Amores que Duelen FRAGMENTO POÉTICO
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FRAGMENTO POÉTICO

Hay risas que son gritos disimulados, bromas que saben a miedo. Hay quien prefiere reírse contigo antes que llorar a solas por ti. Y a veces, la peor conversación es la que nunca empieza.

Los que se quedaron en un objeto olvidado La playlist que me dejaste

Se fue como la mayoría: sin hacer mucho ruido, recogiendo sus cosas en bolsas de basura como si no fueran la vida que habíamos compartido. No dejó el abrigo, ni una carta, ni una taza. Se llevó todo lo que tenía nombre.

Pero semanas después, limpiando el polvo de una estantería, encontré un viejo iPod olvidado. Uno de esos de la época en que la música aún era algo físico que se guardaba en aparatos. Lo cargué por inercia, pensando en borrarlo todo.

Y ahí estaba. Una playlist suya. “Nuestras canciones”, la había llamado. Una mezcla caótica de rock ruidoso, baladas cursis que me negaba a que me gustaran, y mierdas que escuchábamos en los viajes largos.

Le di al play. Y de repente, la tuve delante.

No su cara, no su voz. Tuve su presencia en cada acorde, en cada letra que habíamos cantado a gritos borrachos en la cocina.

Esa canción sonó el día que nos conocimos, esa otra cuando casi la jodemos del todo, esa última cuando supimos que se acababa pero nos negamos a decirlo.

No eran solo canciones. Era un mapa de lo nuestro. El rastro que había dejado sin querer, o queriendo de una manera que no sabía explicar. Mientras sonaba, ella estaba ahí. Saltando en el salón, mordiéndose el labio en el coche, durmiendo a mi lado con el pelo en la cara.

Podría haber borrado la playlist. Podría haber tirado el iPod. Pero no lo hice. Lo guardé, como quien guarda una foto a la que ya no mira pero sabe que está ahí.

Porque me di cuenta de que hay personas que, aunque se lleven todo, se quedan para siempre en los objetos más tontos. Y la música, joder, la música siempre encuentra la manera de joderte.

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Hay fantasmas que suenan en los altavoces, recuerdos que se quedan a vivir en una lista de canciones. Y a veces, la ausencia huele a polvo y a música vieja.

Los que se joden queriendo El daño colateral del miedo

No queríamos hacernos daño. Juro que no era la intención. Pero nuestro miedo era más grande que las ganas de cuidarnos bien. Y a veces, por no saber pedir lo que necesitábamos, o por no atrevernos a decir “hasta aquí”, terminábamos por pisarnos.

Yo me callaba cosas por no alarmarla, y ella interpretaba mi silencio como desinterés.

Ella intentaba protegerme de mis propios fantasmas, y yo sentía que no me dejaba luchar mis batallas.

Nos movíamos con la torpeza de quien camina a oscuras en un cuarto ajeno, chocando con los muebles sin querer, haciéndonos pequeñas heridas que no salían en los partes de guerra.

No había gritos, no había grandes traiciones.

Era la suma de las pequeñas cobardías, de las verdades a medias, de los “por tu bien” mal entendidos.

Era querernos tanto que dolía no saber cómo hacerlo sin pringarnos las manos de errores.

Y el peor daño, joder, era la certeza silenciosa de que nos estábamos jodiendo el uno al otro, poquito a poco, simplemente por no ser lo suficientemente valientes como para querernos de otra forma.

No éramos malos. Solo estábamos jodidos. Y en el amor, a veces, eso contagia.

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Hay caricias que escuecen, palabras calladas que duelen más que un golpe. Hay quien te jode queriendo, porque no aprendió a querer sin romperse. Y a veces, el mayor enemigo del amor es el amor mismo, mal entendido.

Los que son el plan B (y lo saben) La llamada de las tres de la mañana

Siempre fui su puerto seguro. El sitio al que volvía cuando el barco en el que navegaba se hundía. No importaba con quién estuviera, no importaba dónde. Si la noche se ponía fea, si el último tren se escapaba, si el idiota de turno le rompía el corazón, mi teléfono sonaba.

Y yo respondía. Siempre. Sin preguntas, sin reproches. “Estoy aquí”, decía, y ella sabía que era verdad. Iba a buscarla al bar de mala muerte, la escuchaba llorar en mi sofá, le preparaba ese café que solo a mí me salía bien.

Sabía que yo no era el destino. Era la escala técnica. El mecánico que arregla el motor para que el barco pueda seguir navegando hacia otros puertos, hacia otras personas. Lo sabía, joder. Pero me conformaba con ser eso. Con ser el sitio al que volvía cuando no le quedaba nadie más.

Era un amor con fecha de caducidad. Un amor de urgencia, de esos que no se planean pero te salvan del naufragio momentáneo. Y yo, como un idiota, me sentía útil. Me sentía querido, aunque fuera solo en esas madrugadas frías en las que mi nombre era el único que recordaba.

Era el plan B. Y lo sabía. Y, a veces, ser el plan B de alguien a quien quieres más que a ti mismo es la forma más jodida de querer que existe.