Amores que Duelen REFLEXIÓN DEL JODIDO/A
46%

REFLEXIÓN DEL JODIDO/A

Hay besos que no firman contratos, que saben a whisky y a miedo, que se cuelan entre las ruinas y te salvan de ti mismo. A veces, con eso basta.

Los que prefirieron quedarse callados para no romperlo Lo que no dije por miedo

Hay silencios que no son cobardía. Son una forma triste de cuidar lo que uno sabe que no está hecho para sobrevivir a ciertas verdades.

Ella y yo éramos eso. Un pacto no escrito entre dos tipos rotos que preferían hacer como que no se daban cuenta.

Sabíamos que había más. Que los mensajes largos a deshoras, los abrazos que duraban un poco de más y las miradas que se bajaban a tierra para no hablar de lo que decían, estaban llenos de palabras que se mordían la lengua.

Pero nunca lo dijimos. Porque ponerle nombre a lo nuestro era invitarlo a morirse. Como cuando dices “te quiero” y la frase se queda colgada en el aire como una cuerda floja.

Preferimos el juego cobarde de los casi. De los “quédate cinco minutos más” que sabían a “no te vayas nunca”. De los “qué tontería, ¿no?” cuando las manos se rozaban. De las cervezas compartidas sin brindar, porque sabíamos que el brindis era por algo que ninguno se atrevía a pedir.

A veces el miedo no es a perder, sino a tener. A sostener eso tan frágil que se llama “nosotros” y que no tiene repuesto en ninguna tienda.

La última vez que la vi fue como todas. Un adiós sin decir adiós. Una excusa tonta, una broma para romper el nudo en la garganta, un beso en la mejilla que dolía más que uno en la boca.

Esa noche escribí un mensaje que no envié. Y lo único que decía era: “Ojalá me hubieras pedido que me quedara”. Pero no lo hizo. Y yo tampoco.

REFLEXIÓN DEL JODIDO/A Hay verdades que matan más que las mentiras.

Los que fueron casa por un rato Refugio provisional

No todos los amores llegan para quedarse. Algunos son refugio de paso, un techo bajo el que te cubres cuando llueve y del que sabes que tendrás que largarte cuando amaine.

Ella fue eso. Mi casa cuando el mundo me pateaba la cara, cuando los bares cerraban antes de tiempo y los amigos se borraban como un mensaje que sabes que no debes enviar.

Nunca planeamos nada. Nos encontramos porque a veces los heridos se reconocen entre la multitud.

Ella arrastraba un pasado con nombre de hijo de puta y yo una colección de promesas rotas y domingos sin nadie que me esperara.

Nos quisimos sin nombrarlo. Compartimos camas, resacas y cigarros.

Nos curamos heridas sin preguntar cómo se hicieron.

Teníamos una forma de querernos que olía a cerveza fría y a canciones que solo suenan cuando todo el mundo duerme.

A ella no le gustaban las flores. Decía que se morían demasiado pronto. Prefería los detalles sucios, las llamadas a las tres de la mañana, las carcajadas feas. Me enseñó a dormir sin miedo a soñar con las ausencias.

Sabíamos que no éramos eternos. Que éramos una tregua. Un rincón donde descansar antes de volver a la guerra.

El día que se fue no dolió como las otras veces. Porque nunca fue del todo mía, ni yo del todo suyo. Solo éramos dos naufragios que se habían dado calor en mitad del naufragio.

Desde entonces, cuando alguien me pregunta por mi casa, sonrío y pienso en ella. Porque a veces el hogar no es un sitio, ni una promesa, ni un para siempre. A veces es solo una persona que te deja dormir sin pesadillas.

FRAGMENTO POÉTICO

Hay refugios que no figuran en los mapas, amores que no piden quedarse.

Los que amaron distinto, pero de verdad A mi manera

Nunca fui de flores, de aniversarios, ni de esas mierdas cursis que la gente pone en Instagram con un filtro bonito y un pie de foto robado. Lo mío era otra cosa. Más crudo, más desordenado. Amaba como me salía, sin etiqueta y con las manos llenas de torpezas.

A ella le costó entenderlo. Al principio me lo echaba en cara. Que no me acordaba de las fechas, que no decía las palabras que ella necesitaba, que no miraba películas de amor ni le dedicaba canciones de radio comercial.

Pero, joder, ¿quién dijo que el amor era solo eso?

Yo le arreglaba las persianas, le buscaba los números de teléfono cuando perdía todo, le dejaba apuntes en la nevera con faltas de ortografía pero con verdad. Le compraba su chocolate favorito sin razón, y la esperaba en la puerta cuando llovía, aunque no supiera qué decir.

La amaba como podía. A mi manera. Con errores, sí. Con silencios, también. Con ausencias a veces y regresos de madrugada. Pero le fui leal como se le es leal a una canción que no sale en las listas, pero te salva la vida.

Ella se cansó un día. Me dijo que quería un amor de película, de esos que besan bajo la lluvia y juran cosas en voz alta. Yo no supe prometerle nada porque nunca fui de jurar. Solo de quedarme.

Y me quedé. Hasta que ella se fue.

Ahora, cuando me preguntan si la quise, sonrío y pienso: “Como un cabrón, pero a mi manera”.