Amores que Duelen REFLEXIÓN DEL JODIDO/A
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REFLEXIÓN DEL JODIDO/A

Hay amores que no son de vitrina, que huelen a tabaco

y madrugada, y aunque nadie apueste por ellos, son los únicos donde uno duerme en paz.

Los que amaron en silencio porque creyeron que no era suficiente Amarte a escondidas

Nunca fui de esos tipos que se suben a la mesa del bar a gritar que te quieren. Lo mío era más de reojo, de prender un cigarro y mirar cómo te reías de cualquier idiotez que decía otro, mientras por dentro me moría de envidia.

Te quise a escondidas. Como se quieren las cosas que uno sabe que no puede tener sin joderlas. Y a veces, las cosas bonitas se rompen solo por querer tocarlas con las manos sucias.

Me aprendí de memoria las canciones que te gustaban, los bares que evitabas porque te recordaban a algún cabrón con nombre de novela barata, y hasta tu forma de morderte el labio cuando algo te incomodaba.

Pero no dije nada. Porque pensé que no era suficiente. Porque no tenía coche, ni piso propio, ni un futuro de catálogo para ofrecerte. Solo tenía ganas. Y las ganas a veces no alcanzan, o eso me dijeron los cobardes de siempre, esos que aconsejan pero nunca apuestan.

Así que te quise desde lejos. Te cuidé en silencio. Fui ese que estaba cuando todos los demás fallaban, pero sin pedirte nada. Sin exigirte un lugar. Sin reclamarte una esquina en tu vida.

Cada vez que te rompían el corazón, yo recogía los pedazos y te los devolvía bien envueltos, como quien arregla algo sin dejar huellas.

Fui tu cómplice, tu paño, tu espectador de primera fila.

Y sí, también fui imbécil, porque nunca me atreví a decirte que te quería más que todos los idiotas que te besaban en los portales.

Ahora me cruzo con tipos que dicen que las mujeres buenas se quedan con los canallas. Y yo sonrío. Porque sé que a mí no me faltó ser canalla. Me sobró miedo. Y eso, joder, eso también mata.

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Hay amores que se esconden como cartas bajo el mantel, que se beben los te quieros por miedo a saber qué pasa si se dicen. Hay idiotas como yo que prefieren quererte en secreto antes que verte marcharte en voz alta.

Los que nunca se dijeron adiós del todo Las cosas que no cerramos

Hay historias que se quedan abiertas como un bar de carretera a las cuatro de la mañana. Nadie sabe si va a entrar alguien o si lo van a cerrar, pero ahí está. Con las luces encendidas, el camarero limpiando copas y una canción triste sonando en bucle.

Lo nuestro fue eso. Una historia sin estribillo. Sin “se acabó” ni “te echo de menos” dichos a la cara. Un asunto pendiente que ambos preferimos dejar sin resolver. Porque cerrar algo duele más que dejarlo cojeando.

Ella se fue sin portazos, sin lágrimas de película mala. Solo dejó de estar. Se evaporó como el humo de un cigarro mal fumado. Y yo, en lugar de buscarla, me refugié en los bares de siempre, en las canciones de Sabina y en las madrugadas sin testigos.

De vez en cuando, aparecía un mensaje suyo. De esos que no dicen nada pero lo dicen todo: “Hoy pasé por aquel sitio”, “Sonó nuestra canción”, “Vi a tu amigo el del bigote”. Tonterías. Pero eran las grietas por las que se colaba lo que no nos atrevíamos a decir.

Cada vez que me enamoraba de otra, acababa buscándola mentalmente en cada gesto, en cada carcajada desordenada.

Ninguna tenía su manera de morder la pajita del cubata ni su manía de llorar con los finales felices.

Y ella, sé que hizo lo mismo. Porque aunque los dos nos hicimos los fuertes, siempre dejamos una canción sin borrar, un rincón sin pisar, una palabra sin lanzar.

Nunca nos despedimos. Y no porque nos sobrara valor. Al contrario. Porque sabíamos que, si decíamos adiós, sería de verdad. Y no estábamos preparados para eso.

Algunas cosas se quedan así. Colgadas. Como un abrigo en verano o como una copa sin terminar.

Y a veces, cuando vuelvo al bar de siempre y suena aquella canción de Sabina que solo ella entendía, juro que noto su ausencia sentada en la mesa de al lado. Como si todavía estuviera por ahí, esperando que a alguno de los dos se le ocurriera tener cojones de decir lo que nunca dijimos.

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Hay historias que no se cierran porque ningún cerrojo

soporta tanto miedo. Amores que duermen en rincones, como borrachos a los que nadie recoge. Y a veces, los “para siempre” duran menos que un brindis,

pero los “casi” te persiguen toda la vida.

Los que besaron sin prometerse nada Un beso de madrugada

Hay besos que no vienen en los calendarios. Que no avisan, que no esperan permiso ni cita previa. Besos bastardos, de esos que se escapan cuando el reloj está borracho y la ciudad duerme la mona.

A ella la conocí una noche de lluvia y resaca emocional. De esas donde uno sale a la calle con más ganas de perderse que de encontrarse. Cruzamos cuatro frases sin importancia, un par de sonrisas cómplices y un brindis por las derrotas.

No nos preguntamos nombres, ni signos del zodiaco, ni de quién huíamos. Bastó una canción vieja y un par de miradas torpes para entender que éramos dos rotos a juego.

El primer beso no supo a promesa. No pretendía salvarnos ni buscar mañanas.

Fue sucio, rápido y necesario. Como un cigarro robado o un trago de ron barato en un vaso de plástico.

Besos de esos que no preguntan “¿te gusto?”

ni “¿qué somos?”. Solo buscan que dejes de doler por un rato.

Nos besamos sin calendario, sin redes sociales, sin presentaciones.

Éramos dos desconocidos arreglándonos los pedazos a lametones.

Esa madrugada ni siquiera dormimos juntos.

Cada uno se largó a su guarida, sin números, sin “te llamo”.

Pero a día de hoy, cuando escucho aquella canción de Sabina que sonaba en ese tugurio, me juro que ella también la recuerda.

A veces uno no necesita un amor. Solo un buen beso en mitad de una noche mala.