Amores que Duelen REFLEXIÓN DEL JODIDO/A
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REFLEXIÓN DEL JODIDO/A

Hay amores farola, que iluminan aunque no regreses. Que esperan sin llamarte, y siguen ahí aunque no te atrevas.

Los que se entendieron tarde El que se dio cuenta después

Siempre me pasa tarde. Soy de esos idiotas que entienden la letra de la canción cuando ya terminó, y se acuerdan del paraguas cuando la tormenta ha pasado.

Con ella igual. Me enteré de que la quería cuando vi su cepillo de dientes en otro baño, cuando me crucé con su perfume en una chaqueta que no era suya.

Pensé que era cosa de orgullo, de esa cobardía elegante que tenemos los que preferimos perder antes que arriesgar.

Pero no, era miedo. Miedo a quererla tanto y mal.

El día que quise decírselo, ya se había ido. Como se van las cosas que uno no sabe cuidar. Dejó su nombre escrito en las canciones tristes y en los bares a los que ya no puedo volver.

Lo supe tarde. Como todo en mi vida. Y ya ves, aquí estoy, escribiendo esto que ella no va a leer.

REFLEXIÓN DEL JODIDO/A

Hay amores que se entienden después, cuando ya ni el eco te contesta. Y duele, aunque te lo merezcas.

Los que no pudieron quedarse pero no se fueron del todo El abrigo olvidado en su silla

Hay personas que se marchan sin irse. Que dejan las manos, las canciones y los vicios colgados por la casa como quien abandona la ropa sucia al pie de la cama.

Ella fue de esas. Dijo “me voy” sin levantar la voz y dejó su abrigo en la silla. Ese mismo abrigo verde botella que le quedaba grande y que usaba hasta en agosto. Ese que olía a tabaco dulce y noches sin dormir.

Durante semanas, el abrigo se quedó ahí. Primero por costumbre. Después porque no sabía qué carajo hacer con él. Tirarlo era una declaración de guerra. Guardarlo, una rendición. Así que lo dejé, plantado en la silla, como se deja a un perro fiel que no sabes si quieres que se largue o que te espere.

Cada madrugada volvía con la idea de escribirle, de decirle cualquier idiotez que me devolviera su voz.

Pero el orgullo es una peste vieja que aprendí a domesticar.

Y ella tampoco llamaba. Ni mensajes, ni visitas furtivas, ni reproches.

Solo el silencio cortado a cuchillo. Los amigos decían que lo mío ya era ridículo.

Que tenía que sacar ese abrigo de casa, que cada vez que lo miraba era como lamerme las heridas.

Pero ¿qué sabrán ellos de guerras perdidas?

Pasaron los meses. Y el abrigo siguió ahí.

Como testigo, como fantasma, como promesa incumplida.

Una noche cualquiera, borracho de nostalgia y ron barato, me senté junto a él y le hablé.

Le conté todo lo que no me atreví a decirle a ella.

Que la extrañaba. Que dormía del lado izquierdo para no ver su hueco.

Que todavía me sabía su risa de memoria.

Nunca volví a verla. Pero cada vez que llueve, juro que ese abrigo me mira. Y aunque ya no esté, sigue ocupando su sitio en la silla.

REFLEXIÓN DEL JODIDO/A

Hay ausencias que se quedan sentadas, y prendas que pesan más que los cuerpos. Y un abrigo viejo que huele a ella cuando la ciudad se pone gris.

Los que supieron quererse en lo imperfecto Los defectos que nadie más aguantó

No éramos la pareja de la postal. Nunca lo fuimos.

Éramos un desastre bonito, un incendio que no sabíamos cómo apagar, pero tampoco queríamos que se extinguiera.

Ella tenía la manía de hablarle a los gatos de la calle y de dejar la luz encendida en todas las habitaciones.

Yo coleccionaba vasos sin lavar y promesas a medio cumplir.

Las cenas se nos llenaban de discusiones tontas, de listas de supermercado olvidadas, de películas a medias y broncas que se curaban con un whisky a deshoras.

Nunca nos felicitamos aniversarios ni nos regalamos nada en San Valentín. Pero qué importa. Si ella me leía los pensamientos con solo verme las manos.

La gente nos decía que no durábamos ni seis meses, y joder, duramos años.

A nuestra manera: a gritos, a besos sucios, a huidas con retorno.

Nos quisimos sin manual y sin reglas. Nos arreglamos las grietas sin cemento y con las manos rotas.

Porque hay amores que no necesitan instrucciones.

Que no saben de etiquetas ni de rituales.

Y que, aunque parezcan desastres, son los únicos en los que alguna vez me sentí en casa.