Amores de barra Relato 9
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Relato 9

CAFÉ AMERICANO

—¿ T e lo puedes creer? ¡¡NOS VAMOS A NUEVA YORK!! —Suelto emocionada sin cortarme ni un pelo ni importarme que estemos en medio de una cafetería. Por mí, se puede enterar todo el mundo.

—Tranquila, no hace falta que lo grites a los cuatro vientos y que todo el aeropuerto lo sepa —intenta relajarme Sira.

Es tal la emoción que me recorre ahora mismo que creo que ni siquiera la tila que tengo delante me va a relajar.

Es más, debería conseguir disminuir mis pulsaciones para poder dormir durante el vuelo y no llegar con jet lag si queremos aprovechar nuestra estancia en la capital americana.

Y es que, aunque hace meses que tenemos los vuelos y la reserva del hotel, hasta que esté allí y pueda contemplar la ciudad con mis propios ojos no me lo voy a creer.

Las maletas ya están facturadas y nosotras estamos esperando en una de las cafeterías del aeropuerto madrileño a que salga nuestra puerta de embarque. Fly over the world, de Ljan Zagorsky, es la canción que nos acompaña en nuestra espera.

—¿Vuestra primera vez en Nueva York? —pregunta un hombre que se encuentra en la mesa de nuestro lado. Su acento inglés no deja duda de a qué parte del mundo pertenece a pesar de haber hablado español.

—Síí, llevamos mucho tiempo ahorrando para este viaje y al fin se hace realidad —suelto emocionada.

El hombre de la mesa de al lado se ríe. Nunca escuché una risa tan melodiosa.

—¿Eres americano? —pregunta Sira con curiosidad.

—Sí, neoyorkino para ser exactos. Os puedo dar varias recomendaciones para visitar o para comer, si queréis.

—Lo que nos faltan son horas para visitar todo. Pero si tienes algún truco para saltarse las colas, es bienvenido. —Todo sea por ver lo máximo posible de la ciudad—. Sin que nos detengan, claro.

—¿En qué parte de la ciudad os vais a alojar?

—En Brooklyn —contesto al momento.

El hombre dice que es la zona donde nació y nos indica cómo movernos de forma económica y qué lugares son los que tenemos que ir sí o sí.

Su acento americano, junto con esa sonrisa tan bonita, hace que me llame la atención.

Además, es muy amable y se ríe con frecuencia, aunque no digamos nada gracioso.

Seguimos hablando de Nueva York y tomamos apuntes en nuestros móviles para no olvidarnos de nada.

—¿Llevas mucho tiempo aquí? —le pregunto con curiosidad.

—Diez años —dice con una sonrisa nostálgica en su cara—. Vine de vacaciones y me gustó tanto que me quedé. A ver si os va a pasar lo mismo a vosotras.

—Somos muy familiares, echaríamos mucho de menos a la gente que queremos. Así que no creo.

—Eso mismo pensaba yo —nos comenta—, y aquí me tenéis. Nunca se puede decir nunca. ¿Cómo decís aquí? —Se calla un segundo para hacer memoria y, cuando se acuerda, vuelve a sonreír—. ¡Ah, si! Nunca digas de este agua no beberé.

—Muy bien, si hasta dominas el refranero español.

—Solo un poco. Tuve un compañero de piso que los usaba todo el tiempo y alguno me gustó tanto que ahora los uso.

—Eso sí que es adaptarse al entorno —le felicito. Bebo el último trago de mi tila y, al ver que nadie dice nada, vuelvo a la carga con las preguntas—. ¿Y qué te lleva de nuevo a tu ciudad natal?

—Voy a ir a visitar a mi familia. Aprovechando los días festivos, pedí algunos de teletrabajo y viajo hasta allí para verlos. Mi hermana acaba de ser mamá hace poco y voy a conocer a mi sobrino.

—¡Enhorabuena!

—Gracias. ¿Queréis ver una foto?

—Claro.

El hombre coge el teléfono y, tras trastear un poco en él, lo gira para que veamos la pantalla. En ella se muestra un bebé recién nacido, plácidamente dormido.

—Es muy guapo —comento lo evidente.

—Voy a mirar si ya sale nuestra puerta de embarque —dice Sira a la vez que se levanta. Asiento en su dirección.

—¿Qué es lo que más echas de menos de Nueva York? —Hay algo en él que me atrae y me hace querer saber más.

—La familia, sin duda. El hecho de estar lejos, no poder verlos a menudo… Hacemos videollamadas todas las semanas, pero con la diferencia horaria y los turnos de trabajo, no es lo mismo que verlos y darles un abrazo.

—Entiendo, a mí me pasaría lo mismo. ¿Y de la comida? ¿Algo que tengas muchas ganas de volver a probar?

—Los bagels, sin duda. —Una pequeña sonrisa nostálgica se le instala en la cara al recordar la comida—.

Por aquí no se ven mucho. Siempre que voy a Nueva York me hago con un par de cajas y me las traigo.

Es una pena que no duren mucho y congelados no sepan tan bien.

Es el mejor desayuno que he comido nunca.

La tostada española con aceite de oliva no le hace competencia.

—Tendremos que probarlos, entonces. ¿Algún local en especial? —le pregunto con curiosidad.

—Había uno que me encantaba, pero no sé si sigue abierto. Queda justo al lado de la casa de mi hermana, puedo mirar. Si me das tu número de teléfono, te puedo mandar un mensaje.

—Una forma muy sutil de hacerte con mi número. ¿Te suele funcionar?

—No suelo ir por ahí hablando a desconocidas para pedirles su número —afirma divertido—. A decir verdad, es la primera vez que lo hago. Os oí hablar de mi ciudad y no me pude resistir. Y aquí estamos.

No tengo tiempo para pensar qué significa lo que acaba de decir. Mi amiga aparece y dice que ya tenemos que embarcar. Nos despedimos del neoyorkino, no sin antes preguntarle la calle donde están los bagels .

Pasamos el control de seguridad, en el cual me toca control de drogas aleatorio. No sé por qué, pero estas cosas siempre me pasan a mí.

Después nos dirigimos a la puerta de embarque y esperamos a que sea nuestro turno de subir al avión. Minutos más tarde, la emoción nos puede cuando buscamos nuestros asientos y nos acomodamos lo mejor posible.

—Esto sí que es una coincidencia —escuchamos a nuestro lado.

Tanto Sira como yo nos giramos y vemos al hombre que conocimos en la cafetería.

—¿Que estemos en el mismo avión? Si vamos a la misma ciudad, no me parece extraño —digo sin acabar de entender su comentario.

—Eso es verdad, pero la verdadera coincidencia es que me toque a vuestro lado.

En su rostro asoma una sonrisa que lo hace aún más guapo y le resta años, aunque no creo que supere los cuarenta.

—¿Lo dices en serio? —pregunto escéptica.

Mi asiento está en el medio y Sira ocupa la ventana. Ella quería ver el paisaje y a mi no me importó cedérselo.

—Así es. Mira, fila quince asiento «C». —Me muestra el móvil para que vea que no miente.

—Mucha casualidad, sí.

Se acomoda a mi lado y volvemos a entablar conversación. El vuelo se vuelve mucho más ameno y, cuando el piloto anuncia que estamos a punto de aterrizar, los lugares a visitar se han multiplicado. Creo que vamos a tener que volver en otra ocasión para poder ver todo lo que queremos.

Sira y yo miramos por la ventanilla y nos emocionamos al ver la ciudad que nunca duerme y sus edificios que quieren rozar el cielo.

—¡Mira ese edificio! ¡Es una pasada! ¿Cuál será?

—Es el Chrysler —comenta nuestro compañero de viaje.

—¡Guau! —parecemos dos niñas pequeñas con los regalos de Navidad, pero no nos importa.

Él nos indica algunos edificios, aunque desde su asiento no se ve muy bien, pero como viene a menudo, sabe más o menos por donde están.

—Muchas gracias… —Justo en ese momento me doy cuenta de que no nos ha dicho como se llama—. No sé tu nombre.

—Craig —dice con una sonrisa—. ¿Y el tuyo?

—Triana.

—Tienes un nombre muy bonito. Por cierto, al final no me has dado tu número de teléfono.

—Cierto. Mejor dame el tuyo y te escribo.

Accede y lo anoto en el móvil. Después seguimos mirando por la ventana hasta que el avión toca tierra. Recogemos nuestras cosas y Craig se ofrece a acompañarnos hasta donde pueda.

Tras pasar los controles rutinarios, nos dirigimos al hotel. Todo, absolutamente todo lo que vemos por la ciudad nos llama la atención. Nos esperan unos días de lo más interesantes.

Llevamos un buen rato paseando por las calles de Nueva York y necesitamos un descanso. Entramos en una cafetería que nos tiene buena pinta. Pido un café americano para mí y espero a que mi amiga se decida.

—Deberías hablarle a Craig —suelta Sira sin venir a cuento.

—¿Por qué?

—Para preguntarle si el local que nos dijo sigue abierto.

—Eso podemos buscarlo en internet.

—Internet no siempre está actualizado —me rebate—. Y él seguro que lo ha visto si ha ido a visitar a su hermana, lo cual es el motivo de su viaje hasta aquí.

—También podemos ir hasta allí y así conocemos la zona.

—¿Y si le dices que venga con nosotras?

—¿Para qué? —le contesto con otra pregunta.

—Para que haga de guía. El otro día quedó claro que conoce bastante de Nueva York.

—Como para no, se crio aquí. —No sé por qué insiste tanto en que contacte con él.

—Y también quedó claro —hace caso omiso de mi comentario— que le gustas.

—¿Qué dices?

Creo que le debió de sentar mal la bebida, o quizás es el aire neoyorkino lo que le afecta al cerebro.

—¿No te has dado cuenta? —Niego con la cabeza—.

Cuando empezó a hablarnos, solo te miraba a ti.

Estaba pendiente siempre de ti. Yo me fui y vosotros quedasteis hablando.

Incluso se sentó a tu lado en la mesa. A la hora de aterrizar, cuando te agarraste las manos, él puso una de las suyas encima de tu pierna para relajarte.

Todas esas señales están ahí. Y, por si fuera poco, te pidió tu número de teléfono.

No lo consiguió, pero tú si tienes el suyo. Seguro que espera que le hables.

—Tendrá más cosas que hacer que quedar conmigo. Como, por ejemplo, conocer a su sobrino.

—¿Nos apostamos algo? —me pregunta.

—Eso no vale, sabes que me pierden los retos. —Una sonrisa de superioridad se le instala en la cara. Sabe que tiene la batalla ganada.

—Tú le escribes para quedar a tomar algo o que nos haga de guía. Si acepta, me debes una comida. Si lo rechaza, entonces te la debo yo. Escoge restaurante la persona invitada.

—Está bien. Acepto. Voy a hablarle.

Desbloqueo el móvil y busco su contacto para iniciar una conversación. El chat en blanco aparece delante de mí. Escribo un mensaje sencillo y se lo mando.