Amores que Duelen REFLEXIÓN DEL JODIDO/A
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REFLEXIÓN DEL JODIDO/A

Hay miradas que te besan, y caricias que no necesitan

dedos. Hay amores que se dicen sin decirse, y duelen igual.

Los que se despiden con una taza en la mesa Desayuno para uno solo

La última vez que la vi fue un jueves cualquiera. De esos que no pintan tragedia pero te descosen sin aviso. Ella dejó el café servido, como siempre, con una tostada a medio quemar y su manía de no ponerle azúcar al mío.

Nadie lloró. Nadie gritó. Ni un portazo, ni una frase de esas que cortan.

Solo el sonido de la puerta cerrándose sin dramatismos y el eco sordo de sus llaves sobre la encimera.

Me quedé allí, como un idiota, mirándola irse sin hacer nada.

Y cuando volví a sentarme, la taza seguía humeando.

Ese café sabía a derrota. A derrota tibia y cobarde, de las que no estallan pero te joden igual.

Nunca volvimos a llamarnos. Ni a buscar excusas para cruzarnos por casualidad. Pero durante años, cada vez que servía café, lo dejaba sin azúcar. Por inercia. Por despecho. Por no rendirme.

REFLEXIÓN DEL JODIDO/A

Hay despedidas sin abrazo, y mañanas que huelen a abandono. Amores que se van quedando en la costumbre, y un café sin azúcar que sabe a adiós.

Los que escribieron el mensaje y nunca lo enviaron El texto que se quedó en borradores

La tenía a dos toques de pantalla. Un “¿cómo estás?” que se me quedaba colgado en los dedos cada madrugada tonta. La miraba en línea y me faltaban huevos para romperle el silencio.

No es que no quisiera. La quería, vaya si la quería. Como se quiere al cigarro en la última copa, sabiendo que no hace bien, pero qué bien sienta.

Tenía escrito un mensaje en borradores desde hacía semanas. De esos que empiezan con un “sé que no debería, pero…” y terminan con un cobarde “espero que estés bien”.

Nunca lo mandé. Porque mandarlo era admitir que aún dolía. Que seguía teniendo su nombre tatuado en la lengua, aunque la boca se me llenara de otras.

Así que cada noche, entre copa y resaca, le escribía cosas que borraba antes de enviar. Y ese era nuestro idioma secreto: las palabras que no se decían, pero pesaban igual.

REFLEXIÓN DEL JODIDO/A

Hay mensajes que jamás viajan, y aun así te atraviesan. Hay nombres que no se pronuncian, pero se llevan puestos.

Los que esperan sin que se lo pidan La farola encendida

Hay personas que son farolas. Se quedan quietas, firmes en su esquina, encendidas aunque nadie pase a verlas. Así era ella. Nunca me pidió que volviera, pero tampoco se fue del todo.

Seguía en los sitios donde la dejé, en los bares que frecuentábamos y en las calles que aprendí de memoria.

Yo me largué como se largan los cobardes: sin aviso y sin maleta.

Con lo puesto y la torpeza colgada del hombro.

Pensé que con el tiempo se apagaría, que las luces cansadas siempre se funden.

Pero cada vez que pasaba cerca, ahí estaba.

Con el brillo intacto, alumbrando la acera por si me animaba a quedarme.

Nunca volví. Porque volver era admitir que lo mío había sido miedo. Y prefiero cargar con culpas que enfrentar fantasmas.

Pero hay noches, de esas que huelen a diciembre viejo, en las que paso por su calle. Y aunque no la vea, sé que su luz sigue encendida.