Amores que Duelen PRÓLOGO
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Amores que Duelen

Amores que Duelen

Por Ral De la Vela

© inepub.com

PRÓLOGO

Este no es otro libro sobre el amor de película, el que se escribe con “te quieros” gritados bajo la lluvia o con finales felices predecibles.

Es, más bien, para los que se atragantan con las palabras bonitas, para los que el romanticismo les suena a chino, pero llenan de amor los huecos con cafés sin azúcar, platos fregados, o llaves que cierran mejor.

Aquí habitan los amores que no se anuncian, los que se quedan quietos como farolas esperando sin llamar, los que se entienden con miradas o con la manía de dejar un abrigo olvidado en una silla.

Los que tropiezan, se van, pero vuelven con una bolsa de pan porque no saben cómo, pero no pueden evitar intentar quedarse.

Este libro es un brindis por esos gestos torpes que valen más que mil promesas perfectas.

Es un espejo para quienes han querido “a escondidas” por miedo a no ser suficiente, para quienes llevan “nombres que no se pronuncian, pero se llevan puestos”,

y para quienes saben que a veces un beso de madrugada o una sopa en un plato torpe son la forma más pura y jodidamente real de decir “aquí estoy”.

Si has amado sin saber cómo, si te quedaste cuando quisiste huir, o si entendiste demasiado tarde que te querían con tornillos apretados y no con fuegos artificiales, entonces este libro es para ti.

Es la guía para entender esos amores que, aunque no sigan las instrucciones, son los únicos en los que alguna vez nos sentimos en casa.

Los que se quedan sin saber cómo El que arreglaba cosas rotas

No sabía decir “te quiero”. Le salía mal. Se le atragantaba entre los dientes como si fuera una palabra en otro idioma. Pero cuando a ella se le rompía algo —un grifo, una lámpara, una esperanza—, él aparecía con la caja de herramientas en una mano y dos silencios cómplices en la otra.

No era romántico. Nunca lo fue. No regalaba flores ni inventaba citas con velas. Pero sabía exactamente cuántas vueltas tenía que dar la llave para que la vieja cerradura dejara de fallar.

Vivieron años sin aniversarios. Sin cenas con brindis. Pero con los platos lavados después de un mal día y la cama tendida cuando ella tenía prisa.

Nunca le escribió un poema. Pero cuando se fue, porque todos los amores torpes terminan por perder el equilibrio, ella se quedó con una caja llena de cosas pequeñas que él había dejado reparadas. Y entonces entendió.

Él no decía “te quiero” porque estaba demasiado ocupado demostrándolo.

REFLEXIÓN DEL JODIDO/A

Te quise sin palabras, sin fuegos de artificio, te quise con tornillos apretados y puertas que cerraban bien. Te quise sin prometer nada, pero quedándome.

Los que no escriben cartas, pero cocinan sopa Ella odiaba las cebollas

A él no le salían las palabras. Nunca le salían. Era de esos que, cuando sentía algo profundo, se quedaba en silencio y esperaba a que el mundo entendiera sin que él tuviera que decir nada.

Ella, por otro lado, era una poeta de las palabras, un tornado de “te quiero” y “me haces falta”.

A veces hablaba tanto que le costaba escucharse a sí misma.

Y se frustraba, porque sentía que lo amaba con toda la verbosidad del mundo, y él simplemente asentía, con su mirada fija en algún punto del horizonte.

Un día, él apareció con una sopa. Simple, con fideos y un toque de cebolla. Pero ella odiaba la cebolla.

“¿No te molesta la cebolla?”, preguntó.

Él sonrió, sin decir nada, y le pasó el plato.

Ella entendió.

Porque a veces el amor es una sopa en la que tú pones lo que tienes y el otro se queda a probarla aunque no le guste del todo.