierda en la que solo te daban hostias. No esperaba nada. Solo buscaba un rincón tranquilo donde lamer mis heridas.

Pero entonces la vi. Y, joder, el mundo se detuvo.

No en plan cursi de película. Se detuvo en el sentido de que, por primera vez en mucho tiempo, todo lo demás dejó de existir.

La vi a ella, vi sus ojos, y algo hizo clic.

Como si todas las piezas del puto puzle de mi vida, ese que nunca entendí, encajaran de golpe.

Supe, con la certeza brutal de quien ha visto la muerte de cerca, que era ella.

Que no había habido otra vida antes de ese momento, y que, si la había habido, solo había sido el prólogo.

Todos esos días en el infierno, todas esas noches con el miedo pegado a la piel, todas esas pérdidas…

de repente, parecieron la antesala de algo.

Como si todo hubiera valido la pena, cada puta batalla, cada derrota, solo para llegar a ese instante y encontrarla.

Era mi recompensa. Una recompensa que no sabía que estaba esperando.

Hoy, años después, aquí estamos. Ella y yo.

Con los años encima, las arrugas donde antes había tensión, y las batallas convertidas en anécdotas que contamos mal.

Es la madre de mis hijos, la que aguanta mis manías, la que me lee la mirada cuando ni yo sé lo que me pasa.

Es mi mujer hasta que se me acabe el tiempo, que, por cierto, ya no es tanto.

La quiero. Joder si la quiero. La quiero a morir, como se quiere a la única persona que encontró la luz en tu infierno y decidió quedarse.

Mi manera de quererla no ha cambiado. Sigue siendo dura a veces, poco dada a las cursilerías, más de hechos que de palabras que el viento se lleva.

Es cabezona, leal, sincera a hostias. Es la única forma que sé.

Es mi amor jodido, que llegó cuando ya no esperaba nada y se quedó para darme todo.

Y en sus ojos, todavía hoy, sigo viendo la recompensa de todas mis guerras perdidas.

FRAGMENTO FINAL

Hay amores que no son el alto en el camino, son el final del camino. Que te encuentran cuando ya no buscas, después de todas las guerras. Y se quedan, a tu manera jodida y sincera, pero para siempre.