Amores que Duelen REFLEXIÓN DEL JODIDO/A
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REFLEXIÓN DEL JODIDO/A

Hay amores que no hablan, que no firman cartas, amores que se sirven calientes en platos torpes. Y aun así, alimentan.

Los que se van, pero vuelven sin hacer ruido El portazo que no fue

Ella pensó que todo estaba perdido. Se había ido, él se había ido, y con esa marcha, creyó que todo terminaba. El portazo estaba ahí, en el aire, esperando el momento justo para romper lo que quedaba.

Ella se quedó con las maletas empaquetadas y el teléfono apagado. Por un momento pensó que todo era un adiós, que esos días en los que compartieron más que un colchón, se habían quedado en las sábanas de un pasado.

Pero él no le escribió. No la buscó. No la buscó como uno espera que te busquen: con palabras rápidas, llamadas desesperadas, promesas de que todo cambiaría. Nada de eso.

Pasaron días. Ella, ya acostumbrada a la soledad, se hizo fuerte con el silencio y el vacío de las noches en las que se olvidó de cómo reír.

Y entonces, una mañana, sin rastro de drama ni de espera, él se presentó en la puerta. Con una bolsa de pan bajo el brazo, como si todo fuera normal, como si no hubiera habido un portazo ni una despedida a la que se le hubiera dado demasiadas vueltas.

—Te traje pan —dijo.

Nada más. Ni un “te echo de menos” ni un “me equivoqué”.

Solo un “te traje pan”, como si todo estuviera en su lugar, como si el amor fuera más sencillo que las palabras.

Ella no lo invitó a entrar, pero tampoco le cerró la puerta.

Se quedaron ahí, frente a la puerta, sin decir mucho.

Sin promesas. Solo él con su bolsa de pan, ella con sus dudas.

No hubo portazo. Ni gritos. Solo un par de miradas y la simple presencia de alguien que vuelve, sin decirlo, pero demostrando que se queda.

REFLEXIÓN DEL JODIDO/A

Hay quien se va cerrando puertas, y hay quien vuelve con las manos vacías y el corazón lleno de miedos. Y se queda, aunque no lo diga.

Los que no besan en público, pero acarician sin manos Los domingos de sofá

Nunca fuimos de pasear de la mano, ni de besarnos en las esquinas, ni de fotografiar cafés con corazones de espuma. Lo nuestro eran los domingos de sofá, de pelis malas y mantas compartidas.

No había planes, ni promesas, ni palabras grandes. Solo el sonido de una película antigua y el silencio bien llevado. Ella se arropaba en mi costado sin pedir permiso, y yo le pasaba el brazo por encima como quien sabe que ese abrazo no necesita explicaciones.

Afuera el mundo se moría de prisa y nosotros jugábamos a olvidarlo. Nunca le dije que la quería. Pero no hizo falta. Lo supe cuando se dormía en mi pecho sin miedo y respiraba como quien, por fin, encuentra refugio.

REFLEXIÓN DEL JODIDO/A Hay cariños que no se besan, que no se gritan.

Los que no saben hablar, pero miran distinto No me lo dijo, pero lo supe

Nunca fue de palabras bonitas, ni de mensajes de madrugada, ni de promesas dichas a la ligera.

Pero tenía una forma de mirarme que desmontaba cualquier defensa.

Era esa mirada que no pide permiso y se queda.

Esa que no necesita gramática, ni signos de admiración. Solo ojos que se saben y se entienden.

Yo hablaba mucho. Quizá demasiado. Llenaba los huecos de palabras porque temía que el silencio fuera un síntoma de abandono. Y él, en cambio, callaba. Me dejaba hablar, pelearme con mis fantasmas, contarlo todo.

Pero cuando se me quebraba la voz y ya no encontraba qué decir, él levantaba la mirada del suelo y me miraba. Largo, como quien escribe su nombre en la arena, sabiendo que la marea lo va a borrar, pero igual lo escribe.

Nunca me dijo que me quería. Pero supe que me quería cuando me miró así el día que me fui.