FRAGMENTO POÉTICO
No todos los te quieros se gritan, ni todas las promesas se firman. Hay amores torpes, sucios y ciertos que no caben en poemas, pero te salvan igual.
Los que se amaron a destiempo Nos faltó coincidencia
Hay personas que llegan a tu vida con todo lo que habías soñado, pero en el momento equivocado.
Como si el guionista de tu historia se hubiera emborrachado y hubiese pasado esa escena demasiado pronto o demasiado tarde.
Ella era todo eso. Todo lo que yo había querido y más.
Con su manera de reírse a deshoras, de pelear por tonterías y de quedarse dormida abrazando al lado equivocado de la cama.
Nos encontramos cuando ella estaba aprendiendo a vivir sin promesas y yo apenas empezaba a hacerlas. Cuando ella ya no quería complicarse y yo aún no sabía descomplicarme.
Tuvimos ratos que parecían eternos y despedidas que duraban lo que un suspiro mal medido. Éramos expertos en encontrarnos justo cuando uno de los dos estaba enamorado de otro, ocupado con su desastre o demasiado roto para intentar salvarse.
Nos besamos como quien firma un contrato que sabe que no va a cumplir.
Y nos prometimos estupideces, sabiendo que éramos incapaces de sostenerlas.
Y no es que no nos quisiéramos. Joder, si nos quisimos.
Pero cuando los tiempos no cuadran, da igual cuánto te duela.
Hay trenes que pasan una sola vez, y nosotros teníamos los billetes equivocados.
A veces la pienso. No con nostalgia romántica de novela barata. Sino con ese “qué hubiera pasado si…” que se instala en el fondo del pecho y te acompaña mientras ves llover.
Nos faltó tiempo. Nos sobró orgullo. Nos coincidió el miedo.
FRAGMENTO POÉTICO
Hay personas que son tu sitio, pero no tu momento. Que llegan antes o después, y se van dejándote las manos llenas de casi.
Los que bromean para no llorar El chiste que solo nosotros entendíamos
Teníamos un idioma secreto hecho de chistes malos y sarcasmo barato.
No éramos de los que se decían cosas serias a la cara.
Nos daba pánico. Así que cada vez que la cosa se ponía tierna, o dolía, soltábamos una estupidez.
Si yo decía que la echaba de menos, ella respondía con un “Pues cómprate un perro”.
Si ella me confesaba que le daba miedo algo, yo le recordaba aquella vez que se cayó de una silla por ir corriendo.
Era nuestra manera de decir “Te escucho, me importas, pero no me pidas que me ponga tonto ahora”.
La gente no lo entendía. Nos veían discutir o reírnos de cosas sin gracia aparente. Pensaban que éramos fríos. Pero solo estábamos metiendo una barrera de chistes entre lo que sentíamos y el mundo, para que no se rompiera al contacto.
El chiste funcionó un tiempo. Nos mantuvo a salvo del drama, de las escenas, de las palabras que se te clavan. Nos reímos mucho, joder. Nos reímos tanto que a veces parecía que no pasaba nada importante.
Hasta que un día, ella soltó una de sus ironías tontas después de una pelea gorda, de esas en las que se te va la voz. Y yo no me reí. Me quedé mirándola, y vi en sus ojos el mismo pánico que tenía yo.
Esa noche no hubo chistes. Solo el silencio incómodo de dos personas que se quedaron sin su escudo, sin saber cómo hablar de verdad.
No dijimos nada serio. Solo nos quedamos ahí, dándonos cuenta de que el chiste que solo nosotros entendíamos había dejado de tener gracia. Y dolía más que cualquier drama.