FRAGMENTO POÉTICO
Hay personas que son hogar, pero solo cuando llueve fuerte afuera. Hay brazos que solo abrazan cuando los
otros brazos fallaron. Y a veces, el peor asiento es el que sabes que ocupas por descarte.
Los que se amaron solo en la madrugada del domingo El olor a café y derrota
Nuestra historia no existía de lunes a sábado. Éramos perfectos desconocidos en la oficina, en el supermercado, en la vida real. Pero cuando el domingo empezaba a oler a resaca y a fin de semana acabado, nos encontrábamos.
Era un pacto no escrito. Unas horas robadas entre el bostezo del sábado noche y el pánico del lunes mañana.
Nos veíamos con la luz cruda del amanecer colándose por la ventana, con el pelo revuelto, con el sabor a derrota de saber que en unas horas cada uno volvería a su vida, a su rutina, a su soledad disfrazada de normalidad.
No hablábamos de futuro. ¿Para qué? Nuestro futuro era la próxima madrugada de domingo, si es que llegaba. Hablábamos de las tonterías de la semana, de lo mal que dormíamos, de las ganas que teníamos de que no se acabara el café que compartíamos.
Ese café sabía a lo nuestro: intenso, un poco amargo, con el poso de la tristeza de saber que solo existíamos en esas horas límite. Nos besábamos con la urgencia de quien sabe que el tiempo se acaba, y nos despedíamos con la torpeza de quien no tiene derecho a un adiós de verdad.
Éramos un amor de domingo por la mañana. Efímero, secreto, real solo mientras duraba el olor a café y a la certeza de que, al rato, todo volvería a ser como si nada.
FRAGMENTO POÉTICO
Hay amores que no ven la luz del día, que existen solo cuando el mundo duerme. Que huelen a café frío y a promesas que nadie hizo. Y a veces, la historia más
real es la que solo dura unas horas.
Los que intentan arreglarse (y se rompen más) La caja de herramientas equivocada
Vino con su caja de herramientas, igual que el del primer capítulo, pero ella no venía a arreglar un grifo.
Venía a arreglarme a mí. Decía que estaba roto, que necesitaba que alguien pusiera orden en mi caos, que pegara mis pedazos.
Yo la dejé intentarlo. Me abrí como una vieja puerta oxidada.
Le mostré las grietas, los tornillos sueltos, las partes que se habían podrido con la humedad de los años.
Y ella, con toda su buena voluntad, empezó a trabajar.
Pero usaba las herramientas equivocadas. Intentaba apretar clavos con un destornillador, pintar sobre óxido sin lijar, poner parches en agujeros que necesitaban ser reconstruidos desde cero. Y yo, en lugar de arreglarme, me sentía más desmantelado, más a la vista mis defectos, más roto.
No era su culpa, tampoco la mía del todo.
Era que no entendió que algunos daños no se arreglan, se aprenden a llevar.
Que algunas piezas no encajan de nuevo, se reemplazan por cicatrices.
Que no necesitaba un mecánico, necesitaba alguien que se sentara conmigo en medio del desastre y me dijera “qué jodido, ¿eh?”
, en lugar de intentar arreglarlo todo rápido.
Nos agotamos en el intento. Ella se frustró por no poder salvarme, y yo me harté de sentirme un proyecto inacabado. Terminamos rompiéndonos el uno al otro, por el simple hecho de intentar arreglar algo que no entendíamos cómo funcionaba.
FRAGMENTO POÉTICO
Hay personas que son desastre, y otras que intentan ser salvavidas. Hay amores que se rompen más cuanto más intentan arreglarse. Y a veces, la mejor ayuda es simplemente no tocar nada.
Los que se ahogaron en todo lo que no dijeron El peso del silencio
No fue una pelea. No fue una infidelidad.
No fue una despedida con gritos o portazos.
Lo nuestro se murió de sed. De la sed de todas las palabras que nunca dijimos.
Nos tragamos los “te quiero” a tiempo, los “me duele esto” cuando tocaba, los “tenemos que hablar” urgentes.
Nos ahogamos en los “quizás”, en los “ya veremos”, en los “mejor no removerlo ahora”.
Construimos un muro de silencio alrededor de lo nuestro, ladrillo a ladrillo, con cada emoción que guardábamos, con cada duda que no compartíamos.
Y el muro creció. Se hizo tan alto que un día, cuando quisimos asomarnos para ver al otro, ya no podíamos. Nos habíamos quedado cada uno a un lado del silencio que habíamos creado juntos.
No es que no tuviéramos cosas que decir. Teníamos un océano de sentimientos, de miedos, de ganas. Pero nos habíamos acostumbrado tanto a callar, que abrir la boca se sentía como romper algo frágil e irreversible.
Y un día, sin más, dejamos de intentar asomarnos.
Nos quedamos cada uno en nuestra orilla del silencio, mirando el muro que nos separaba, sabiendo que dentro, bajo esa inmensa capa de cosas no dichas, seguía existiendo algo que, con un poco de valentía, quizás podríamos haber salvado.
Pero el peso del silencio era demasiado grande. Y nos hundimos en él.