Relato 10
COLA CAO
H ablar de libros es lo que más nos gusta en el mundo.
Y leerlos, por supuesto. Por eso, después de la reunión del club de lectura en la librería, solemos ir a tomar algo a una cafetería cercana.
Nunca nos cansamos de hablar de libros. Curiosamente, la cafetería se llama Siete Mares, igual que en la novela que leímos hace poco de María Sotelo, donde las risas están aseguradas.
Hoy tocó comentar Virtualmente perfecto, de Lydia Chas, un libro donde la realidad y el mundo virtual pueden estar más cerca de lo que parecen.
—Yo no sé cómo no se dio cuenta —suelta Marta, es la más habladora de las diez que conformamos el club y que no nos perdemos ninguna cita.
Bueno, en realidad somos nueve chicas y un chico, pero como somos mayoría mujeres, solemos hablar en femenino y a Brais no le parece mal.
Es el único hombre que de momento se ha animado a formar parte de nuestro club.
—Yo en su lugar no lo habría adivinado. ¿Tú qué piensas, Alejandra?
Alejandra es la más tímida de todas, escucha todas las versiones y luego da su veredicto. Suele hacernos reflexionar. Y eso hace que la admire en secreto.
—No tenía motivos para desconfiar de Edward, así que es muy difícil que pudiera saberlo.
La forma de ser como jefe no tiene nada que ver con la persona que firma los artículos, de ahí que sea imposible adivinarlo.
Desde el punto de vista del lector es fácil porque se conoce desde el principio, y ahí es donde ves conexiones que de otra forma no verías.
—Tienes razón, como siempre.
Puede parecer que mis palabras están trilladas, o que es mi admiración por ella la que habla. Pero simplemente son la verdad.
Alejandra asiente con la cabeza y le da un sorbo a su Cola Cao. En eso sí que nos parecemos, a las dos nos gusta pedirnos esa bebida cada vez que venimos.
La melodía de mi móvil hace que toda la mesa me mire. Me disculpo y salgo fuera a contestar la llamada. Es mi madre, que no se acordaba de que hoy tenía Club de lectura y quería saber de mí. Hablamos por la mañana, pero, al parecer, son muchas horas sin tener noticias mías.
Cuando cuelgo, veo que Alejandra sale por la puerta de la cafetería.
—¿Todo bien? —me pregunta.
¿Esa preocupación es cómo amiga o como algo más?
—Sí, era mi madre que quería hablar conmigo —digo con una sonrisa en la cara.
Asiente y se queda a mi lado.
—¿Estabas preocupada por mí?
—Sí, como llevabas un rato aquí fuera paseándote de un lado a otro, pensé que podía haber pasado algo malo. —No era ni consciente de que paseaba, es una manía que tengo cuando hablo por teléfono. No sé estar quieta.
—Por suerte, no. Pero muchas gracias por preocuparte —la miro a los ojos para que vea que soy totalmente sincera.
—Cómo no me voy a preocupar por ti… Eres mi amiga.
Sus palabras, lejos de agradarme, me producen un dolor sordo en el pecho. La pequeña esperanza que había surgido hace unos segundos acaba de ser arrasada de un modo fulminante. Nunca me va a ver cómo algo más que una amiga.
Ahora mismo no podría hablar sin que se me rompiera la voz, así que le muestro mi agradecimiento con un abrazo. Nos quedamos un rato más en silencio hasta que se anima a romperlo.
—¿Tienes ganas de leer el siguiente libro?
Para el mes que viene es el turno de Soñando a ras de cielo , de Nora Deis.
Por si todavía no lo has descubierto, nuestro Club de Lectura es de romance autopublicado.
Nos encanta descubrir gente nueva con talento.
También le ofrecemos al autor o autora la posibilidad de venir y que oiga nuestros comentarios, pero no siempre es posible.
A veces nos los mandan dedicados a través de la librería, lo cual es un puntazo.
—La verdad es que sí. Es una historia veraniega que viene genial para la época en la que estamos.
—Promete un buen salseo. A ver en que se queda.
—Eso lo sabremos en cuanto lo leamos. Está ambientado en nuestra tierra y eso es un plus —añado.
—Por supuesto, a ver que sitios salen. Me gusta conocerlos desde el punto de vista de quien los escribe, nunca se ven igual.
—Estoy totalmente de acuerdo. Pero eso no solo pasa con los lugares, también con las situaciones.
Por ejemplo, este momento que estamos las dos aquí solas hablando tranquilamente.
—Afirma con la cabeza y me insta a continuar—.
Igual tú dentro de un mes lo recuerdas como algo bonito y tranquilo, una conversación como otra cualquiera.
Y a lo mejor sin embargo yo la recuerdo como algo transcendental. ¿Nunca te ha pasado?
Espero que no se tome mis palabras literalmente, porque entonces nuestra amistad se acabaría aquí. Son ciertas, pero Alejandra no tiene por qué saberlo ahora.
—Sí, y que una persona recuerde una parte de lo que sucedió y la otra no, pero se acuerda de otro momento que la primera no.
—Por suerte, parece que mis palabras no se las tomó en serio—.
La memoria es muy selectiva y se guía por olores y sentimientos concretos.
Suele quedarse con escenas o momentos por algo en particular que nos llaman la atención.
Otras veces, no sabemos por qué recuerda algo en específico.
—La mente es un órgano muy complejo. Y un misterio que todavía no está resuelto del todo. Quizás nunca llegue a estarlo.
—Puede ser. —Se encoge de hombros—. Pero cada vez sabemos más cosas. Por ejemplo, la atracción que se siente por una persona viene del olor que desprende, aunque a veces el cerebro no es capaz de registrarlo.
—¿Y tú de dónde has sacado eso? —le pregunto curiosa.
—Lo leí en internet hace unos días.
—No sé si quiero saber qué buscabas —le digo divertida.
La conversación sigue por un derrotero que no esperaba. Y no estoy segura de querer continuar en esa dirección.
—Nada raro. No te creas —se excusa—. Salía como una noticia cuando navegaba y me entró la curiosidad. Nada más.
—Claro, nada más —comento irónica—. Seguro que no me lo quieres decir. Pero no pasa nada, no me lo voy a tomar a mal. Todos guardamos secretos.
Según esta última frase sale de mi boca, me arrepiento, pero ya no hay marcha atrás. Intento hacer como si nada, pero Alejandra, que me conoce muy bien, sabe que hay algo detrás.
—¿Hay algo que no me has dicho? ¿Qué me ocultas?
Ay, madre. Y ahora, ¿cómo salgo yo de aquí?
—¿Nunca te has guardado algo porque era una sorpresa?
—Una cosa no tiene que ver con la otra, Trisha.
—Qué bien me conoce y qué mal se me da disimular—.
Sé que ocultas algo y eso solo puede significar dos cosas: una, que es algo relacionado conmigo; y la segunda opción es que no confías lo suficiente en mí.
Siendo sincera —remarca esta última palabra para hacerme ver que ella no miente y yo sí—, ninguna de las dos opciones me gusta.
Si es algo que tiene que ver conmigo, me gustaría saberlo.
Tanto si es bueno como si es malo. Las amigas están para apoyarse.
Puedo sentir en su mirada que trata de infundirme el valor que me falta.
Sin embargo, no soy capaz. Si se lo digo, nuestra relación cambiará.
Solo la idea de pensar en que se aleja de mí me rompe, si se hiciese realidad, me destrozaría.
Y la otra opción es que ella albergue sentimientos hacia mí más allá de la amistad.
Lo cual no es posible. En los minutos que llevamos aquí fuera, ya recalcó dos veces que somos amigas. Nunca me verá como algo más.
Desvío la mirada de la suya en señal de derrota.
—Necesito tiempo. —Es lo único que logro decir para que no siga con sus preguntas.
—Está bien, no voy a presionarte.
Trata de ser comprensiva, pero en su voz también detecto un poco de decepción. Y eso me rompe un poco más. Yo solo quiero hacerla feliz, no defraudarla de esta manera.
—Gracias. —Mi voz es tan solo un susurro, pero sé que la escucha porque asiente con la cabeza.
—Cuando estés preparada, sabes que estaré aquí para escucharte.
Acompaña sus palabras con un abrazo. Es una persona maravillosa, creo que no enamorarme de ella era una misión imposible.
—¿Volvemos con las demás? —le pregunto cuando deja de arroparme con sus brazos.
—Vamos, seguro que se preguntan dónde estamos. O puede que piensen que nos estamos liando —añade como si nada. Y lo que para Alejandra parecen unas palabras cualquiera, consiguen paralizar mi mundo.
—¿Por qué dices eso? —Cuatro palabras que he tenido que forzar a mi boca a decirlas. Quedarme con la duda no era una opción, pero pronunciarlas me costó mucho esfuerzo.
—Hace no mucho leímos un libro con cliché Friends to lovers . Podría pasar en la vida real, ¿no crees?
Y otra vez me deja sin palabras. ¿Soy yo o me da una de cal y otra de arena?
—A veces la realidad supera la ficción —le contesto.
Doy por terminada la conversación y volvemos al interior de la cafetería. Las demás nos dicen que ya pensaban salir a buscarnos por si nos había pasado algo.
Al verlas ahí todas juntas, hace que una pregunta me taladre la mente: ¿Cómo se tomarán ellas que me haya enamorado de Alejandra? ¿Se lo tomarán bien? Saben que soy lesbiana, pero no quién me gusta. ¿Las perderé a ellas también?
Creo que la cabeza me va a estallar. No paro de darle vueltas a todo lo ocurrido hace una semana en el bar. He llegado a una conclusión, necesito respuestas. Y las necesito ya.
Cojo el bolso, las llaves y salgo de casa. Cuando llego a la de Alejandra, me doy cuenta de que no sé cómo he llegado hasta aquí. Lo hice en modo automático.
Levanto la mano para pulsar el timbre, pero algo me detiene.
El miedo gana la batalla contra las ganas de obtener respuestas.
Ni siquiera he mirado si estaba vestida con algo decente.
Miro hacia abajo y veo que llevo una camiseta corta y unas mallas.
Bueno, podría haber sido peor. Miro mi reflejo en el portal, las ojeras que luzco gracias a la falta de maquillaje y al insomnio que me acompañó esta semana hacen que me arrepienta de haber venido hasta aquí.