Amores que Duelen FRAGMENTO POÉTICO
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FRAGMENTO POÉTICO

Hay atardeceres que alumbran vidas ajenas, risas que no te pertenecen. Hay felicidades que duelen solo por no ser contigo. Y a veces, la prueba de que alguien te

quiso es verla ser feliz con otro.

Los que se amaron conociendo todas las grietas La belleza del desastre

No éramos el uno para el otro según ningún manual.

Ella mordía las uñas hasta sangrar cuando estaba nerviosa, dejaba la tapa del váter subida y hablaba sola por las esquinas.

Yo coleccionaba polvo en los muebles, llegaba tarde a todas partes y tenía una manía insana de reventar las burbujas de aire de cualquier plástico de embalar.

Vimos todas nuestras grietas, nuestros defectos de fábrica, nuestras pequeñas manías asquerosas.

No intentamos esconderlas. Al contrario, parecíamos empeñados en mostrarlas, como si fueran trofeos de nuestra propia imperfección.

La primera vez que te mira alguien después de ver tu caos y no sale corriendo es una de las sensaciones más adictivas que existen.

Nos amamos sabiendo exactamente lo jodidos que estábamos.

No había espacio para la idealización. Sabíamos qué pie cojeaba cada uno, dónde estaban los puntos débiles, cuáles eran las minas que no debíamos pisar (y a veces pisábamos a propósito).

Era un amor sin filtros, sin poses de Instagram, sin la necesidad de aparentar una perfección que no teníamos ni queríamos.

Y en esa aceptación mutua del desastre, había una belleza extraña.

Una honestidad brutal que no encontré en los amores “bonitos” que vinieron después.

Nos amamos conociendo nuestras peores versiones, conociendo todas y cada una de nuestras grietas.

Y quizás por eso, cuando todo se rompió del todo, dolió tanto.

Porque sabíamos exactamente dónde estaba cada fragmento nuestro en la otra persona.

FRAGMENTO POÉTICO

Hay amores que no son de escaparate, que huelen a manías y a polvo. Que conocen todas tus grietas y se quedan a vivir en ellas. Y a veces, la mayor belleza está en aceptar el desastre mutuo.

Los que vivieron de casi (hasta que el casi se murió) La puerta que siempre estuvo entornada

Nuestra historia fue un casi constante. Casi novios, casi un viaje juntos, casi mudarnos a la misma ciudad, casi decirnos “para siempre”.

Siempre había un “pero”, un “quizás”, un “el momento no es ahora”.

Vivíamos en el limbo confortable de la posibilidad, alimentándonos de migajas de futuro que nunca llegaban a ser presente.

Éramos expertos en mantener la puerta entornada. Lo suficiente abierta para que entrara un rayo de esperanza, para no cerrar del todo, para que el otro supiera que seguíamos ahí, a la espera. Pero nunca lo bastante como para cruzar el umbral y arriesgarnos a que la puerta se cerrara de golpe.

El casi tenía sus ventajas. No había compromisos reales, no había que lidiar con la rutina, no había que enfrentarse a la prueba de fuego de la convivencia o de los planes a largo plazo.

Era un amor de teoría, de conversaciones a deshoras sobre lo que haríamos “si” o “cuando”.

Un amor de borradores, como el del capítulo 7, pero a lo grande, afectando a toda la relación.

Y así pasaron los años. Viviendo del casi, manteniendo la puerta entornada, convencidos de que algún día, mágicamente, todos los planetas se alinearían y el casi se convertiría en un “por fin”. Pero el casi, joder, también se cansa. Se desgasta de tanto esperar, de tanto ser solo posibilidad.

Un día, la puerta entornada dejó de tener sentido. El casi se murió de inacción, de miedo, de todas las oportunidades que dejamos pasar.

Y lo jodido fue que no hubo drama, ni llantos. Solo la constatación silenciosa de que habíamos vivido tanto tiempo en el “casi” que, cuando se acabó, nos dimos cuenta de que no teníamos nada real que perder.