Amores que Duelen FRAGMENTO POÉTICO
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FRAGMENTO POÉTICO

Hay silencios que son tumbas, palabras no dichas que pesan una tonelada. Hay amores que mueren ahogados en todo lo que no se atrevieron a ser. Y a veces, lo que mata una historia no es lo que se hizo, sino lo que se calló.

Los que se amaron por inercia La rutina era nuestro abrazo

Al principio, todo era chispa, caos, descubrimiento.

Pero con el tiempo, sin darnos cuenta, la inercia se sentó en nuestro sofá.

No nos aburrimos, que quede claro. Pero dejamos de elegirnos activamente cada día.

Nos quedamos porque era lo que tocaba, lo que habíamos construido, lo que menos esfuerzo requería.

Nuestro amor se convirtió en una coreografía predecible: el café de la mañana sin preguntar, la serie en la tele cada noche aunque no nos gustara a los dos, el beso rápido antes de dormir más por costumbre que por deseo.

No hablábamos de lo importante, hablábamos de las facturas, del trabajo, de lo que haríamos el fin de semana por no quedarnos en casa mirando el techo.

La rutina era cómoda, sí. Era como un abrazo que no sentías, pero sabías que estaba ahí.

Era no tener que buscar a nadie más, no tener que explicar tu historia de nuevo, no tener que enfrentarte al vértigo de empezar desde cero.

Nos amábamos por inercia, como un coche que sigue rodando en punto muerto por el simple impulso que traía.

Y lo jodido era eso. Que no había grandes problemas, no había gritos ni dramas.

Solo una ausencia silenciosa de la elección diaria, de las ganas de sorprender, de la curiosidad por el otro.

Nos fuimos quedando quietos, uno al lado del otro, hasta que un día nos dimos cuenta de que la inercia nos había llevado tan lejos que ya no sabíamos dónde estaba el principio, ni si quedaba algo que nos uniera más allá del simple hecho de seguir rodando juntos.

FRAGMENTO POÉTICO

Hay caminos que se siguen solo porque ya se empezó a andar. Hay manos que se buscan por la pura fuerza de la costumbre. Y a veces, el amor no muere, solo se

sienta a esperar el final, envuelto en la rutina.

Los que vieron al otro ser feliz (con alguien que no eras tú) La foto en el perfil ajeno

La vi por casualidad. Una foto en el perfil de alguien a quien apenas sigo. Y ahí estaba. Riendo. Una risa de esas que no le había visto en años, no conmigo al menos. Estaba de la mano de otro, de pie frente a un atardecer perfecto de postal, con esa luz cálida que solo ilumina las vidas ajenas.

Me quedé helado. No sentí celos, no exactamente. Sentí esa punzada fría de la derrota. La derrota de saber que esa felicidad, esa risa, ese atardecer, yo no se lo di. O quizás sí lo tuve, pero no supe verlo, o no supe cuidarlo para que brillara así.

Él parecía normal. No el típico “amor jodido” al que yo estaba acostumbrado.

No tenía pinta de llevar el alma llena de grietas ni de hablar con sarcasmo para esconderse.

Parecía, joder, parecía bueno. Y ella se veía cómoda, relajada, sin esa tensión que siempre llevábamos nosotros de no saber qué íbamos a romper al día siguiente.

Verla feliz con otro, con uno que no era yo y que probablemente la quería de una forma menos complicada, fue como mirar a través de una ventana a una vida que pudo ser, o a una vida que yo no fui capaz de construir con ella.

No me dolió que estuviera con él. Me dolió ver la prueba de que sí podía ser feliz, y que para conseguirlo, tuvo que ser lejos de mí.

Esa es una de las formas más jodidas de decir adiós para siempre.