Relato 10 #2
De repente, el portal se abre y me asusto. Estaba tan concentrada en mi reflejo, que no vi venir a nadie. Y cuando veo quién sale por la puerta me quiero morir. ¿Es posible que se abra un agujero en el suelo y me trague?
—¿Trisha? ¿Qué haces aquí? —pregunta Alejandra con el ceño fruncido mientras me estudia. Supongo que quiere asegurarse de que estoy bien.
—Yo… —Parece que mi cerebro ha cortocircuitado y soy incapaz de añadir nada más.
—Ven, subamos a mi piso. —Me agarra de la mano y tira de mí hacia el interior del edificio.
—Mejor me voy —le digo a la vez que me suelto de su agarre—. Tú estás ocupada y no quiero molestar.
—No molestas —añade suave—. Estoy empezando a preocuparme. ¿Te encuentras bien?
Me mira de arriba a abajo y vuelvo a ser consciente de las pintas que llevo. No están mal, pero tampoco me favorecen. Me pongo colorada de la vergüenza. Desde luego que así vestida no voy a llamar su atención.
—Creo que no debería haber venido. —Camino un par de pasos hacia atrás, pongo más distancia entre nosotras.
Sin embargo, Alejandra no me lo pone fácil.
Deja que se cierre el portal y da un solo paso hacia mí.
Que no recorte totalmente la distancia significa que me deja espacio y no quiere agobiarme.
Y eso solo consigue que me guste un poco más.
Doy media vuelta y empiezo a correr a la vez que las lágrimas se me desbordan de los ojos.
—¡Trisha! —oigo gritar a Alejandra, pero no me detengo—. ¡Espera!
No le hago caso y sigo. Giro en la esquina, pero las lágrimas me impiden ver nada. Parece que una vez abierta la compuerta, soy incapaz de detenerla.
Veo que un hombre sale de una cafetería y decido entrar. No sería capaz de llegar a mi casa en este estado. Más que nada porque no veo por dónde voy.
Me siento en la mesa más alejada de todo y espero que el camarero venga a tomarme la comanda mientras intento relajarme. Lejos de lograrlo, cada vez lloro con más fuerza.
Alguien se sitúa delante de mí y, pensando que es el camarero, levanto la cabeza. Me encuentro con una persona que no es desconocida, sino alguien a quien conozco muy bien. Y ella a mí.
—Trisha. —Pone una mano en mi brazo y la mueve despacio de arriba a abajo—. Me estás asustando.
Me seco los restos del llanto con las manos a la vez que intento tranquilizarme. Cuando lo logro, me animo a hacerle una pregunta.
—¿Cómo me has encontrado?
—Corrí detrás de ti, pero te perdí la pista al llegar a la esquina.
Muy lejos no podías haber llegado, porque no había nadie.
Al mirar hacia todos lados, vi cómo te sentabas en la mesa.
Me sabía mal dejarte sola en el estado en que te encontrabas.
—El silencio que se instaura en la mesa solo lo rompen alguno de mis hipidos—.
Sabes que, sea lo que sea que te ocurre, me lo puedes contar.
No te voy a juzgar. Ni va a cambiar nada entre nosotras.
Estas últimas palabras hacen que levante la mirada de la mesa. Lo que veo en sus ojos es lo mismo que reflejan sus palabras: preocupación. Lo que me lleva a preguntarme por ¿enésima vez? —y ya perdí la cuenta de las veces que van esta semana— si la preocupación es por ser mi amiga o por algo más.
—Creo que necesitas soltar lo que te quema por dentro, Trisha. —Alejandra habla despacio, sin dejar de acariciarme el brazo—. No es bueno guardarse nada dentro. Puedes confiar en mí.
La miro y veo que tiene razón, no puedo seguir así. Estoy más tranquila, verla aquí actúa como un bálsamo para mí. Siempre tuvo ese efecto.
—Está bien —pronuncio a la vez que asiento, como si necesitara confirmarlo de alguna manera para coger el valor que necesito para soltarlo todo.
—Cuando tú quieras, no tengo prisa.
Antes de que pueda añadir nada más, aparece el camarero en nuestra mesa y le pedimos dos Cola Caos. Creo que las dos lo necesitamos.
Guardo silencio hasta que vuelve con nuestra comanda. Alejandra no parece estar impaciente y me deja mi tiempo para que ordene mis pensamientos, a la vez que me tranquiliza sin dejar de tocarme.
—¿Me prometes que, pase lo que pase, no va a cambiar nuestra relación?
—Trisha, me estás preocupando. ¿Qué ha pasado?
—Prométemelo —le pido antes de contarle nada más.
—Si te quedas más tranquila, te lo prometo. Y ahora, cuéntame qué hay en esa cabecita tuya tan bonita.
Un cumplido por su parte era lo que menos esperaba. Quizás… no está todo perdido.
—Sabes que me gustan las mujeres, ¿verdad?
—No es ningún secreto, sí —me confirma.
—¿Te acuerdas de lo que me dijiste el otro día?
—Hablamos de muchas cosas todos los días, vas a tener que ser más específica si quieres que sepa a qué te refieres.
—Vale. —Inspiro profundo antes de continuar hablando. Necesito coger fuerzas—. ¿El cliché de Friends to lovers? ¿Te acuerdas?
—Sí. ¿Te gusta alguna de nuestras amigas? No tiene que parecerte mal, eso es inevitable. ¿Es correspondido?
Que no me pregunte quién es me da cierta calma. Pero sé que la parte complicada de la conversación viene ahora.
—Creo que no —le contesto y bajo la mirada hasta mi bebida.
—Ya. Y eso es lo que te tiene en este estado. ¿Has probado a preguntarle? —El tono con el que pronuncia las frases no es acusatorio, sino de curiosidad. Niego con la cabeza—. Pues, si no lo haces, nunca sabrás la verdad.
—Me da miedo perderla como amiga —confiesa en voz muy baja.
—Entiendo, pero igual ganas una pareja.
—Ni siquiera sé si le gustan las mujeres. —Decirlo en voz alta hace que sea más consciente de mi situación.
—Si me dices quién es, igual puedo ayudarte.
—Nos lo contamos todo —le contesto—. No creo que haya algo que tú sepas que no me hayas contado y viceversa.
—Entonces tendrás que preguntárselo a la chica en cuestión.
Asiento con la cabeza y me tomo mi tiempo antes de soltar la bomba y que todo estalle.
—Eres tú —digo con la boca pequeña.
No levanto la vista de mi Cola Cao. No quiero enfrentarme a una realidad en la que le haga daño a mi mejor amiga.
Alejandra aparta la mano de mi brazo y la pone debajo de mi barbilla para que la mire.
—Mírame —me pide con dulzura en su voz. Eso me da la fuerza necesaria para hacerlo y enfrentarme a la verdad—.
¿Recuerdas que dijiste que, a veces, la realidad supera la ficción?
—Asiento con la cabeza y ella continúa—.
Pues creo que ya tenemos un cliché para definir nuestra relación. —Suelta como quien relata el tiempo.
—¿Qué?
—Que cuando nos pregunten por cómo nos conocimos, ya que nos gusta tanto la literatura romántica, podemos decir que somos friends to lovers .
—Yo… —Trago saliva para poder seguir hablando—. ¿Te gusto? —Afirma con la cabeza y me atrevo a hacer la siguiente pregunta—. ¿Desde cuándo?
—No te puedo decir un momento concreto. Fueron varias cosas las que me fueron gustando de ti, y me dejabas entrever que yo también te gustaba a ti, pero no quería presionarte.
Su forma de ser vuelve a sorprenderme una vez más.
—No sabía que te gustaran las mujeres.
—Soy bisexual, pero no lo voy pregonando a los cuatro vientos —dice con una sonrisa—.
Hace unos minutos te prometí que nuestra relación no cambiaría, y muy a mi pesar no puedo mantener esa promesa.
—Sus palabras son como un disparo directo al corazón—.
Me gustaría ser algo más que tu amiga. Me gustaría ser tu novia.
Si tu quieres, claro. —Afirmo con la cabeza y añade una última pregunta—. ¿Puedo besarte?
En cuanto le doy permiso, se acerca poco a poco a mis labios. Cuando entran en contacto con los suyos, sé que he descubierto el mejor lugar del mundo. Sabe a Cola Cao y son suaves… y adictivos.
Cuando nos separamos, oigo que de fondo suena Amor de papel , de Awy.
—Me gusta esta canción. Quiero que sea nuestra. Nos define —le digo sonriente y sin soltarla. Alejandra asiente y vuelve a besarme.
Ojalá hubiera acudido a ella antes, me habría ahorrado una semana de sufrimiento. Y con ella a mi lado sé que podré hacer frente a todo lo que se nos ponga por delante. Es la persona que siempre quise y, por fin, voy a tenerla toda para mí.
Y espero que a nuestras amigas les parezca bien, porque no creo que sea capaz de dejarla marchar.
Hoy volvemos a tener club de lectura y estoy nerviosa. Alejandra me ha convencido para que entremos de la mano. No estoy del todo segura, pero tampoco quiero ocultarme.
—Todo va a salir bien —me anima mi novia al ver mi nerviosismo.
—Eso espero, no me gustaría que se rompa la armonía del club.
—Trisha, estoy segura de que se van a alegrar por nosotras. Somos más felices. —Me mira a los ojos para transmitirme su seguridad. Su mano sigue agarrada a la mía desde que hemos salido de mi casa.
—Está bien, allá vamos.
Recorremos los últimos metros en silencio y, al entrar en la librería y darse cuenta de que estamos juntas, empiezan los vítores.
—Ya era hora de que dieseis el paso —dice Marta—. Parecía que todas lo notábamos menos vosotras.
Todas en el club se alegran. Y eso hace que nuestra felicidad aumente.
—Te lo dije —me susurra Alejandra al oído.
—Mira, si ya se cuentan secretitos al oído —suelta Brais, el único integrante masculino del grupo. Nos gusta mucho cuando aporta su punto de vista.
—Tenías razón —le susurro de vuelta a mi novia—. Recuérdame de noche que te lo compense.
Su sonrisa en la cara es todo lo que necesito ver. No me hace falta más para saber que soy feliz con ella y que quiero seguir a su lado.